Ya se acerca Nochebuena, ya se acerca Navidad, para todos los cristianos… y para los demás también, a joderse por minoría. Esto va a sonar cursi pero bueh, más vale ir a tono con la temporada: los días empiezan a tener un nosequé, un queseyó, un faladó, un Borocotó. Aunque sea por la fuerza, la ciudad se ha vuelto más amiga de la noche. De día es un amasijo pegajoso que apenas y se arrastra por las calles, preferentemente por la vereda donde hay sombra. Una vez que baja el sol, la mutación ocurre, mágica. Sólo basta que afloje un poco el calor, ni siquiera que refresque considerablemente. Entonces hay una descompresión. Las personas vuelven a latir y echan a andar, vigorosas. La noche es corta, más que antes, y hay que aprovecharla. El paisaje indudablemente ha cambiado. Los pinitos sintéticos se han multiplicado, como si se tratase de una maniobra en la que actúan como secuaces malévolos de esos grandes árboles luminosos que se han adueñado de cuanta rotonda hay en la Chicago.ar. Ellos deben ser los que están a cargo de toda esta agitación colectiva, vigilando por las noches con sus múltiples y multicolores ojos. Sus parpadeos son incansables. Sus motivos son una incógnita. Sus objetivos son inciertos. Susana no sabe si se lleva a Jazmín de vacaciones. Sus Papá Noel de barba, botas, gorro y traje rojo de algodón son desconcertantes. Pero una cosa es segura: volverán a fines del 2006 y del 2007 y del siguiente, hasta que un día… no habrá otro año hacia el cual mirar. Al finalizar el año nadie sabrá si el plan fracasó o tuvo éxito. Y ahí te quiero ver hacia dónde miran vos y tu paranoia.
sábado, 17 de diciembre de 2005
jueves, 8 de diciembre de 2005
La sala de espera
"En sus distintas reencarnaciones fue maharaja de Calcuta, tigre de Bengala, chimpancé de Ceilán, pulga de doberman, y bacilo de Koch... en ese orden" (Así hablaba Sali Baba - Les Luthiers).
Preparar una cena, patear un tiro de esquina, o bien doblarla (en el caso de que se trate de una calle), incluso hacer el nudo de una corbata. Hay situaciones ante las cuales la experiencia previa nos ayuda y nos guía en nuestra forma de actuar. Mientras más veces hayamos hecho algo, más son los errores que hemos cometido; por ende, menos los que podemos llegar a cometer. El resultado debería ser que a una determinada altura de nuestra existencia dejáramos de fallar. No por virtuosismo, sino más bien por agotamiento de variables. Claro que la lógica que rige la vida se caracteriza por estar reformulándose constantemente. De ahí que sea considerada como una de las más contradictorias y traicioneras disciplinas científicas, junto con la astrología, la quiromancia y la quinielología. Entonces, no sólo no perfeccionamos nuestro hacer en la medida en que lo repetimos sino que muchas veces reincidimos en nuestros errores al punto tal de crear una dinámica, una sistematización de la macana propiamente dicha. Aparecen por doquier casos de cocineros que regularmente queman la carne al horno, jugadores de fútbol que no pueden escapar al famoso centrito a media altura (mal llamado córner al primer palo), caballeros que asiduamente chocan con el canillita en la intersección de dos calles y hombres de negocios que dicen usar chombas para estar más cómodos.
jueves, 24 de noviembre de 2005
Influjo lunar
Estaba desvelada de contenta. Se quedó apoyada de espaldas contra la puerta, con los ojos cerrados y la nuca asfixiando el ojo de buey. La tensión se iba diluyendo en el aire viciado del living, a esa altura de la noche insoportablemente lúgubre. Odiaba esas reuniones que él insistía en llamar “cenas de (sus) amigos”. Tres parejas acababan de irse casi por debajo de la puerta; como naipes de una baraja trucha, tres reyes y tres reinas de corazones. Habían llegado tres horas antes cabalgando en abrazos y sonrisas; con un poco de comida, una buena dosis de alcohol y la consecuente catarata de habladurías bajas calorías. Al principio los toleraba, al principio el príncipe lo justificaba todo y apreciaba a los vasallos como buena princesa. Pero tenía claro que si algo caracteriza a todos los cuentos de hadas (y a los otros también) es que, perdices más, perdices menos, se terminan. Revoloteaba con la mirada por el lugar, repasaba cada rincón del departamento y no encontraba aquel destello de lo que le era propio. Las copas semivacías, las fotos pegadas en la pared como con un suspiro, el montón de discos tirados en el rincón próximo al sofá, el altísimo velador que vigilaba desde la esquina de la ventana, todo había dejado de ser un reflejo para montar un gigantesco álbum de recuerdos. No se inquietó al advertirlo, estaba tranquila sabiendo que la cosa venía germinando desde hacía varias semanas. Él estaba durmiendo en la pieza. Ya se había acostumbrado al zumbido del ventilador que velaba por sus sueños; los de ella, en cambio, los disipaba. Había pasado una noche más sin estallar, sin reventar de hastío ni tirar a nadie por el balcón ni clavarles un cuchillo. El desorden estaba bien, limpiaría por la mañana. Las estrellas la llamaban a través de la ventana entreabierta. Se asomó y respiró profundo hasta llenarse de fresco y de madrugada.
jueves, 10 de noviembre de 2005
Post suicidio
Han pasado pocos minutos de la una de la tarde en el Parque Urquiza. Este jueves es una cosa despampanante. El parque estalla de color, calor y de brillo, 100% primavera, como en una propaganda MR ¡Qué linda está Rosario! Frente a la cancha de bochas hay un pequeño grupo de gente que dirige su atención al otro lado de la calle. Un patrullero destartalado llega con dos oficiales de policía. Ambos se bajan y se unen a un grupo reducido cerca de uno de los bancos que da a la barranca. Los jubilados juegan tranquilos a la sombra de los buenos árboles. Las chicas más sacrificadas se apegan al pavimento del circuito caminando y trotando cuando el viento invita. Otras gentes decoran el cuadro para quien quiera verlo en detalle. La escena no despierta demasiada curiosidad a cien metros de distancia y con el sol en su hora más sádica. Alejándose del anfiteatro hay un reparo que alguien aprovechó para instalar lo que los economistas denominan microemprendimiento. El viejo le pide a la piba que atiende con él que vigile los chorizos mientras busca cambio. El bife de chorizo viene con el vuelto y el dato esclarecedor, gracias a la curiosidad de una comitiva tan escasa como hambrienta: Haceme dos choripanes especiales o comunes especiales los dos ya salen qué pasó allá ahí te doy el vuelto pibe se pegó un cuetazo uno qué le vas a poner fue hace un rato provenzal para mí acá no lo escuchamos porque teníamos puesta la radio ya salen los choripanes viste que la pistola apoyada en la cabeza hace menos ruido tenés servilletas ya están los choris che.
viernes, 4 de noviembre de 2005
Año 2074. Rosario
Alina despertó como habitualmente sabía hacerlo. Es decir, cinco minutos antes de que sonara el despertador. El tiempo que restaba hasta que la alarma diera la nota transcurría siempre de la misma manera. Se sentaba en el borde de la cucheta de metal con la cabeza gacha y el rostro cubierto por sus cabellos castaños, mientras balanceaba sus escuálidas piernas como si estuviera en trance. Hubiera canturreado algo, pero hacía años que en Rosario habían prohibido la música bajo cualquiera de sus formas. Sólo sobrevivían en su memoria algunas canciones de cuna que sonaban en el Orfanato cuando era algo más que un bebé. Los años y la prohibición habían hecho efecto al punto que en ese momento sólo recordaba que habían existido en algún momento, pero ya no tenían ni melodía ni letra; apenas sombras sonoras. Más allá de esa nostalgia, Alina temía despertar a su hermano que dormía pesadamente en la cama de abajo.
miércoles, 19 de octubre de 2005
Exorcismo de octubre
La rutina se había alivianado con la llegada de la primavera. Sí, había que ir a laburar, había que estudiar e incluso dedicarse a ambas cosas. Pero el marco había cambiado. Los días se habían templado, el sol asomaba más tempranito, las mañanas se disfrutaban por más forzado que hubiera que salir de la cama. Todo este entusiasmo primaveral se esfumó con la llegada de este octubre de elecciones. Transitar la cotidianeidad buscando un momento para despegarse un poco de los deberes sociales se había hecho fácil con la llegada de la estación pop por excelencia (con perdón de los amantes del verano). Desgraciadamente, no duró. Habitualmente cuesta remontar vuelo por el tiempo que consumen las obligaciones de diversas índoles. La entrada al mes 10 ha hecho que cualquier llamado a la imaginación y a la introspección constituya ya una empresa digna de comparación con la última cruzada de Indiana Jones (claro que rima, ¿de qué otra forma iba a aparecer Harrison Ford acá?). Sentarse a despejar la mente, remojar las barbas, patear el balde o como quiera que se le llame se ha tornado imposible con la omnipresencia de los candidatos en las calles. Claro que esto es común a cualquier período eleccionario. El problema es que en esta oportunidad no irrumpen en nuestras conciencias con propuestas renovadoras y cambios “que la sociedad está pidiendo”, sino precisamente por la ausencia de cualquier cosa que se les parezca. La ciudad está empapelada con las caras de los Tres Mosqueteros Socialistas (con al menos dos de ellos severamente beneficiados por las virtudes del Photoshop). Por otro lado asoman Lo’ Muchachó Peronistas (léase cantando), quienes no ceden en su afán de mostrar cuanta foto tengan con el Señor K. Ambas plataformas electorales no invitan a pensar en algo más allá de las singulares caripelas que decoran la ciudad (aunque hay que destacar la labor de la Combi-Cumbia que hace bailar con la candidatura de Súper Mario Miatello). El 84,22% del papel afiche es ocupado por los rostros de nuestros funcionarios, mientras que el 11,31% se destina a nombrarlos y aclarar a qué puesto apuntan. Así, el 4,45% se destina a un lema que sí o sí (este parece ser el paradigma al que responden las campañas) tiene que tener las palabras “Rosario” y “más” en referencia al potencial de la Cuna de la Bandera. El 0,02% restante es un margen de error que puede encontrarse en cualquier estudio ficticio que se precie de tal.
jueves, 13 de octubre de 2005
Recuerdo (tonto)
Antes de empezar debo aclarar que mi relato será tan preciso y verosímil como mi memoria me lo permita, o al menos intentará serlo. Es que los hechos tienden a deformarse al atravesar los estrechos pasillos de nuestros sentidos, sabido es que nadie está exento de este problema. Lo que finalmente se almacena en la cabeza es un bosquejo más o menos rudimentario de lo que en realidad aconteció. Por suerte tengo muy buena memoria, o al menos eso dicen los que me conocen desde hace algún tiempo. Siempre surge allí a la hora de resaltar mis virtudes, aunque suele quedar un poco relegada cuando empiezan a alabar mi elocuencia, mi simpatía y amabilidad a la hora de las reuniones, mi seriedad durante los debates sobre temas de actualidad, las agudas observaciones que suelo realizar en dichas ocasiones, mis divertidísimos aforismos acerca de la vida cotidiana y finalmente mi inexplicable humildad a la hora de defenderme de todos estos cargos. No es que haya querido presumir haciendo gala de mis atributos, siempre me han dicho que no debo avergonzarme de aquello que otros admiran en mí. Tarde o temprano hay que convencerse de las cualidades que a uno le señalan, o al menos es lo que todos me recomiendan.
miércoles, 21 de septiembre de 2005
Más allá del rocanrol
Se oye un rumor complejo, mezcla de muchas cosas, entre las que se identifican con facilidad el ir y venir de la gente y de los instrumentos. Están ahí nomás, sin embargo los sonidos empiezan a llegar de un lugar infinitamente más lejano, como si estuviera en el piso más alto del edificio más alto de la ciudad más grande; ecos de algo que sucede muy abajo en alguna calle anónima. Juan sabe que no es así. No importa. Ya se olvidó. La fantasía se mantiene en pie gracias a la ausencia absoluta de luz. Es genial y sólo (porque) él está allí para disfrutarlo. No se anima a calificarlo como perfecto, sabe que es lo último que se piensa antes de que algo ocurra y estropee el momento sin poder degustarlo por completo. No es de esos placeres con los que uno se topa una noche cualquiera. Lo consume despacio, con la serenidad de quien no vive con un reloj en la muñeca y un calendario en la pared. Inmediatamente reacciona y prende intuitivamente un cigarrillo, algo para saborear y ampliar así el espectro sensorial del deleite. La brasa sobrevive a la llama del encendedor, se entromete en esa nada, la vuelve tangible y le da sentido, es centro y el resto la periferia de todo lo que puede ser. Con cada pitada la luz palpita y luego vuelve a agonizar. Un astro justo allí, qué maravilla. Al carajo con las precauciones, es perfecto.
jueves, 15 de septiembre de 2005
El bobo del huracán
"Si piensan que poner nombre de mujer a una tormenta destructiva es sexista, seguro que no han visto a un grupo de damas en una barata de ropa", dijo Kent Brockman, cerrando el anuncio de la inminente llegada del huracán Bárbara a las tierras de Springfield. El carismático presentador (anchorman le dicen por allá) no sabía que su sarcástico comentario hoy sería un firme candidato a llevarse el premio a Mejor Chiste de Humor Negro. Sólo era una frase más dentro de otro (excelente) capítulo de Los Simpson allá por el año 1996; el episodio se llamó "Huracán Neddy". La historia tenía por protagonista a Ned Flanders, quien luego de la tormenta se ve despojado de todos sus bienes materiales y entra en una aguda crisis psicológica que lo lleva a huir -incluso de su propia familia- e internarse en un hospital psiquiátrico.
sábado, 3 de septiembre de 2005
Antediluviano
Dicen que el sol había desaparecido y que no había nadie en las calles cuando empezó. Nadie salía de sus casas desde hacía varias semanas, cuando se supo la fecha exacta en que iba a suceder; es decir, el día en que se confirmó el Día. A nadie le importaban las causas ya que eran inmodificables, al igual que la única e inminente consecuencia. Esto no impidió que muchos gastaran lo que les quedaba de tiempo en indagar sobre el origen último de todo el asunto y de alguna forma sentirse más iluminados al respecto, pero no por eso iban a escapar a su destino. Todo se iría al diablo y no había nada que hacerle.
miércoles, 24 de agosto de 2005
N.N.
Tu locura me agota, me saca de mí. Ya no aguanto, es algo que me desvela hasta perderme de vista. Me duele la cabeza, empiezo a marearme. Esa maldita locura insondable. Mar oscuro, profundo y turbulento. Navego buscando descifrar qué tesoros abriga en el fondo, de qué se protege en esas furiosas olas, a quién espera cantando melancólica, cuando la noche cae sobre ella y adquiere un brillo y una belleza sobrenatural que se transmite hasta su voz. El desvelo azul de saber que no te sé me gana y empieza a vaciarme. Pienso y deliro y caigo en vos a la espera de dar con algo y estallar. Pero nada pasa, pasa la nada y se hace exasperante. No nos tocamos más allá de las manos, no nos vemos más allá de los ojos, no somos Uno sin ataduras ni límites. No estallamos.
Caigo, pero ya no sos vos. No me acuerdo de ningún Uno, sólo escucho voces de dos que se aman sin saberme. Les grito, aunque no veo dónde están ni sé si podrán oírme. La oscuridad ya no me envuelve, ahora me ahoga. Quien quiera que sea, no me deja respirar; sólo puedo gritar. Ellos bajan la voz con un falso respeto, como cuando se está en un funeral de alguien por compromiso. Quizá sea el mío y hace rato que me enterraron. Todavía no me doy cuenta. No hay madera que rasguñar. Sin embargo grito hasta las lágrimas, hasta el cielo, hasta nacer. Luego la luz se traga toda la nada y me encuentro. Soy yo, acá, no sé bien dónde.
Sigo sin ser vos, no me acuerdo de ningún mar y la única voz que resuena es el eco de mis gritos que se van apagando de a poquito. Me río al conjeturar que la angustia propia es mucho menos chocante en tercera persona. Casi como si fuera de alguien más, tal vez de vos. No importa, ahora soy yo. Empiezo a nadar con mucha cautela; me pongo particularmente irritable al recorrerme. Juego un rato con mis secretos y por suerte a ellos no les importa. Rápidamente arman equipos: los míos vs. los tuyos vs. los nuestros vs. solteros vs. casados. El frenesí que se desata es dulcísimo, revolotean en varias direcciones hasta que por fin entiendo de qué se trata. Se quieren escapar, los atrapo. Se vuelven a escapar, esta vez los más viejos. Siempre los más viejos y gordos. Tienen sus mañas, pero los atrapo de todos modos. No logran ir muy lejos de mí sin que yo me entere.
En eso me atraviesa una saeta envenenada, un deseo. Descontrolado, arremete otra vez. No sé bien esquivarlo, no se trata de su rapidez ni de la mía. Siempre terminan por dar conmigo, sin importar dónde. No importa si son deseos febriles, perversos, pueriles o verdes. Sospecho una atracción mutua. Hay algo de masoquista en el asunto. No tiene sentido negarlo, no va a cambiar nada.
El deseo hace de las suyas, me infla con aire de inmortalidad y se marcha satisfecho, como debe de ser siempre. Camino y me topo con todos, desde el homo habilis hasta el homosexual. Me siento y veo todo, el Big Bang y Dios que se confunden. Ambos proceden aceleradísimos en su tarea de crear, ensañados con la nada, el vacío o como quiera que se llame esa cosa. Por allá Jesús, su pasión y su cruz (magníficamente perverso el idioma en semejante rima). Más alejados, unos señores debaten a la sombra de sus solemnes semblantes, analizan todo y no hacen nada. Por el otro lado, un ejército de científicos avanza bajo las órdenes de El Progreso.
Si algo de esto tiene sentido, ya no me acuerdo. Ancestros, amigos, amantes, descendientes, todos pasan y no atino a decirles nada. El amor se va tantas veces como todos ellos y cada vez es un aguijonazo socarrón. Un patio de primavera de algún pueblo me recibe sin importar demasiado quien soy. Me escondo entre árboles petisos y busco alguna salida hacia alguien familiar, un rastro de lo que soy. Me topo con una enredadera negra y viscosa, como hecha de cucarachas. Me armo de coraje, primero rompo en mil pedazos la fobia a los insectos y luego le toca el turno a la planta. Pero no sirve de nada. Es el mismo mundo insensato.
Qué lejos que está el patio, tanto como lo indica perder la noción de distancia. Los soldados van y no puedo hacer nada para disuadirlos (vaya don el de la inmortalidad). Fagocitan el mundo, lo exprimen y reciclan y desechan y comprimen, se suben a sus naves y se van en busca de la siguiente víctima. Ahí queda un bolo estéril, sin esófago cósmico hacia dónde ir. Ya ni sé dónde estoy. Probablemente morí y ahora sólo contemplo esa cosa inerte y descolorida en medio de la nada, tan parecida a ella que ni siquiera intento parpadear. Ya no hay vida, pero tampoco hay muerte. Ya no hay amor. Ya no hay tiempo ¿Dónde está el tiempo? Evidentemente estoy por despertarme. Está bien, tarde o temprano el sosiego llega. Andá a saber la hora que es.
Caigo, pero ya no sos vos. No me acuerdo de ningún Uno, sólo escucho voces de dos que se aman sin saberme. Les grito, aunque no veo dónde están ni sé si podrán oírme. La oscuridad ya no me envuelve, ahora me ahoga. Quien quiera que sea, no me deja respirar; sólo puedo gritar. Ellos bajan la voz con un falso respeto, como cuando se está en un funeral de alguien por compromiso. Quizá sea el mío y hace rato que me enterraron. Todavía no me doy cuenta. No hay madera que rasguñar. Sin embargo grito hasta las lágrimas, hasta el cielo, hasta nacer. Luego la luz se traga toda la nada y me encuentro. Soy yo, acá, no sé bien dónde.
Sigo sin ser vos, no me acuerdo de ningún mar y la única voz que resuena es el eco de mis gritos que se van apagando de a poquito. Me río al conjeturar que la angustia propia es mucho menos chocante en tercera persona. Casi como si fuera de alguien más, tal vez de vos. No importa, ahora soy yo. Empiezo a nadar con mucha cautela; me pongo particularmente irritable al recorrerme. Juego un rato con mis secretos y por suerte a ellos no les importa. Rápidamente arman equipos: los míos vs. los tuyos vs. los nuestros vs. solteros vs. casados. El frenesí que se desata es dulcísimo, revolotean en varias direcciones hasta que por fin entiendo de qué se trata. Se quieren escapar, los atrapo. Se vuelven a escapar, esta vez los más viejos. Siempre los más viejos y gordos. Tienen sus mañas, pero los atrapo de todos modos. No logran ir muy lejos de mí sin que yo me entere.
En eso me atraviesa una saeta envenenada, un deseo. Descontrolado, arremete otra vez. No sé bien esquivarlo, no se trata de su rapidez ni de la mía. Siempre terminan por dar conmigo, sin importar dónde. No importa si son deseos febriles, perversos, pueriles o verdes. Sospecho una atracción mutua. Hay algo de masoquista en el asunto. No tiene sentido negarlo, no va a cambiar nada.
El deseo hace de las suyas, me infla con aire de inmortalidad y se marcha satisfecho, como debe de ser siempre. Camino y me topo con todos, desde el homo habilis hasta el homosexual. Me siento y veo todo, el Big Bang y Dios que se confunden. Ambos proceden aceleradísimos en su tarea de crear, ensañados con la nada, el vacío o como quiera que se llame esa cosa. Por allá Jesús, su pasión y su cruz (magníficamente perverso el idioma en semejante rima). Más alejados, unos señores debaten a la sombra de sus solemnes semblantes, analizan todo y no hacen nada. Por el otro lado, un ejército de científicos avanza bajo las órdenes de El Progreso.
Si algo de esto tiene sentido, ya no me acuerdo. Ancestros, amigos, amantes, descendientes, todos pasan y no atino a decirles nada. El amor se va tantas veces como todos ellos y cada vez es un aguijonazo socarrón. Un patio de primavera de algún pueblo me recibe sin importar demasiado quien soy. Me escondo entre árboles petisos y busco alguna salida hacia alguien familiar, un rastro de lo que soy. Me topo con una enredadera negra y viscosa, como hecha de cucarachas. Me armo de coraje, primero rompo en mil pedazos la fobia a los insectos y luego le toca el turno a la planta. Pero no sirve de nada. Es el mismo mundo insensato.
Qué lejos que está el patio, tanto como lo indica perder la noción de distancia. Los soldados van y no puedo hacer nada para disuadirlos (vaya don el de la inmortalidad). Fagocitan el mundo, lo exprimen y reciclan y desechan y comprimen, se suben a sus naves y se van en busca de la siguiente víctima. Ahí queda un bolo estéril, sin esófago cósmico hacia dónde ir. Ya ni sé dónde estoy. Probablemente morí y ahora sólo contemplo esa cosa inerte y descolorida en medio de la nada, tan parecida a ella que ni siquiera intento parpadear. Ya no hay vida, pero tampoco hay muerte. Ya no hay amor. Ya no hay tiempo ¿Dónde está el tiempo? Evidentemente estoy por despertarme. Está bien, tarde o temprano el sosiego llega. Andá a saber la hora que es.
martes, 16 de agosto de 2005
Un mañana mejor
Ya pasó la noche del 10. Amanecimos felices de ver al Diego recuperado y contento. Aunque nadie más feliz que Adrián $uar ¡Pero vos sos un pesimista de exportación! Sí, ya sé. Ya cayó un avión en Grecia. Hace un ratito se cayó otro en Venezuela. El jueves comenzará a escribirse la primera parte de un libro que bien podría titularse "De cómo ardió Rosario". Pero no está bien eso de arrancar un texto con el título. El título sintetiza y representa todo lo que viene después. No se puede crear un texto que justifique una frase bonita.
Hoy va a pasar de todo. Ya tenemos 152 muertos, por suerte. Seguramente nacerán otros tantos, tal vez más. Mucha gente irá al yugo. Mucha más no tendrá esa suerte. En Europa esto no pasa. La vida y la muerte en la eterna puja. Ya saben quién va a ganar. Pero no se cansan. No nos cansamos. Qué bien quedan las oraciones cortitas. Palabra, palabra, palabra, palabra, punto. Los significados se construyen herméticamente. Como caminar con pasos milimétricos. No hay forma de tambalear. No te podés caer. Aunque no hayas avanzado ni tres baldosas al final del día. Pero no es la distancia lo que cuenta. Es disfrutar el viaje. Este tipo sabe lo que dice. Se nota por cómo escribe ¿Vos decís? Pero sí. Callate y seguí...leyendo.
Hoy va a pasar de todo. Ya tenemos 152 muertos, por suerte. Seguramente nacerán otros tantos, tal vez más. Mucha gente irá al yugo. Mucha más no tendrá esa suerte. En Europa esto no pasa. La vida y la muerte en la eterna puja. Ya saben quién va a ganar. Pero no se cansan. No nos cansamos. Qué bien quedan las oraciones cortitas. Palabra, palabra, palabra, palabra, punto. Los significados se construyen herméticamente. Como caminar con pasos milimétricos. No hay forma de tambalear. No te podés caer. Aunque no hayas avanzado ni tres baldosas al final del día. Pero no es la distancia lo que cuenta. Es disfrutar el viaje. Este tipo sabe lo que dice. Se nota por cómo escribe ¿Vos decís? Pero sí. Callate y seguí...leyendo.
lunes, 8 de agosto de 2005
Ficción de otra estación
NOTA: El siguiente texto no es en absoluto lo que en un principio intentó ser. Quizás allí radique su principal y probablemente única virtud.
El aire no deja circular en la ciudad. Los únicos que vencen la omnipresente dificultad son los que (siempre) están llegando tarde, (siempre) empujando y (siempre) despotricando contra quien se interponga en su camino. Los otros se limitan a caminar, levemente inclinados hacia adelante y con la cabeza gacha, peleando contra lahumedad, labajapresión y lacalor. El sol se prepara para lanzarse en picada hacia el horizonte, luego del gran esfuerzo que significó estar ahí arriba apuntalando el fatal aburrimiento de una tarde de lunes. El hastío del astro máximo se contagiaba a la gente que caminaba allí abajo. O quizás fuera al revés. En cualquier caso, la suma parecía resultar en un tufillo a podrido, que era precisamente como debían sentirse tanto el sol como esos animalitos vestidos que caminaban allá abajo.
El aire no deja circular en la ciudad. Los únicos que vencen la omnipresente dificultad son los que (siempre) están llegando tarde, (siempre) empujando y (siempre) despotricando contra quien se interponga en su camino. Los otros se limitan a caminar, levemente inclinados hacia adelante y con la cabeza gacha, peleando contra lahumedad, labajapresión y lacalor. El sol se prepara para lanzarse en picada hacia el horizonte, luego del gran esfuerzo que significó estar ahí arriba apuntalando el fatal aburrimiento de una tarde de lunes. El hastío del astro máximo se contagiaba a la gente que caminaba allí abajo. O quizás fuera al revés. En cualquier caso, la suma parecía resultar en un tufillo a podrido, que era precisamente como debían sentirse tanto el sol como esos animalitos vestidos que caminaban allá abajo.
martes, 26 de julio de 2005
Ficción estacional
Caminaba pensando en lo fantástico que había sido despedirse de ella diciendo: "Hasta pronto". Sus pasos eran tan seguros y regulares que hubieran oficiado de metrónomo para cualquiera. Sin embargo, él era el único que aprovechaba para canturrear acompasadamente esa milonga que tanto le gustaba: "Si zarpo esta madrugada / sin el recuerdo de tus besos...". O bien en la cuadra no había tantos músicos aprendices que disfrutaran las sesiones de madrugada como cabía esperar, o bien el ritmo de esas pisadas no se traducía en una tentación suficiente para abandonar el sueño nocturno y sacar la música a la calle. No se podía tratar de esta última. Al menos, no en esa fantástica noche.
"Si zarpo esta madrugada / con el calor de tus abrazos / las estrellas brillarán...". Se detuvo impactado por ese último verso inconcluso. No había sido la sutileza y la belleza de aquellas palabras; tal vez si tuviera más en común con los parroquianos del bar del que acababa de salir -fantásticamente, por cierto-. Pero no, recordó las estrellas. Miró hacia arriba y, paradójicamente, todo se vino abajo. No estaban allí. Siguió el recorrido pero no hubo forma de encontrarlas, no estaban ni más adelante ni más atrás. Unas nubes gordas y grises colgaban tan cerca de su cabeza que bastaba saltar y arañarlas para desatar lo inevitable. La desesperación, que suele apurar el paso desde atrás en estas ocasiones, saltó el cordón al terminar de cruzar la esquina y lo alcanzó. Fue en ese instante que sintió como se levantaba ese viento impertinente que anuncia las tormentas.
"Si zarpo esta madrugada / con el calor de tus abrazos / las estrellas brillarán...". Se detuvo impactado por ese último verso inconcluso. No había sido la sutileza y la belleza de aquellas palabras; tal vez si tuviera más en común con los parroquianos del bar del que acababa de salir -fantásticamente, por cierto-. Pero no, recordó las estrellas. Miró hacia arriba y, paradójicamente, todo se vino abajo. No estaban allí. Siguió el recorrido pero no hubo forma de encontrarlas, no estaban ni más adelante ni más atrás. Unas nubes gordas y grises colgaban tan cerca de su cabeza que bastaba saltar y arañarlas para desatar lo inevitable. La desesperación, que suele apurar el paso desde atrás en estas ocasiones, saltó el cordón al terminar de cruzar la esquina y lo alcanzó. Fue en ese instante que sintió como se levantaba ese viento impertinente que anuncia las tormentas.
miércoles, 20 de julio de 2005
El día que se pelearon los huevos
Pues bien, nada más tentador en un día como este que hablar de un feriadito más. Dado que el hipervínculo a la izquierda habla por sí mismo, no hace falta que nadie ahonde en el tema. Estoy seguro de que al terminar de leer semejante nota, la hoja de diario en la que está impresa se autodestruirá. O debería, al menos. En el caso del monitor va a ser bastante más complicado, pero no pierda las esperanzas. En cualquier caso, repitan conmigo hermanos y hermanas: "¡Alabados sean Carlín y el pendex, llegó el día del amigo!".
Podría decirse que fue una jornada agotadora y emotiva. Que fue una oportunidad inmejorable para retomar contacto con aquellos a quienes teníamos guardados en un cajón bajo la letra S de "Si necesito algo te llamo" o la N de "Nos tenemos que juntar algún día". Podría decirse a su vez que dejamos de estar archivados por un ratito en los cajones de los otros. Que nos sacaron para mirarnos un ratito en pos de un recuerdo o un sentimiento del cual somos la llave. Que nos sentimos aliviados al ver que esos tesoros aún estaban allí, o nos alarmamos al ver que se habían perdido en el zafarrancho de la memoria. Que nos guardaron en nuestro lugarcito tras un beso, un abrazo y una caricia que fue más nostálgica que para limpiarnos el polvo un poco. En cualquier caso, tanto la nostalgia como el polvo se llevan de lo más bien y ninguno de los dos se sintió ofendido por la duda.
Podría decirse que estuvimos a punto de esquivar a los Enanitos Verdes cantando que "un amigo es una luz". Que casi nos olvidamos de decirle a alguien: "tú eres mi hermano del alma". Que cumplimos con nuestras "personitas especiales", nuestros "locos lindos", nuestros "amigazos" y demás figuritas del álbum. Que aprovechamos la oportunidad para perdonar y ser perdonados por alguna cosilla, para "decirte lo que realmente pienso sobre vos" y "lo importante que sos para mí". Podría decirse que somos poco originales para expresar nuestro afecto y que a veces no lo expresamos en la medida y la forma adecuadas (tanto en demasía como en escasez). En cualquier caso, pobre del que deje de valorar el regalo por sobre lo grande o lo chico de la caja ¡Y ni hablar del que se fije en el moño con que lo atamos!
Podría decirse que todas estas consideraciones nacidas a la luz de una fecha que volverá dentro de 365 días no son originales. Que se reciclan cada 12 meses y que sólo encontramos alguna forma nueva en el amasijo final. Que cuando la miramos bien, esa forma sólo era novedosa por estar escondida bajo un pliegue de nuestra cabezota que no habíamos alcanzado a girar en ocasiones anteriores. En cualquier caso, la necesidad de detenerse a reflexionar siempre será irresistible por más trivial y visitado que sea el tema en cuestión.
Podría decirse que así pasó el día del amigo versión 2005. Podría, pero el sol apenas lleva un par de horitas colgado en el techo. Será cuestión de ir y confirmar tanta predicción, entonces.
Podría decirse que fue una jornada agotadora y emotiva. Que fue una oportunidad inmejorable para retomar contacto con aquellos a quienes teníamos guardados en un cajón bajo la letra S de "Si necesito algo te llamo" o la N de "Nos tenemos que juntar algún día". Podría decirse a su vez que dejamos de estar archivados por un ratito en los cajones de los otros. Que nos sacaron para mirarnos un ratito en pos de un recuerdo o un sentimiento del cual somos la llave. Que nos sentimos aliviados al ver que esos tesoros aún estaban allí, o nos alarmamos al ver que se habían perdido en el zafarrancho de la memoria. Que nos guardaron en nuestro lugarcito tras un beso, un abrazo y una caricia que fue más nostálgica que para limpiarnos el polvo un poco. En cualquier caso, tanto la nostalgia como el polvo se llevan de lo más bien y ninguno de los dos se sintió ofendido por la duda.
Podría decirse que estuvimos a punto de esquivar a los Enanitos Verdes cantando que "un amigo es una luz". Que casi nos olvidamos de decirle a alguien: "tú eres mi hermano del alma". Que cumplimos con nuestras "personitas especiales", nuestros "locos lindos", nuestros "amigazos" y demás figuritas del álbum. Que aprovechamos la oportunidad para perdonar y ser perdonados por alguna cosilla, para "decirte lo que realmente pienso sobre vos" y "lo importante que sos para mí". Podría decirse que somos poco originales para expresar nuestro afecto y que a veces no lo expresamos en la medida y la forma adecuadas (tanto en demasía como en escasez). En cualquier caso, pobre del que deje de valorar el regalo por sobre lo grande o lo chico de la caja ¡Y ni hablar del que se fije en el moño con que lo atamos!
Podría decirse que todas estas consideraciones nacidas a la luz de una fecha que volverá dentro de 365 días no son originales. Que se reciclan cada 12 meses y que sólo encontramos alguna forma nueva en el amasijo final. Que cuando la miramos bien, esa forma sólo era novedosa por estar escondida bajo un pliegue de nuestra cabezota que no habíamos alcanzado a girar en ocasiones anteriores. En cualquier caso, la necesidad de detenerse a reflexionar siempre será irresistible por más trivial y visitado que sea el tema en cuestión.
Podría decirse que así pasó el día del amigo versión 2005. Podría, pero el sol apenas lleva un par de horitas colgado en el techo. Será cuestión de ir y confirmar tanta predicción, entonces.
martes, 12 de julio de 2005
Toda historia tiene un comienzo...
...y todo blog también.
Esta es una de las tantas malas ideas que he tenido. A diferencia de sus hermanas menos afortunadas, floreció merced a la facilidad de llevarla a cabo y a la ingenua esperanza de poder encontrarle la vuelta a esto de escribir donde cualquiera puede escribir. Espero encontrar un hilo conductor a lo largo de lo que haga (¡frase absolutamente extrapolable!) y dilucidar exactamente qué me terminó de convencer para abrir el blog.
No es tan sencillo como parece. Un blog es un espacio que cualquiera puede tener, al igual que un fotolog y demás mierdas de la familia log. Los defensores de la libre expresión dirán que es todo un logro, auspiciado por la revolución tecnológica y "la maravilla de Lainterné". Estando a favor de la libre expresión, me permito decir que Lainterné es tan maravillosa como alienante.
No puedo sonreír al ver la cantidad de gente que tiene estos espacios y los emplea como bitácoras (gráficas, textuales e imagino que próximamente audiovisuales) de sus vidas. "Hacete uno, total es gratis", "Pasá y firmame" y otras varias frases vomitivas surgieron en diálogo ("cyberdiálogo", debo aclarar) con algunos de ellos. Asusta ver cómo muchos derraman sin vacilar sus peripecias y emociones de cada día en fotos y palabras. Diarios íntimos de diverso calibre emocional e intelectual al alcance de quien no tenga nada mejor que hacer y una computadora en frente. Eso sí, son gratis. O lo que es lo mismo, nuestra privacidad ya no vale nada.
Quien quiera discutir el éxito que han tenido estos engendros, principalmente los flogs, (apócope de fotolog, para los legos en la materia) simplemente dirija su atención al megaemporio de M$N Spaces. Los muchachos no se despeinaron y al instante sacaron un ofertón: poné tus fotos acá, poné tus escritos acá, poné tu vida acá, poneTE acá. YA. Sólo necesitás tu cuenta de cliente y ya podés empezar a despedirte de tu privacidad. Harás nuevos y mejores amigos (cyberamigos, ¿no son, acaso, los mejores?). La soledad será cosa del pasado.
Ja...ja...ja. La soledad está más presente que nunca. Maquillada con los bellísimos y variados colores que tiene la polvera de Lainterné para ofrecer. Estos lugarejos son la última novedad en contacto virtual, primos lejanos de los primeros clientes de mensajería y chatrooms. Estamos más comunicados para sentirnos menos solos. Increíble pero real, si se cambia el orden de los factores en la frase, el resultado es aún más impactante: nos sentimos menos solos mientras más comunicados estamos.
Si a esta altura no se suicidó, ha pasado la prueba. Si en lugar de eso quiere matarme, también. Si pensó en lo contradictorio de despotricar contra un medio a través del mismo, tiene razón. Ahora cállese y no lo ande gritando, carajo. Esta mala idea acaba de nacer y necesita descansar.
Esta es una de las tantas malas ideas que he tenido. A diferencia de sus hermanas menos afortunadas, floreció merced a la facilidad de llevarla a cabo y a la ingenua esperanza de poder encontrarle la vuelta a esto de escribir donde cualquiera puede escribir. Espero encontrar un hilo conductor a lo largo de lo que haga (¡frase absolutamente extrapolable!) y dilucidar exactamente qué me terminó de convencer para abrir el blog.
No es tan sencillo como parece. Un blog es un espacio que cualquiera puede tener, al igual que un fotolog y demás mierdas de la familia log. Los defensores de la libre expresión dirán que es todo un logro, auspiciado por la revolución tecnológica y "la maravilla de Lainterné". Estando a favor de la libre expresión, me permito decir que Lainterné es tan maravillosa como alienante.
No puedo sonreír al ver la cantidad de gente que tiene estos espacios y los emplea como bitácoras (gráficas, textuales e imagino que próximamente audiovisuales) de sus vidas. "Hacete uno, total es gratis", "Pasá y firmame" y otras varias frases vomitivas surgieron en diálogo ("cyberdiálogo", debo aclarar) con algunos de ellos. Asusta ver cómo muchos derraman sin vacilar sus peripecias y emociones de cada día en fotos y palabras. Diarios íntimos de diverso calibre emocional e intelectual al alcance de quien no tenga nada mejor que hacer y una computadora en frente. Eso sí, son gratis. O lo que es lo mismo, nuestra privacidad ya no vale nada.
Quien quiera discutir el éxito que han tenido estos engendros, principalmente los flogs, (apócope de fotolog, para los legos en la materia) simplemente dirija su atención al megaemporio de M$N Spaces. Los muchachos no se despeinaron y al instante sacaron un ofertón: poné tus fotos acá, poné tus escritos acá, poné tu vida acá, poneTE acá. YA. Sólo necesitás tu cuenta de cliente y ya podés empezar a despedirte de tu privacidad. Harás nuevos y mejores amigos (cyberamigos, ¿no son, acaso, los mejores?). La soledad será cosa del pasado.
Ja...ja...ja. La soledad está más presente que nunca. Maquillada con los bellísimos y variados colores que tiene la polvera de Lainterné para ofrecer. Estos lugarejos son la última novedad en contacto virtual, primos lejanos de los primeros clientes de mensajería y chatrooms. Estamos más comunicados para sentirnos menos solos. Increíble pero real, si se cambia el orden de los factores en la frase, el resultado es aún más impactante: nos sentimos menos solos mientras más comunicados estamos.
Si a esta altura no se suicidó, ha pasado la prueba. Si en lugar de eso quiere matarme, también. Si pensó en lo contradictorio de despotricar contra un medio a través del mismo, tiene razón. Ahora cállese y no lo ande gritando, carajo. Esta mala idea acaba de nacer y necesita descansar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)