Cada cual atiende su juego, o por lo menos eso le parecería a cualquier despistado que en ese mismo instante osara sobrevolar el patio en cuestión. Aunque, hay que decirlo, cualquier persona capaz de hacer eso es digna de la más insana y verdosa envidia, por más despistada que sea. A primera vista falta verde, sólo unos canteros tristes con helechos y algunas hierbas allá en el fondo, contra la pared de ladrillo visto y, por lo visto otra vez, olvidado. Después están las baldosas de cemento diseminadas a lo largo y a lo ancho de todo el rectángulo que terminan de delimitar los dos paredones laterales y la parte trasera de la casita. Los resquicios que dibujan la cuadrícula despareja están llenos de una tierra vieja, moribunda, recubierta del polvo que el viento toma de la construcción del edificio de la esquina para regar todas las casas de la manzana, un regalito cruel y sin victimarios. La puerta que da a ese fondo está entornada, las voces que por allí escapan son pocas pero animadas. El tipo que está merodeando el patio con cara de forense las escucha medio harto, mientras a su alrededor un nene va explorando los pocos tesoros que el fondo ofrece: un par de banquitos de madera, una escoba, varios hormigueros y los ya mencionados canteros tristes. Es apenas un niño, tiene muchas pecas, un flequillo rojo rebelde, piernitas cortas e inexpertas (casi que son patas), pocas palabras (ergo) poca maldad, ojos, manos y oídos desaforados. La siesta lo pone de malas, no puede dormir. Él tampoco, piensa mientras se asombra de la insistencia con que el pibe va de un hormiguero a otro y luego al siguiente hasta recorrerlos a todos para volver a empezar. Casi que no se parecen, a excepción del flequillo rebelde. Tiene la mirada apagada a pesar de los ojos vidriosos, parece más flaco de lo que debería y le cuesta caminar bien. Está inquieto ante todo lo que lo rodea, hace fuerza para no dejar escapar un grito, quiere viento, sol y nada más; basta de materia.