Alina despertó como habitualmente sabía hacerlo. Es decir, cinco minutos antes de que sonara el despertador. El tiempo que restaba hasta que la alarma diera la nota transcurría siempre de la misma manera. Se sentaba en el borde de la cucheta de metal con la cabeza gacha y el rostro cubierto por sus cabellos castaños, mientras balanceaba sus escuálidas piernas como si estuviera en trance. Hubiera canturreado algo, pero hacía años que en Rosario habían prohibido la música bajo cualquiera de sus formas. Sólo sobrevivían en su memoria algunas canciones de cuna que sonaban en el Orfanato cuando era algo más que un bebé. Los años y la prohibición habían hecho efecto al punto que en ese momento sólo recordaba que habían existido en algún momento, pero ya no tenían ni melodía ni letra; apenas sombras sonoras. Más allá de esa nostalgia, Alina temía despertar a su hermano que dormía pesadamente en la cama de abajo.
Los cinco minutos pasaron y la alarma sonó desde el parlante colocado en el centro del techo, como sucedía en todas las habitaciones. Ariel se despertaba en cámara lenta mientras Alina se bajaba de la cucheta ya reconciliada con la vigilia. La pieza estaba algo iluminada a pesar de los esfuerzos del Orfanato por mantener la oscuridad durante los primeros minutos posteriores a la alarma. La pequeña ventana que estaba frente a la cama tenía treinta centímetros de ancho y un metro de alto. A través de ella se veía la ciudad que arrancaba a todo vapor. Su habitación estaba al final del pasillo del vigésimo piso, desde donde se veía con claridad toda la avenida Carlos Reutemann, los Tribunales del FMI y allá al fondo el valle del Paraná. En frente estaba el módulo II del Orfanato, idéntico en forma y tamaño al que ellos habitaban. Los demás módulos habían sido construidos en los extremos de Rosario para facilitar el movimiento centrípeto y centrífugo durante los cambios de turno. En Saladillo funcionaban III y IV, en su mayoría obreros industriales y de la construcción. V y VI estaban sobre la ruta 9, cerca del aeropuerto internacional Rodrigo Rato. Allí vivían los funcionarios de carrera. VII y VIII habían sido emplazados cerca del puente Carlos Saúl Menem, que conectaba con la ciudad de Victoria.
Alina recordaba muy bien aquel 9 de julio de 2060, cuando los terroristas argentos volaron los módulos destinados a Reproducción. Ella tenía sólo cinco años y Ariel siete, ambos todavía cursaban la primaria. La conmoción fue tremenda. Como todos sus compañeros, sintieron que ese día probablemente habían muerto sus padres, con quienes sólo compartían el primer año de vida. Las imágenes del noticiero se habían reproducido en los pasillos del Orfanato durante todo ese día. Ya habían pasado catorce años y no había una mañana en que no recordara ese fuego que se había llevado a la mamá y el papá que eran autores de aquellas sombras sonoras. Salió del baño tratando de olvidar el asunto y se encontró con la mirada ensoñada de Ariel, que siempre convalidaba que los padres no eran una fantasía. Sus rostros eran parecidísimos, eran hermanos sin lugar a dudas. Tal vez él también corroboraba eso al verla cada mañana.
Bajaron a desayunar al primer piso junto con los demás. Luego salieron a la calle y fueron cada uno para su oficina. La noche empezaba a perfilarse espesa, el humo de los coches dificultaba respirar y no había forma de encontrar la luna en ese cielo eternamente nublado. Los de I y II eran oficinistas, así que en su mayoría podían prescindir de los colectivos y los trenes para ir a trabajar. Ariel era empleado administrativo en Tribunales y ella se desempeñaba en la AFIP. Alina, a diferencia de Ariel, tenía la suerte de conocer a los pocos que vivían por fuera del Estado, ya que trabajaba en la sección de Grandes Contribuyentes. Allí atendía a los terratenientes, que vivían lejos de Rosario y se dedicaban a la actividad agropecuaria. Muchas veces había soñado con conocer el campo, pero imaginó que ya no se parecerían en nada a las fotos que veía en su libro de historia argentina del siglo XX. Para colmo, en sus últimas vacaciones le asignaron un mugroso camping artificial que el FMI tenía en Rafaela, algo así como una burbuja de césped sintético y agua no potable.
Las noches pasaban siempre así, pensando en el país que hubo antes allí, en la Argentina que existía antes de las invasiones inglesas de 2026. La tarea de Alina era por demás de rutinaria y le permitía divagar sin dejar de ser eficiente. Sólo debía interrumpirse cuando se presentaba alguno de esos gordos vestidos de colores chillones, que eran sus clientes. Precisamente uno de ellos apareció después del almuerzo, apenas pasadas las dos de la mañana. Sacada de su pensamiento, le pidió al hombre alguna identificación para abrir el trámite, que era algo así como un reclamo a juzgar por la expresión severa que lucía en su rostro. Algo en esos ojos le resultó familiar, le pareció ver algo de Ariel reprochándole no haber limpiado el baño luego de ducharse.
Cuando le entregó la tarjeta DNI verificó que se trataba de un hacendado cordobés. Ángel Arizmendi, 52 años, productor de soja y afines, era todo lo que necesitaba saber. Aún así había algo que la inquietaba. Mientras Arizmendi guardaba su DNI, Alina alcanzó a ver una foto de él con un niño y una niña extremadamente parecidos a ella y Ariel, aunque rubios. Fue todo cuestión de un segundo fatal (“prohibido todo intercambio verbal fuera de lo estrictamente laboral”) en el que le preguntó al señor si esos eran sus hijos. Arizmendi asintió sin convicción y preguntó algo sobre los formularios para el impuesto a las ganancias. Alina respondió, también sin convicción y avanzó en su aventura (“las conversaciones con los contribuyentes están sometidas a vigilancia permanente”) y le inquirió por la edad de los niños. El hombre se sintió incomodado por la pregunta. Desviando la mirada, dijo por lo bajo que no estaba seguro, que se habían ido junto con su madre hacía ya mucho tiempo. Evidentemente, Arizmendi estaba al tanto de los problemas que podían traer ese tipo de conversaciones. Alina se sintió febril, cada segundo que le permitía desviar la mirada del monitor era para clavar los ojos en ese gordo inquieto. Cargó hojas en la impresora del fondo y volvió corriendo al mostrador.
Arizmendi se había sentado y miraba inquieto el reloj de la pared. A ella poco le importaba que fueran las 2:32. Entonces fue hasta donde ya no podía volver (“cualquier violación dolosa a las normas de conducta será sancionada al momento”) y le preguntó en un susurro si alguna vez le había cantado canciones de cuna a sus niños. El gordo se levantó con la mirada extraviada, sabiendo a lo que se exponía. Corrió hasta el hall y llamó el ascensor, que en ese momento estaba bajando hacia la planta baja. Alina no lo iba a dejar escapar. Saltó a través de la ventanilla del mostrador y corrió hacia él ante la mirada aterrorizada de sus compañeros de trabajo (“las violaciones al código ético serán sancionadas con traslados al penal de Vera”). Ella sabía que no había ningún penal en Vera, que nadie que visitara el norte santafesino encontraría a ningún recluso con más de dos semanas de detención. Lo supo incluso cuando los guardias de seguridad se le tiraron encima para separarla de Arizmendi, que a esa altura intentaba huir hacia la puerta abierta del elevador. Alina rompió en llanto, pidiendo por la presencia de Ariel, por papá y mamá, mientras se le leían sus derechos y posteriormente se le dictaba sentencia. A las seis de la mañana Ariel llegó a su habitación exhausto y se tiró en su cama sin siquiera desvestirse. El sobre con el membrete de la AFIP descansaba en el escritorio sin necesidad de ser abierto. Ariel sabía que estaría firmado por el superior de Alina en la AFIP, quien le daría los pormenores de la detención y proceso judicial al que se sometió a su hermana. Ya le habían avisado por teléfono cuando estaba volviendo para el Orfanato. Se durmió pesadamente como cada amanecer, cuando el sol rojizo empezaba a castigar a Rosario. Con los ojos cerrados y el rostro hacia arriba, el niño fue desgajando su voz en un lento arrullo que alguna vez alguien le había escrito a la luna, cuando ésta todavía velaba por los sueños de los niños.
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