jueves, 24 de noviembre de 2005

Influjo lunar

Estaba desvelada de contenta. Se quedó apoyada de espaldas contra la puerta, con los ojos cerrados y la nuca asfixiando el ojo de buey. La tensión se iba diluyendo en el aire viciado del living, a esa altura de la noche insoportablemente lúgubre. Odiaba esas reuniones que él insistía en llamar “cenas de (sus) amigos”. Tres parejas acababan de irse casi por debajo de la puerta; como naipes de una baraja trucha, tres reyes y tres reinas de corazones. Habían llegado tres horas antes cabalgando en abrazos y sonrisas; con un poco de comida, una buena dosis de alcohol y la consecuente catarata de habladurías bajas calorías. Al principio los toleraba, al principio el príncipe lo justificaba todo y apreciaba a los vasallos como buena princesa. Pero tenía claro que si algo caracteriza a todos los cuentos de hadas (y a los otros también) es que, perdices más, perdices menos, se terminan. Revoloteaba con la mirada por el lugar, repasaba cada rincón del departamento y no encontraba aquel destello de lo que le era propio. Las copas semivacías, las fotos pegadas en la pared como con un suspiro, el montón de discos tirados en el rincón próximo al sofá, el altísimo velador que vigilaba desde la esquina de la ventana, todo había dejado de ser un reflejo para montar un gigantesco álbum de recuerdos. No se inquietó al advertirlo, estaba tranquila sabiendo que la cosa venía germinando desde hacía varias semanas. Él estaba durmiendo en la pieza. Ya se había acostumbrado al zumbido del ventilador que velaba por sus sueños; los de ella, en cambio, los disipaba. Había pasado una noche más sin estallar, sin reventar de hastío ni tirar a nadie por el balcón ni clavarles un cuchillo. El desorden estaba bien, limpiaría por la mañana. Las estrellas la llamaban a través de la ventana entreabierta. Se asomó y respiró profundo hasta llenarse de fresco y de madrugada.

Exhaló y se encontró bajando la escalera de mármol, abriendo la pesada puerta de entrada y por último arrojándose a la calle. Su contento no acababa en haber sobrevivido a la última cena (la idea del nombre le dibujó una hienesca sonrisa en el rostro). El cuerpo le pedía sacudir esa sensación incipiente de dejarse ir de él y de aquéllos. Por más veces que le hubiera sucedido a esa altura de su vida, por más príncipes que hubieran pasado, la llegada a ese punto de quiebre siempre era redescubrir y asombrarse. Él no había sido distinto a otros: se habían tanteado y encontrado de todas las maneras que conocían, se habían hecho todos los juramentos de rigor, habían compartido todo lo que tenían para ofrecer. Estaba acostumbrada a esa forma rutinaria de estar con otro, la había asimilado como lo mejor que podía dar de sí. El amor que hace muchos años había definido como tal ahora era un absurdo de rosa lacrimógeno, como todo lo que decoraba aquella historia. En el medio había distancia geográfica, temporal, psicológica, de todos los colores y talles excepto de la que le hacía falta, la definitiva. Olvidar era un esfuerzo constante que había dejado de dolerle a fuerza de asimilar ese esfuerzo como la digestión y la siesta de los domingos.

Desvelada de contenta como estaba, cerró rápidamente ese capítulo de reflexiones y echó a andar por las angostas veredas del barrio. Esa noche todo estaba bañado en luna, desde las veredas hasta los desvencijados arbolitos, todo tenía un matiz plateado que hacía juego maravillosamente con la capa oscura y satinada del firmamento. Las estrellas le parecían incómodas al intentar repartirse la inmensidad de semejante manto. Cada segundo que pasaba con la mirada fija en el cielo aparecían más y más, motivo por el cual reanudó su marcha, tratando de no generar algún tipo de descalabro galáctico. El contento del final le había subido el pulso de manera imperceptible, al igual que el ritmo de sus pasos y su respiración. Se habían mudado juntos hacía algún tiempo; aún así sólo reconocía en aquel lugar lo que también podía apreciarse desde el balcón del primer piso de su casona. No le habían faltado oportunidades para salir y hacer un reconocimiento, pero las había trocado por una tarde tras otra de fumar apoyada sobre la baranda de madera. Imaginó entonces que esa había sido la espera, en algún recoveco suyo, que esa noche había llegado a su fin.
Recorriendo el trazado urbano fue delineando irregularidades. Las calles sin pendiente eran toda una extravagancia por allí, al igual que los cruces perpendiculares entre las mismas. Caminar era un continuo sinónimo de subir, bajar y torcer a intervalos sospechosamente desiguales. Las fachadas de las casas viejas que quedaban en pie eran pocas, si bien su distribución dejaba la impronta de que alguna vez no habían estado solas. Se fijaba en ellas no por su valor arquitectónico ni nada por el estilo; era el hecho de que el influjo lunar las transfiguraba de una manera especial, les quitaba la vejez diurna y las dotaba de vida, como si la mayoría de ellas no estuviera abandonada. Cada una de ellas era una parada obligada, un instante ritual en el que ella se entregaba a la magia reveladora de las noches brillantes. En algún momento perdió la noción de dónde se encontraba. Su andar se había precipitado hacia algo como un allegro, pero como de alegre no tenía nada apretó el paso aún más hasta empezar a sentir una ligera agitación.

Desvelada de contento y todo, sentía que algo le oprimía el pecho, lo cual la contrariaba al estar navegando una de las madrugadas más bellas entre las que recordaba. Empezó a sentir una carencia, a buscar algo desesperadamente, a la vuelta de cada esquina, entre los huecos de cada ventana. Se quedó tiesa por enésima vez frente a otra de las casonas que alguna vez fueron dueñas del barrio. En su cara se imprimió una mueca indescriptible, toda ella había sido redibujada por una inquietud fatal. Sentía que conocía aquella fachada ruinosa, de verdes opacos y grisáceos, la alta puerta de madera pintada de negro, la cadena que la mantenía cerrada, las puertas ventanas a los costados y los pequeños balcones con sus rejas oxidadas. No podía vencer lo que le sucedía, vio desde dentro de sí misma cómo echaba a reír al mismo tiempo que rodaban por sus mejillas dos pesados lagrimones. Trepó una de las rejas e intentó forzar las tablas de una de las ventanas con una patada, pero no tuvo suerte. Hizo lo mismo en la otra y se asustó, no de encontrarla abierta, sino de haber optado con cierta naturalidad por empujarla suavemente, suponiendo que ésta se abriría.

Entró y abrió las portezuelas de madera de par en par para iluminar un poco entre tanto olor a humedad sin edad. Las bisagras, en lugar de rechinar, aullaron. La luz de la luna entró de manera oblicua y frontal por el marco, dejando a la vista un rincón frente a la pared que lindaba con la casa de al lado. Ella sólo atinó a contener un grito y se quedó parada junto a la ventana mirando. Había una mesa baja, de madera vieja y oscurecida, pegada contra la pared. Sobre la misma un cenicero desbordado de colillas y un cuchillo de hoja gruesa con un tosco mango de madera sin trabajar. Alrededor de la mesa las astillas habían sido cuidadosamente acumuladas en pequeños montículos, cada uno con un color particular, como el rastro de un momento. Había letras acuñadas con una caligrafía febril por toda la tabla. La frase se repetía en distintas direcciones y tamaños. Las hendiduras de algunas inscripciones ya estaban enmohecidas y otras llenas de grasa. Ella se arrodilló ante las letras que ahora brillaban plateadas, como avergonzada ante un altar pagano. Eran sus vocales y sus consonantes que atravesaban cada fibra de la mesa. No pudo gemir siquiera, sólo se entregó al llanto mudo y dejó correr las lágrimas por los senderos que ya horadaban sus pálidas mejillas. La mirada se perdió en un punto insondable de la pared, mientras tomaba el cuchillo, encendía un cigarrillo y empezaba a tallar mecánicamente: "Maldita seas por volver aquí".

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