lunes, 2 de enero de 2012

Horas de llegar

“¿Estas son...?”. Frase horrenda, prólogo de reprimenda, chicana de dos mangos. No hay circunstancia que justifique el continuar usando una expresión semejante para iniciar un bardo conyugal, fraternal o paternal.

La trasnochada que me pegué la semana pasada fue muy violenta, lo suficiente como para imaginar una voz en off que me cagaba a pedo así cuando ingresé a casa poco antes de las 0800, sobrio y sin haber dormido más tiempo que el que tarda la K en ir hasta Echesortu desde el centro. De la cantidad y la calidad de los minutos de descanso no se puede decir nada relevante, apenas que se me ocurrió descarrilar en un día hábil y conseguí un asiento individual para pegarle unos cuantos cabezazos al vidrio mientras el bondi se llenaba de gente que estaba yendo a fumarse el pegote y la soledad agobiante de los días laborales de verano, cosa que a mí me esperaba con el rigor inexorable de un “Lo que viene” en Fútbol de Primera. Pero viví para contarlo porque soy un pelotudo que atrasa diez años y recordó que le gustaba escribir cosas para subirlas a un blog.

Por suerte para el gremio de los cuasilaburantes, ahora está bastante bueno trasnochar, incluso teniendo que bancarse la humedad, los mosquitos y alguna de esas otras cosas horribles que son patrimonio histórico de Rosario aun cuando no salgan en los spots tan bonitos que manda a hacer la Municipalidad para homenajear a Meirelles. Pero, claro, con los cortes de la EPE y Aguas Santafesinas es una afirmación que por estos días probablemente tenga menos respaldo que el proyecto del canon digital. En fin, mientras vengan de a uno no hay problema.

Las opciones varían dependiendo de la zona en que uno se encuentre, lo mismo da interpretarlo en términos geográficos o mentales. Estando cerca del río, a mí se me da por ir para la costa, no tanto por el vientito que gano y lo agradable de recorrer un camino cuesta abajo como por la decreciente cantidad de personas por metro cuadrado (y fundamentalmente por la escasez de lugares que están abiertos para ofrecer asiento, comida y/o bebida después de la una en días de semana). Compañía se consigue fácilmente en esta época del año, el tema es que los mambos de cada uno estén a la altura como para salir a pasearlos sin que se tiren tarascones ni se trencen para quedar abotonados en una esquina pidiendo un balde de agua fría. Frente a esos dos escenarios, el de no encontrar un bar, minimarket o heladería abierta es un mero detalle. Ahora bien, cuando querés volver y te das cuenta de que te dejaste las llaves en el departamento y la única persona a la que le podés pedir asilo a esa hora es la que acabás de mandar a la mismísima mierda, eso es una nimiedad.

- Yo soy la horma de tu zapato de histérica.

Todo el quilombo que terminó conmigo desmayado sobre uno de los bancos del Parque Nacional a la Bandera comenzó con nueve simples palabras (el triple de las que recomienda Homero Simpson para bajar el telón en estos casos). Eran las dos y media de la mañana cuando se me salió la cadena y me despaché con esa frase durante la última de muchas discusiones que tuvimos desde que compramos cuatro bochas de helado en la esquina de Juan Manuel de Rosas y Mendoza hasta que llegamos al Monumento y nos sentamos sobre los primeros escalones que dan a la punta de la nave, directamente de espaldas a la llama votiva.

Nadia estuvo más de tres meses sin dar señales de vida decentes. A pesar del bache, la charla no arrancó por ahí. Sabiendo que la mano venía delicada, me limité a preguntar si recién había vuelto de Pergamino ayer. Tras negarlo me explicó que había empezado a preparar los finales de diciembre porque no quería clavarse estudiando en febrero pero se colgó (mentira, pero vale dejarla pasar). De ahí en más nos pusimos al día en lo nuestro: la mala música y la buena comida. Ella se copó sacándole mano a la mayoría de las bandas que intentó empezar a escuchar en el último tiempo (Calle 13 a la cabeza, con mi rotundo apoyo) y después hizo un repaso sádico del festín con el que fue recibida como cada vez en la casa materna. De hecho, la única razón que me urge en este momento para tramitar la reconciliación es la certeza de que en su departamento descansa un matambre zarpado que se trajo de allá.

El tema es que entre platos calientes y fríos me contó que había tenido un round denso con su ex de allá, tras lo cual decidió tomarse el bondi y refugiarse en Rosario. Después de un bache de silencio nesario, yo me desvié y empecé a contarle algunos pormenores sobre la sarta de recitales a los que fui en el último mes y medio. Mientras tanto, ella seguía mirándome con la misma cara de nada que tenía cuando tiró la bomba antedicha. Pasaron los minutos, tiramos los potes de telgopor vacíos; yo no tenía respuesta alguna sobre lo mal que sonó el Malvinas Argentinas en el show de Faith No More y el decálogo de motivos por los cuales Pearl Jam se superó a sí misma en comparación a las dos fechas que hicieron en Ferro allá por 2005. En fin, llegamos a ese punto horripilante en que vos sabés que estás a las puertas de una escena y tenés que elegir entre hacerte el sota o ir de frente y aguantar lo que se viene, hacer otra rayita en la pared. En un rapto de insensatez peronista, yo elegí la tercera posición y pateé el tablero: ni bien terminó de acercarme la boca, le tiré la frase anteriormente citada.

Silencio atroz, diría el bueno de Oscarcito, seguido de un intento de fuga y la persecución que terminó cerca del monumento a los caídos en la guerra de Malvinas. Cabe decir que yo no fui a retractarme ni a pedir disculpas sino todo lo contrario, esperaba algún tipo de sinceramiento por su parte. Pero eso no resultó ser una movida ni más ni menos idiota que la habitual, la de seguir con el jueguito áspero en el que cada dos por tres (chabones) nos enredamos. Recién ahí me di cuenta que todo se podía ir bien al carajo y que estaba dispuesto. Me detuve, dejé de insistirle para que me dejara hablar y aclarar el asunto, me tiré boca arriba en uno de los bancos que está sobre el río esperando que ella se rescatara y volviera para, al menos, blanquear que esto ya era una atracción circense.

Le di dos minutos y fueron demasiados. Me levanté con el apuro de quien quiere acordarse de que tenía que hacer algo pero no. A las 0400 descubrí que había salido sin las llaves del departamento. Mi viejo dormía, lo llamé de todos modos pero él también se sumó a la conjura y decidió apagar el celular, lo que nunca. Así fue que me quedé insomne hasta el amanecer, con un nivel de paranoia tan notable que me llevó a estimar con mucha precisión quiénes y cómo se enterarían ese día del acontecimiento, cuál sería la versión de los hechos que Nadia les daría y cuántos se tomarían el trabajo de interactuar conmigo sin darme a entender que sabían. Como tenía bastante tiempo, pensé que en algún momento iba a agotar mi capacidad especulativa e iba a pasar a ocuparme de mis problemas strictu sensu, pero me subestimé una vez más. Ya pasaron seis días y lo más cercano a eso fue sentarme a garabatear esta porquería en la última hoja que me quedaba del cuaderno ¡Salud!

No hay comentarios.: