He aquí otro de esos días que no
borrás de la memoria. Pasarán dos, diez o más, y charlando con
otra persona vas a ver que te acordás cómo te enteraste, dónde
estabas, con quién, qué fue lo primero que dijiste y demás. Como
cuando tiraron las Torres Gemelas, cuando el granizo hizo mierda
buena parte de Rosario (15 de noviembre de 2006, tarde zarpada si las
hubo acá) o cuando falleció Néstor Kirchner, yo sé que no me voy
a olvidar de que hoy se murió Luis Alberto Spinetta.
“Los músicos no se mueren, se van”,
decía un amigo hace varios años. Nos reíamos de la frase y la
repetíamos jodiendo porque era gracioso comprobar ante cada nuevo
obituario célebre que las expresiones para hablar de los artistas
difuntos inevitablemente iban por ahí. Y bue, el Flaco también se
fue (no sabemos cómo caracterizar lo de Cerati hasta este momento,
creemos que el avión está demorado y no lo dejan salir de la sala
de embarque... algo como lo de Tom Hanks en “The terminal”).
¿Qué hacer en ese momento? Si estás
adelante de la computadora, usar Twitter, Facebook, postear alguna
pelotudez como esta en el blog. Después, mandar un SMS, llamar por
teléfono, reproducir y seccionar las letras de las canciones, salir
a caminar, a correr o volar, ponerse un brazalete negro, putear,
llorar, echarle la culpa al Gobierno y quejarse de que <inserte
nombre de figura pública a la que detesta> goza de buena
salud. Elija y gane.
La verdad es que nada de eso alcanza.
De otra parte, tal vez no haga tanta falta. Spinetta se murió (no se
fue al cielo, ni resucitará en la Luna, ni volverá en forma de
fichas), pero es difícil ponerse triste por alguna cuestión
particular, además de ese hecho concreto, inevitable e
inmodificable. Desde que estaba en la secundaria, cuando compuso esa
zamba que después editó como “Barro tal vez” (“He de
gritarle a los vientos hasta reventar / aunque sólo quede tiempo en
mi lugar”), el Flaco tocó, escribió y cantó durante más de
cuatro décadas ¿Quién puede hablar de que "murió antes de
tiempo” o que “su carrera se vio interrumpida súbitamente”? Su
vida artística exime de pensar que lo suyo no fue suficiente.
Por
desgracia, no tenemos una mejor forma de relacionarnos con quienes
hacen cosas que nos gustan y nos emocionan. No nos alcanza, no les permitimos que se
mueran (preguntar por Gus). No importa el tamaño, la duración o el
alcance de su obra; es decir, aquello que debería permitirnos lidiar
con esta cuestión irremediable de que vamos a desaparecer. Por suerte, el
hombre llegó a los 62 años y en su camino dejó material de sobra al respecto. Dale gracias
por estar.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario