lunes, 30 de enero de 2006

Cortado

“Flaco, ¿me estás escuchando?” El morocho sentado frente a él lo miraba ahora con esa ofuscación propia de los que han estado hablando durante un tiempo considerable ante alguien que no les presta ni la más mínima atención.

Eugenio parpadeó un segundo y levantó la mirada hacia él, señal de que había vuelto a su cuerpo con todo éxito. Mientras se acomodaba, repasaba todo lo que había a su alrededor con mirada de advenedizo. No había pasado siquiera un cuarto de hora desde que se sentaran a la mesa de siempre en el bar de toda la vida. “Pero por más vueltas que le des, este lugar nunca es el mismo”, como sabía predicar el Ruben en otros tiempos, cuando las charlas eran verdaderamente una esgrima y una escuela, y el café y el frío de la mañana eran el acicate justo y necesario para que los ecos de las palabras sobrevivieran al resto del día. “Qué lejos que estamos de esa época”, pero eso no lo predicaban ni él ni Eugenio más que en su mirada y en la insistencia por regresar a aquel cafetín sobre el que Discépolo seguramente no hubiera escrito de haberlo conocido.

martes, 17 de enero de 2006

El fantasma del consultorio

Son muchos los rumores que circulan con la misma intensidad que la gente lo hace por las grandes ciudades de nuestro tiempo. Estas informaciones tienen circuitos muy enrevesados para hacerse llegar de una persona a otra; y quien supo pararse a mirar la hora en la esquina correcta alguna que otra tarde noche de verano estará de acuerdo en que cada burgo construye –secretamente, sin que sus propios participantes lo sepan- verdaderas redes del chisme.

Las trazas de estos subterráneos flujos de información se establecen a partir de los protagonistas que alimentan la corriente con datos que obtienen durante su labor diaria. Cada uno de ellos, además de un profesional del “Esto no te lo dije yo, pero…”, es un verdadero folklorista, no sólo por lo que cuenta, sino principalmente por cómo lo cuenta. La unión entre dos de estos nodos vivientes determina automáticamente un camino que es unido por los transeúntes durante los quehaceres que sus empleos imponen. Esta es apenas una hebra de la red y suele ser intersecada por una o más, determinando a su vez puntos de rumoreo especiales, donde no hay un encargado. Se sabe que estos lugares del mapa se disfrazan a los ojos del caminante desprevenido como esquinas de bares, paradas de taxi y puertas de agencias de lotería. Sin embargo, no hay que dejar de mencionar que muchos de estos corredores de voz baja reciben a diario gente que no trabaja ni estudia. Éstas son las personas a las que los burócratas suelen primero atacar sin piedad y luego escuchar con singular admiración. Lo primero lo dicen y disfrutan sin tener presente lo último y viceversa. Esta fenomenal contradicción es desconocida por estos hombres serios y cualquiera reniega de ella apenas se la cruza.

miércoles, 11 de enero de 2006

Epopeya del último cobarde

Qué error fatal, la puta que lo parió. Cuando me di cuenta de que no tendría que haber tomado la palabra, ya era demasiado tarde. Todo el mundo me miraba y yo que cómo me escapo de ahí, con qué, ni palabras ni gestos. Y ahora el centro de atención. Encima estaba paralizado pensando en esto, así que mi protagonismo crecía a cada instante. Cuánta gente, carajo. No era una multitud como para hacer temblar a un político pero ante esa gente, en ese lugar y en ese momento no había forma de tranquilizarme. Entre ellos está la clave para entender mi delicada situación, para compadecerme incluso. Todos los invitados y el novio y la novia esperaban mis palabras ansiosos. Carajo, ¿en qué estaba pensando cuando levanté la copa y la hice sonar?

martes, 3 de enero de 2006

Linda y Ron

Hacía un tiempo largo que las cosas entre Linda y Ron no estaban bien. Todos los que los conocían tenían claro que lo que había entre ellos iba a terminarse antes o después. El final, pues, fue anunciado, previsible, obvio; y aún así nadie pudo escapar al impacto de la noticia cuando ésta les llegó con la velocidad incalculable del boca a boca. Quizás los más afectados fueron los que estaban más seguros del desenlace: hombres y mujeres racionales, inteligentísimos, que incluso se habían animado a dar detalles de cómo iba a suceder la ruptura. Esos también cayeron en el desesperado “¡¿Qué?!” al enterarse. Esos sabían lo que iba a pasar, pero ni el más previsor acertó en cómo iba a pasar. Ningún cálculo fue suficiente. Para añadirle un poco más de confusión al cierre de la obra, cabe destacar que Linda y Ron fueron los primeros que tenían en claro las dificultades desde que se encontraron. Ambos sabían que podía llegar a ser una relación muy desgastante. Estarían sometidos al roce constante que significan rutinas diferentes y gustos diferentes y pequeñas neurosis diferentes. El presente relato no servirá en absoluto a los fines de dilucidar por qué dejó de haber una y entre sus respectivos nombres, queda hecha la advertencia. Su separación, al igual que el tiempo que pasaron juntos, fue como tantas otras. O sea, única e irrepetible (esta última definición es mucho más seductora que la primera, pero hubiera sido incorrecto dejar de lado tanto una como la otra en este pavada de prólogo).