Estaba desvelada de contenta. Se quedó apoyada de espaldas contra la puerta, con los ojos cerrados y la nuca asfixiando el ojo de buey. La tensión se iba diluyendo en el aire viciado del living, a esa altura de la noche insoportablemente lúgubre. Odiaba esas reuniones que él insistía en llamar “cenas de (sus) amigos”. Tres parejas acababan de irse casi por debajo de la puerta; como naipes de una baraja trucha, tres reyes y tres reinas de corazones. Habían llegado tres horas antes cabalgando en abrazos y sonrisas; con un poco de comida, una buena dosis de alcohol y la consecuente catarata de habladurías bajas calorías. Al principio los toleraba, al principio el príncipe lo justificaba todo y apreciaba a los vasallos como buena princesa. Pero tenía claro que si algo caracteriza a todos los cuentos de hadas (y a los otros también) es que, perdices más, perdices menos, se terminan. Revoloteaba con la mirada por el lugar, repasaba cada rincón del departamento y no encontraba aquel destello de lo que le era propio. Las copas semivacías, las fotos pegadas en la pared como con un suspiro, el montón de discos tirados en el rincón próximo al sofá, el altísimo velador que vigilaba desde la esquina de la ventana, todo había dejado de ser un reflejo para montar un gigantesco álbum de recuerdos. No se inquietó al advertirlo, estaba tranquila sabiendo que la cosa venía germinando desde hacía varias semanas. Él estaba durmiendo en la pieza. Ya se había acostumbrado al zumbido del ventilador que velaba por sus sueños; los de ella, en cambio, los disipaba. Había pasado una noche más sin estallar, sin reventar de hastío ni tirar a nadie por el balcón ni clavarles un cuchillo. El desorden estaba bien, limpiaría por la mañana. Las estrellas la llamaban a través de la ventana entreabierta. Se asomó y respiró profundo hasta llenarse de fresco y de madrugada.
jueves, 24 de noviembre de 2005
jueves, 10 de noviembre de 2005
Post suicidio
Han pasado pocos minutos de la una de la tarde en el Parque Urquiza. Este jueves es una cosa despampanante. El parque estalla de color, calor y de brillo, 100% primavera, como en una propaganda MR ¡Qué linda está Rosario! Frente a la cancha de bochas hay un pequeño grupo de gente que dirige su atención al otro lado de la calle. Un patrullero destartalado llega con dos oficiales de policía. Ambos se bajan y se unen a un grupo reducido cerca de uno de los bancos que da a la barranca. Los jubilados juegan tranquilos a la sombra de los buenos árboles. Las chicas más sacrificadas se apegan al pavimento del circuito caminando y trotando cuando el viento invita. Otras gentes decoran el cuadro para quien quiera verlo en detalle. La escena no despierta demasiada curiosidad a cien metros de distancia y con el sol en su hora más sádica. Alejándose del anfiteatro hay un reparo que alguien aprovechó para instalar lo que los economistas denominan microemprendimiento. El viejo le pide a la piba que atiende con él que vigile los chorizos mientras busca cambio. El bife de chorizo viene con el vuelto y el dato esclarecedor, gracias a la curiosidad de una comitiva tan escasa como hambrienta: Haceme dos choripanes especiales o comunes especiales los dos ya salen qué pasó allá ahí te doy el vuelto pibe se pegó un cuetazo uno qué le vas a poner fue hace un rato provenzal para mí acá no lo escuchamos porque teníamos puesta la radio ya salen los choripanes viste que la pistola apoyada en la cabeza hace menos ruido tenés servilletas ya están los choris che.
viernes, 4 de noviembre de 2005
Año 2074. Rosario
Alina despertó como habitualmente sabía hacerlo. Es decir, cinco minutos antes de que sonara el despertador. El tiempo que restaba hasta que la alarma diera la nota transcurría siempre de la misma manera. Se sentaba en el borde de la cucheta de metal con la cabeza gacha y el rostro cubierto por sus cabellos castaños, mientras balanceaba sus escuálidas piernas como si estuviera en trance. Hubiera canturreado algo, pero hacía años que en Rosario habían prohibido la música bajo cualquiera de sus formas. Sólo sobrevivían en su memoria algunas canciones de cuna que sonaban en el Orfanato cuando era algo más que un bebé. Los años y la prohibición habían hecho efecto al punto que en ese momento sólo recordaba que habían existido en algún momento, pero ya no tenían ni melodía ni letra; apenas sombras sonoras. Más allá de esa nostalgia, Alina temía despertar a su hermano que dormía pesadamente en la cama de abajo.
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