jueves, 17 de mayo de 2012

Fortuna era la de antes

Título alternativo: "De cómo vas leyendo y rescatás frases hasta que tenés marcado casi todo el capítulo de un libro". Mención de honor para la definición que aparece al final, sobre el trato que merece la diosa en cuestión. Qué época (?).

XXV. Cuál es el poder de la fortuna en las cosas humanas y cómo hay que enfrentarse a ella.

No se oculta a mis ojos que muchos han creído y creen que las cosas del mundo están hasta tal punto gobernadas por la fortuna y por Dios, que los hombres con su inteligencia no pueden modificarlas ni corregirlas; y por eso se podía creer que no vale la pena esforzarse mucho en las cosas, sino más bien dejarse llevar por el destino. Esta opinión se ha extendido mucho en nuestra época, a causa de la gran mudanza de cosas que se han visto y se ven cada día, más allá de cualquier conjetura humana. Yo mismo, pensando en ello, me he inclinado algunas veces, en parte, hacia esta opinión general. No obstante, puesto que nuestro libre albedrío está aun presente, creo que quizá es verdad que la fortuna es árbitro de la mitad de nuestras acciones, pero que también es cierto que nos deja gobernar la otra mitad a nosotros. Y la comparo a uno de esos ríos impetuosos que cuando se enfurecen inundan las llanuras, destrozan árboles y edificios, se llevan la tierra de aquí para dejarla allá; todos les huyen, todos ceden a su furia sin poder oponerles resistencia alguna. Y aunque sea así, nada impide que los hombres, en tiempos de paz, puedan tomar previsiones, o con diques o con márgenes, de manera que en las crecidas posteriores o bien sigan por un canal o bien su ímpetu no sea ya ni tan incontrolado ni tan peligroso. Lo mismo ocurre con la fortuna, que demuestra su fuerza allí donde no hay una virtud preparada capaz de resistírsele; y así dirige sus ímpetus hacia donde sabe que no se han hecho ni márgenes ni diques que puedan contenerla. Y si observáis atentamente Italia, que es la sede de todos estos cambios y la que los ha suscitado, veréis que es un campo sin diques y sin protección alguna; porque si estuviera protegida por una adecuada virtud, como Alemania, España o Francia, esta crecida no habría provocado tales trastornos, o ni siquiera se hubiera producido.

Y baste lo dicho para oponerse, en general, a la fortuna. Pero ciñéndome más a los casos particulares, digo que se ve a los príncipes prosperar hoy y caer mañana, sin haber visto cambio alguno en su naturaleza o en sus cualidades. Lo que creo que proviene, ante todo, de las razones expuestas con amplitud más arriba, es decir que el Príncipe que sólo se apoya en la fortuna se arruina tan pronto como esta cambia. Creo, también, que triunfa el que acomoda su manera de proceder a las circunstancias del momento, e igualmente fracasa quien en su proceder entra en desacuerdo con ellas. Porque vemos cómo en las cosas que les llevan a alcanzar el resultado deseado, es decir gloria y riquezas, los hombres proceden de muy distinta manera: uno con precaución, otro con ímpetu; uno con violencia, otro con astucia; uno con paciencia, el otro todo lo contrario; y todos pueden lograrlo con métodos tan diversos. Se ve también que de dos circunspectos, uno alcanza lo que se proponía y el otro no; o bien que otros dos tienen el mismo éxito de dos maneras distintas de actuar, al ser uno circunspecto y el otro impetuoso: y todo eso no proviene sino de la cualidad de los tiempo, que se conforman, o no, a su manera de proceder. De ahí que, como he dicho, dos hombres, actuando de una manera distinta, consigan el mismo resultado, y que en cambio otros dos que actúan del mismo modo, no consigan ambos su propósito. De eso depende también la variedad de los resultados; porque, si uno se comporta con cautela y paciencia, y los tiempos y las cosas van de manera que su forma de gobernar sea buena, tiene éxito; pero si los tiempos y las cosas cambian, se arruina porque no cambia su forma de proceder; no existe hombre tan prudente que sepa adaptarse a esta norma, ya sea porque no pueda desviarse de aquello a lo que le inclina su propia naturaleza, ya sea porque ha triunfado avanzando continuamente por un mismo camino, no puede ahora persuadirse a sí mismo de la necesidad de apartarse de él. Y así, el hombre cauto, cuando es hora de proceder con ímpetu no sabe hacerlo y fracasa; mientras que si modificase su naturaleza de acuerdo con los tiempos y con las cosas, no alteraría su fortuna. (…) Llego entonces a esta conclusión: que al cambiar la fortuna y aferrándose obstinadamente los hombres a su modo de actuar, tienen éxito mientras ambos coinciden y cuando no, fracasan. Yo creo firmemente esto, que es mejor ser impetuoso que circunspecto, porque la fortuna es mujer, y es necesario, queriendo doblegarla, arremeter contra ella y golpearla. Y se ve que se deja vencer más fácilmente por éstos que por los que actúan con frialdad; ya que siempre, como mujer, es amiga de los jóvenes.

Nicolás Maquiavelo. 1513. El Príncipe.

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