“Flaco, ¿me estás escuchando?” El morocho sentado frente a él lo miraba ahora con esa ofuscación propia de los que han estado hablando durante un tiempo considerable ante alguien que no les presta ni la más mínima atención.
Eugenio parpadeó un segundo y levantó la mirada hacia él, señal de que había vuelto a su cuerpo con todo éxito. Mientras se acomodaba, repasaba todo lo que había a su alrededor con mirada de advenedizo. No había pasado siquiera un cuarto de hora desde que se sentaran a la mesa de siempre en el bar de toda la vida. “Pero por más vueltas que le des, este lugar nunca es el mismo”, como sabía predicar el Ruben en otros tiempos, cuando las charlas eran verdaderamente una esgrima y una escuela, y el café y el frío de la mañana eran el acicate justo y necesario para que los ecos de las palabras sobrevivieran al resto del día. “Qué lejos que estamos de esa época”, pero eso no lo predicaban ni él ni Eugenio más que en su mirada y en la insistencia por regresar a aquel cafetín sobre el que Discépolo seguramente no hubiera escrito de haberlo conocido.