miércoles, 8 de febrero de 2012

L.A.S.



He aquí otro de esos días que no borrás de la memoria. Pasarán dos, diez o más, y charlando con otra persona vas a ver que te acordás cómo te enteraste, dónde estabas, con quién, qué fue lo primero que dijiste y demás. Como cuando tiraron las Torres Gemelas, cuando el granizo hizo mierda buena parte de Rosario (15 de noviembre de 2006, tarde zarpada si las hubo acá) o cuando falleció Néstor Kirchner, yo sé que no me voy a olvidar de que hoy se murió Luis Alberto Spinetta.

“Los músicos no se mueren, se van”, decía un amigo hace varios años. Nos reíamos de la frase y la repetíamos jodiendo porque era gracioso comprobar ante cada nuevo obituario célebre que las expresiones para hablar de los artistas difuntos inevitablemente iban por ahí. Y bue, el Flaco también se fue (no sabemos cómo caracterizar lo de Cerati hasta este momento, creemos que el avión está demorado y no lo dejan salir de la sala de embarque... algo como lo de Tom Hanks en “The terminal”).

¿Qué hacer en ese momento? Si estás adelante de la computadora, usar Twitter, Facebook, postear alguna pelotudez como esta en el blog. Después, mandar un SMS, llamar por teléfono, reproducir y seccionar las letras de las canciones, salir a caminar, a correr o volar, ponerse un brazalete negro, putear, llorar, echarle la culpa al Gobierno y quejarse de que <inserte nombre de figura pública a la que detesta> goza de buena salud. Elija y gane.

La verdad es que nada de eso alcanza. De otra parte, tal vez no haga tanta falta. Spinetta se murió (no se fue al cielo, ni resucitará en la Luna, ni volverá en forma de fichas), pero es difícil ponerse triste por alguna cuestión particular, además de ese hecho concreto, inevitable e inmodificable. Desde que estaba en la secundaria, cuando compuso esa zamba que después editó como “Barro tal vez” (“He de gritarle a los vientos hasta reventar / aunque sólo quede tiempo en mi lugar”), el Flaco tocó, escribió y cantó durante más de cuatro décadas ¿Quién puede hablar de que "murió antes de tiempo” o que “su carrera se vio interrumpida súbitamente”? Su vida artística exime de pensar que lo suyo no fue suficiente.

Por desgracia, no tenemos una mejor forma de relacionarnos con quienes hacen cosas que nos gustan y nos emocionan. No nos alcanza, no les permitimos que se mueran (preguntar por Gus). No importa el tamaño, la duración o el alcance de su obra; es decir, aquello que debería permitirnos lidiar con esta cuestión irremediable de que vamos a desaparecer. Por suerte, el hombre llegó a los 62 años y en su camino dejó material de sobra al respecto. Dale gracias por estar.

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