Los dos pibes se miraron extrañados, pero no era por el sospechoso título que recién, sin más advertencias ni explicaciones, los ha sentado de culo en una callecita angosta con el pasto sin cortar y las bolsas de basura sin cerrar. Realmente ni la vereda ni el olor de las aceiteras ni la tarde rojiza eran novedad; eran lo propio de ese día y del de ayer, cosas que a esa altura valen muy poco. Después, quién sabe. Tampoco era el hecho de que la temperatura y la humedad estuvieran ligeramente por arriba de lo habitual en esa época del año.