El gourmet anda corto de capacidad de asombro. Por suerte no ha perdido la de síntesis. El bife de chorizo baja como puede, a la sombra de un arbolito y con los ojos puestos en lo que ahora es "la escena del crimen". Unos metros más acá el grupo de curiosos se agranda y está entusiasta. Las colegialas están alborotadas por el hecho (súmese a las hormonas) y parlotean expectantes. Una parejita se acomoda en su ciclomotorplatea y aguarda el desenlace del desenlace. Los peritajes parecen estar llegando a su fin, al mismo tiempo que el cuadro termina de rellenarse. Hay un tipo vestido de verde, parecido a un enfermero, como elemento novedoso. Está llenando planillas apoyado sobre el banco de hormigón, lo cual en una mente teveculturizada da la certeza de que se trata de un forense. Los policías miran para todos lados, pero el botón para apagar el sol no lo tiene nadie. Ni hablar de la perilla para subir la intensidad del viento. Al lado del banco de hormigón hay un tapial de idéntico material e idéntica altura, cuya utilidad se inscribe dentro de las leyendas urbanas que nunca tendrán una película. La camioneta del SIES hace una aparición rimbombante, se sube al césped y levanta a todos los espectadores de sus asientos. El conductor se baja y descarga una camilla de metal, que vista con algo de ingenio es comparable a una bandeja gigante digna de un asado de cierre de campaña. El oficial que parece estar a cargo del operativo le da una mano y se ponen ambos entre la baranda que separa la barranca y el banco de hormigón. Allí es donde reposa, inerte, el protagonista (todavía no se ve). Allí lo cargan con solemnidad cero en la camilla (todavía no se ve). Recuperan la vertical y el público se estremece (ya se ve). Está desnudo, su cabeza ensangrentada. Tiene barba y cabellos negros, probablemente más de 40 años, pero ya no más. Los detalles no abundan desde el otro lado de la calle. Lo cargan en la parte de atrás de la chata. El conductor cierra la puerta. Las colegialas reavivan el alboroto y el parloteo, la estrella está allí. Como vino se va, dejando sólo al oficial a cargo y al forense en medio de la toma. A sus pies hay una caja que recién ahora reclama atención. Según el curso de la observación, la misma contiene la vestimenta de la víctima y (por qué no) el arma del homicida. El patrullero destartalado entra en plan de epílogo y recoge a los muchachos. Con su salida se baja el telón. Las colegialas se internan en el parque, la parejita se sube a su ciclomotorplatea y arranca.
El parque intenta retomar su aspecto normal. Cruzar la vereda comporta todo lo opuesto, pero no hay nada que lo prohiba y mucho que lo incentive. Siguiendo este paralelismo cinematográfico (a esta altura insoportable de escribir y ni hablar de leer) dos pibas se cuelan en la sala acompañadas de un muchacho. Es tiempo de los créditos, de banda sonora y de pororó frío. Revolotean alrededor del banco y el tapial. No saben qué decir para digerir lo que ven. Ríen, vomitan tres chistes y se van. El show se terminó. Sin público la mente se aclara y manda al carajo al calor y al sol. Lo visto se suma a lo que se ve y vence la entereza anímica hasta hacerla añicos. El silencio se impone como único modo de empezar a reaccionar. El banco de hormigón está salpicado de sangre. En el extremo opuesto al tapial hay un círculo de tiza dibujado. Allí debe haber quedado el arma, según el muchacho juguetón que se había dado a la fuga emocional hace un ratito. Del lado de la baranda que protege de la barranca la cosa viene más jodida. Un par de guantes de látex yacen usados y olvidados. Entre el tapial y el banco hay un charco de sangre espesa. Cabe suponer que brotó de una cabeza, pero la sensación es que el rojo, ese violento rojo, parece haber brotado de la tierra misma. La mente teveculturizada dibuja sobre el lienzo: se sentó en el tapial, llevó la pistola a su cabeza con su mano izquierda, disparó, cayó al suelo y el arma al costado del banco. Pero el dibujo no sirve para explicar nada. Si fue o no fue así no va a echar luz ni alivio sobre la oscuridad y la angustia del asunto. Al voltear no han transcurrido más de diez minutos de la partida de la camioneta, pero bastan para que una señora instale su reposera a dos metros y se apropie del lugar. Tomar sol, con o sin muerto, that is the question.
Cruzar la calle de vuelta es tomar distancia de aquello, del suicidio y su suicida; sobre todo de la marmota teñida que yace allí, donde no parece haber sucedido nada. Los árboles de la cancha de bochas hacen un trabajo impecable. Parar y sentarse en una de las mesas es la mejor forma de seguir andando. Los viejos siguen jugando con un entusiasmo envidiable, regando la cancha mientras que los de afuera (tan de palo como los de adentro) discuten de lo que haga falta repasar. Llega un heladero al oasis ya descripto y se saluda con los habitués del lugar. El más piola le grita por sobre el hombro: "¡Te perdiste el suicidio, che!". Todo y todos parecen haber resuelto la cuestión del loco ese. Pero el recuerdo reaparece en el murmullo de la tardecita que recién arranca. Incógnitas que salen en parejas fervorosas como de un motel: rico o pobre, con familia o sin familia, empleado o desocupado, desesperado o defraduado. Todas, aún resueltas, no devolverían un por qué eficiente. El suicidio ahí, hace un ratito, tan cerca, golpeó en toda su dimensión. Una obra más grande y difícil que cualquier otra, incluso que la de matar a alguien. Terminar con la propia vida precisa abolir el mandato último del cuidado por el propio pellejo, lo primero que se aprende y tal vez lo más parecido a un instinto que le queda al ser humano. Como si esto fuera poco, también se da el lujo de despedazar aquel cuento de hadas de infinitas versiones sobre el sentido de la vida. Todo esto no está en el aire del parque, no está en la gente que sabe lo que sucedió, no detuvo la marcha de ningún improvisado atleta, no nubló el día y desató una lluvia torrencial, no provocó una sola lágrima. Detrás del banco, al borde de la barranca, queda el último testimonio de un hecho incomensurable que jamás podrá explicar ni Durkheim ni Freud ni mucho menos los cronistas de policiales.
El parque intenta retomar su aspecto normal. Cruzar la vereda comporta todo lo opuesto, pero no hay nada que lo prohiba y mucho que lo incentive. Siguiendo este paralelismo cinematográfico (a esta altura insoportable de escribir y ni hablar de leer) dos pibas se cuelan en la sala acompañadas de un muchacho. Es tiempo de los créditos, de banda sonora y de pororó frío. Revolotean alrededor del banco y el tapial. No saben qué decir para digerir lo que ven. Ríen, vomitan tres chistes y se van. El show se terminó. Sin público la mente se aclara y manda al carajo al calor y al sol. Lo visto se suma a lo que se ve y vence la entereza anímica hasta hacerla añicos. El silencio se impone como único modo de empezar a reaccionar. El banco de hormigón está salpicado de sangre. En el extremo opuesto al tapial hay un círculo de tiza dibujado. Allí debe haber quedado el arma, según el muchacho juguetón que se había dado a la fuga emocional hace un ratito. Del lado de la baranda que protege de la barranca la cosa viene más jodida. Un par de guantes de látex yacen usados y olvidados. Entre el tapial y el banco hay un charco de sangre espesa. Cabe suponer que brotó de una cabeza, pero la sensación es que el rojo, ese violento rojo, parece haber brotado de la tierra misma. La mente teveculturizada dibuja sobre el lienzo: se sentó en el tapial, llevó la pistola a su cabeza con su mano izquierda, disparó, cayó al suelo y el arma al costado del banco. Pero el dibujo no sirve para explicar nada. Si fue o no fue así no va a echar luz ni alivio sobre la oscuridad y la angustia del asunto. Al voltear no han transcurrido más de diez minutos de la partida de la camioneta, pero bastan para que una señora instale su reposera a dos metros y se apropie del lugar. Tomar sol, con o sin muerto, that is the question.
Cruzar la calle de vuelta es tomar distancia de aquello, del suicidio y su suicida; sobre todo de la marmota teñida que yace allí, donde no parece haber sucedido nada. Los árboles de la cancha de bochas hacen un trabajo impecable. Parar y sentarse en una de las mesas es la mejor forma de seguir andando. Los viejos siguen jugando con un entusiasmo envidiable, regando la cancha mientras que los de afuera (tan de palo como los de adentro) discuten de lo que haga falta repasar. Llega un heladero al oasis ya descripto y se saluda con los habitués del lugar. El más piola le grita por sobre el hombro: "¡Te perdiste el suicidio, che!". Todo y todos parecen haber resuelto la cuestión del loco ese. Pero el recuerdo reaparece en el murmullo de la tardecita que recién arranca. Incógnitas que salen en parejas fervorosas como de un motel: rico o pobre, con familia o sin familia, empleado o desocupado, desesperado o defraduado. Todas, aún resueltas, no devolverían un por qué eficiente. El suicidio ahí, hace un ratito, tan cerca, golpeó en toda su dimensión. Una obra más grande y difícil que cualquier otra, incluso que la de matar a alguien. Terminar con la propia vida precisa abolir el mandato último del cuidado por el propio pellejo, lo primero que se aprende y tal vez lo más parecido a un instinto que le queda al ser humano. Como si esto fuera poco, también se da el lujo de despedazar aquel cuento de hadas de infinitas versiones sobre el sentido de la vida. Todo esto no está en el aire del parque, no está en la gente que sabe lo que sucedió, no detuvo la marcha de ningún improvisado atleta, no nubló el día y desató una lluvia torrencial, no provocó una sola lágrima. Detrás del banco, al borde de la barranca, queda el último testimonio de un hecho incomensurable que jamás podrá explicar ni Durkheim ni Freud ni mucho menos los cronistas de policiales.
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