"En sus distintas reencarnaciones fue maharaja de Calcuta, tigre de Bengala, chimpancé de Ceilán, pulga de doberman, y bacilo de Koch... en ese orden" (Así hablaba Sali Baba - Les Luthiers).
Preparar una cena, patear un tiro de esquina, o bien doblarla (en el caso de que se trate de una calle), incluso hacer el nudo de una corbata. Hay situaciones ante las cuales la experiencia previa nos ayuda y nos guía en nuestra forma de actuar. Mientras más veces hayamos hecho algo, más son los errores que hemos cometido; por ende, menos los que podemos llegar a cometer. El resultado debería ser que a una determinada altura de nuestra existencia dejáramos de fallar. No por virtuosismo, sino más bien por agotamiento de variables. Claro que la lógica que rige la vida se caracteriza por estar reformulándose constantemente. De ahí que sea considerada como una de las más contradictorias y traicioneras disciplinas científicas, junto con la astrología, la quiromancia y la quinielología. Entonces, no sólo no perfeccionamos nuestro hacer en la medida en que lo repetimos sino que muchas veces reincidimos en nuestros errores al punto tal de crear una dinámica, una sistematización de la macana propiamente dicha. Aparecen por doquier casos de cocineros que regularmente queman la carne al horno, jugadores de fútbol que no pueden escapar al famoso centrito a media altura (mal llamado córner al primer palo), caballeros que asiduamente chocan con el canillita en la intersección de dos calles y hombres de negocios que dicen usar chombas para estar más cómodos.
Si bien este tipo de episodios, que tienen una cierta frecuencia, admiten una evolución, un aprendizaje por parte del que los lleva a cabo, otros tantos no se prestan a ningún tipo de revisión procedimental. Son momentos que en su infinidad de repeticiones siguen siendo tan novedosos como el primero, imposibles de planificar o de calcular, enemigos acérrimos del margen de error. Se podría decir que son un constante sobrevenir, más que ocurrir. Sobrevienen cuando alguien escucha la risa de un niño, el lamento de un piano o –caso emblemático si los hay- se enamora. Al hacer un breve recuento de estas y otras experiencias afines es (humanamente) natural sorprenderse ante la disparidad de las posturas que se toman en cada ocasión. Varias madres recuerdan con esclarecedor espanto los chirlos que les prometían a sus niños si no dejaban de mofarse del bigote de la abuela, mientras ven a los mismos reírse estridentemente sentados debajo de la mesa de la cocina. Lo mismo sufren aquellos que en momentos de desgracia vuelven a un viejo disco que en trances anteriores había aliviado sus penas, sólo para comprobar que ahora las mismas se les hacían más opacas y graves. Sobre la llegada subrepticia del amor no hay comentario que pueda hacerle honor; dicha desdicha es inenarrable y queda a criterio del interlocutor.
Luego de mucho meditar, aunque realmente era lo único que había para hacer allí, calmó sus ánimos y empezó a acomodar un poco sus inquietudes acerca de eso de volver a nacer. Paulatinamente fue organizando los recuerdos, las ideas, las palabras, las emociones hasta que se sintió en orden. Aunque semejante plano de la existencia no admita la expresión, Igor estaba a sus anchas ahí, o sea, en sí mismo. Lo siguiente (dudó en cuanto a si era así o ya había empezado a hacerlo) fue revisar en qué consistía reencarnar. Como no era un tipo especialmente ilustrado ni demasiado religioso, su horizonte no estaba lejos. En realidad, hubiera estado justo delante de su nariz. Claro, de haber tenido una entonces. Empezó a preguntar. Como no había nadie alrededor (valga la frase) no tuvo más remedio que responderse. Trató de tomárselo en broma, entonces fue reformulando las preguntas hasta lograr un cuestionario bastante bizarro, muy parecido a esas encuestas de peatonal y sol que raja la tierra. “¿Es la primera vez que reencarna?”. Cómo saberlo. Sus recuerdos más tempranos correspondían a unos versos que recitaba a capella sentado en el regazo de su abuela. No podía asegurar si tenía dos o tres años en la imagen. De todo lo previo, Igor sólo tenía relatos de recuerdos, anécdotas tiernas, risueñas pero poco precisas. Del día en que nació conservaba la frase del doctor: “¡Patea como licuadora vieja, doña!”. Pero no había detalles que esclarecieran si venía de algún lugar más viejo y más profundo que el útero de su mamá. Ni un brillo en los ojos, ni un gesto excepcional. El día en que nació lo hizo como cualquier otro niño: salió, tosió, lloró y se acurrucó contra el pecho de su madre. No tuvo más opción que asumirlo: si no era su primera reencarnación, iba a tener que afrontarla como tal.
Mientras rumiaba estas dudas fueron saltando más preguntas, sin hacer fila ni pedir permiso porque no había quien dijera que ya había pasado el horario de atención al público “¿Ya tiene decidida su próxima reencarnación?” La idea era nueva e inquietante. Podría ser hijo de un noble o de un rico empresario, vivir en Europa o tal vez en un coqueto principado asiático. Sería un privilegiado, con la voluntad irrefrenable de hacer e ir donde quisiera. Sí, sería por fin culto, educado, respetado y admirado. Se divertía jugando con las formas que podría llegar a adoptar. Por momentos se aferraba a la idea de que sería un negro atlético y espigado; aunque luego recapacitaba y optaba por un perfil menos amenazante, más bien bajito, robusto y de mirada astuta. En cualquier caso, al fin tendría la oportunidad de convertirse en un señor de renombre. Pero… ¿y si era una señora? Hombre había sido, pero lo que de él quedaba entonces difícilmente podía considerarse como tal. Ahora su cuerpo era sólo un recuerdo más, estaba por fuera de la carne. Entusiasmado ante la idea que había tenido, se fue dibujando mujer. Tuvo el pelo rojo, lacio y abundante. Fue alta, con caderas anchas y pechos firmes, la cintura y los hombros diseñados con finura y detalle, al igual que los ojos y la boca. Mientras más avanzaba en el dibujo, más incómodo, mejor dicho, más incómoda se sentía. Era hermosa, pero no era ella. En realidad, no terminaba de ser él. La confusión quedaba bastante expresa en las palabras con que intentaba etiquetarla: ella no era Igor. Su segundo intento consistió en tomar su cuerpo de hombre y trabajarlo con el fin de lograr su equivalente femenino. Obviamente no tardó gran cosa en darse cuenta de lo descabellado de la empresa. Abandonó su rostro a medio mutar, resignado. No supo imaginarse mujer, ya fuera niña, adolescente o anciana. Eran ropas del talle adecuado pero que aún así no le dejaban moverse. No se concebía caminando, ni durmiendo, ni viviendo como otra cosa que no fuera el viejo Igor.
Había abandonado sus fantasías de mujer. Se aburría soberanamente hasta que su inquietud encontró un nuevo objetivo. “¿Ha considerado reencarnar en una especie diferente?”. La posibilidad, igual que la anterior, primero lo asustó un poco. Luego lo asustó más ¿Podría terminar siendo una cucaracha, una de esas que habían padecido el furibundo azote de sus ojotas durante el verano? ¿Le tocaría vivir huyendo de leopardos y cámaras de televisión como una gacela en la sabana? ¿Viviría su próxima vida deleitando niños en una piscina gigante como los lobos marinos? Finalmente se dijo que no lograría gran cosa asustándose y empezó a recordar qué criaturas le habían llamado más la atención cuando estaba vivo. Igor se imaginó inmediatamente como esos animales que había aprendido a admirar por la libertad y la belleza que inspiraban. Primero fue delfín, luego un albatros y también un elefante. Incluso probó imaginarse como aquel ovejero alemán que había tenido como mascota hasta que su padre tuvo que mudarse por cuestiones de trabajo. Estos y otros intentos fueron vanos, que es lo mismo que decir que fueron efímeros, pero como quedan bien ambas palabras juntas, puede decirse que fueron vanos y efímeros. Igor había desarrollado ya una notable capacidad de imaginarse como lo que se le antojara, pero al mismo tiempo había perdido la fascinación que en un principio le causaba. Siendo delfín se aburría de imaginar una vida inmerso en el agua, saltando como un fantoche al costado de los barcos ¿Acaso los delfines eran personas reencarnadas pidiendo auxilio a los navegantes? En fin, el Igor-albatros no lo dejó mucho más satisfecho. Volar –y a semejantes alturas- pasó de ser un placer envidiable a ser un bodrio (nunca le gustó la palabra tedio). Allá arriba se vio solo como… bueno, como un albatros. Conseguir comida era un esfuerzo tremendo que los que hacían los documentales nunca se habían dignado en aclararle. Con los demás fue pasando lo mismo: eran muy sucios, vivían poco, tenían demasiados predadores naturales, demasiadas patas, demasiado pocas o ninguna. Más allá de alguna figuración que hizo a manera de homenaje a las caricaturas que veía cuando niño (brevemente fue oruga y también pelícano) el costado no humano de Igor no podía prosperar; al menos no en esta reencarnación.
Pasó una dura etapa en que había perdido toda expectativa frente a su vuelta a la vida. Sarandeaba sus ideas sin lograr alzarse con nada nuevo, se revisaba por todos lados con una indolencia muy poco respetuosa de sí mismo. Allí él había podido conocerse por completo y trascender las envolturas del cuerpo y del tiempo. Había aprendido a quererse tal y como era, pero ya no concebía que valiera la pena seguir así. Según él mismo había intentado exclamar ante tan etérea situación, estaba podrido ¡No podía ni siquiera quitarse la vida! Entonces llegó el cambio. Hubo un fuego inexplicable, una sensación genuinamente corporal. Carecía aún de formas precisas, pero su nitidez era innegable. Como era de esperarse, el impacto inicial lo aterrorizó (ya entonces Igor había asumido su poca valentía). Hasta entonces todo era intangible, no había ni dónde ni cuándo. De alguna forma ese fue el quiebre. De allí en más sólo se concentró en sentir ese calor total, envolvente por describirlo de algún modo. La atracción que ejercía sobre él era ininterrumpida. Igor (o quien fuera a esa altura) había sido concebido. Este momento constituyó un precedente fabuloso para él. A partir de entonces, fue adquiriendo lentamente una noción del tiempo, ligada a aquella sensación primigenia. Mientras esta se iba diversificando, más precisa se iba haciendo la forma en que pasaba el tiempo. Tardó dos meses hasta comprender correctamente el transcurrir de los días y las noches. Dicho de otra manera, demoró sesenta días en deducir que habían pasado dos meses. Para entonces Igor había cambiado mucho. Todo aquel embrollo metafísico que lo aquejaba había quedado muy lejos. Aunque todavía restaba dilucidar si sería hombre o mujer, ya estaba aliviado de saber que, al menos por unas décadas, tal vez un siglo si se cuidaba, seguiría siendo humano. La memoria de lo que había sido estaba en un estado deplorable debido a la falta de atención durante aquel tiempo. En lugar de revisar aquello que ya tan bien conocía, le atraía más el calor del vientre de su madre, la silueta del propio cuerpo que empezaba a dibujarse. Con esa sensación llegaron varias más. Igor se sintió en un momento con la cabeza hacia arriba, señal inequívoca de que tenía cabeza y que además había un derecho y un revés.
Terminado el segundo trimestre reconocía el movimiento de su madre y empezaba a intentar él mismo algunas maniobras para acomodarse allí dentro. Cada vez estaba más compenetrado en lo que sucedía por fuera de él, y paralelamente iba perdiendo registro de lo que le acontecía dentro. De toda su vida pasada apenas y le quedaba el nombre, que resistía heroicamente como forma de saber quién había sido. Pero ahora la preocupación pasaba por quién iba a ser. Entonces aguzaba el oído tanto como podía. El primer sonido que se filtró fue el día en que su madre exclamó emocionada ante su primera patada. Igor no quiso incomodarla, pero en el momento en que se despertó lo hizo con tal brusquedad que no pudo controlar el golpe. Trataba de no quedarse dormido demasiado tiempo por miedo a perderse algo, pero la vigilia lo agotaba terriblemente y el vientre de su madre no estaba diseñado para deportes de campo precisamente. Aquella mañana escuchó también la voz de su padre, que había puesto la oreja contra la panza de su madre, ansioso por percibir de primera mano la maniobra. Entonces descubría los diálogos entre ambos, pero no podía desentrañar las palabras a pesar de reconocer cada una de sus voces. De haber recordado que alguna vez había sabido español y francés, Igor hubiera extrañado esos conocimientos enormemente. El tiempo empezó a escurrírsele con una rapidez asombrosa, al igual que todo lo que hasta allí había aprendido de sí mismo, de su papá y su mamá. Su último hallazgo había sido el hecho de que iba a ser varón, lo cual no le significó ningún alivio teniendo en cuenta que su vida pasada había quedado en el olvido. El niño vivía en el ahora, ya sin el velo de la figura de Igor y las expectativas por la inminente reencarnación. El día del parto llegó sin mayores inconvenientes y fue pura alegría para sus padres. Germán, disimulando notablemente su vuelta a la vida, nació como cualquier otro niño: salió, tosió, lloró y se acurrucó contra el pecho de su madre.
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