La trasnochada que me pegué la semana
pasada fue muy violenta, lo suficiente como para imaginar una voz en
off que me cagaba a pedo así cuando ingresé a casa poco antes de
las 0800, sobrio y sin haber dormido más tiempo que el que tarda la
K en ir hasta Echesortu desde el centro. De la cantidad y la calidad de
los minutos de descanso no se puede decir nada relevante, apenas que
se me ocurrió descarrilar en un día hábil y conseguí un asiento
individual para pegarle unos cuantos cabezazos al vidrio mientras el
bondi se llenaba de gente que estaba yendo a fumarse el pegote y la
soledad agobiante de los días laborales de verano, cosa que a mí me
esperaba con el rigor inexorable de un “Lo que viene” en Fútbol
de Primera. Pero viví para contarlo porque soy un pelotudo que
atrasa diez años y recordó que le gustaba escribir cosas para
subirlas a un blog.
Por suerte para el gremio de los
cuasilaburantes, ahora está bastante bueno trasnochar, incluso
teniendo que bancarse la humedad, los mosquitos y alguna de esas
otras cosas horribles que son patrimonio histórico de Rosario aun
cuando no salgan en los spots tan bonitos que manda a hacer la
Municipalidad para homenajear a Meirelles. Pero, claro, con los cortes
de la EPE y Aguas Santafesinas es una afirmación que por estos días
probablemente tenga menos respaldo que el proyecto del canon digital.
En fin, mientras vengan de a uno no hay problema.
Las opciones varían dependiendo de la
zona en que uno se encuentre, lo mismo da interpretarlo en términos
geográficos o mentales. Estando cerca del río, a mí se me da por
ir para la costa, no tanto por el vientito que gano y lo agradable de
recorrer un camino cuesta abajo como por la decreciente cantidad de
personas por metro cuadrado (y fundamentalmente por la escasez de
lugares que están abiertos para ofrecer asiento, comida y/o bebida
después de la una en días de semana). Compañía se consigue
fácilmente en esta época del año, el tema es que los mambos de
cada uno estén a la altura como para salir a pasearlos sin que se
tiren tarascones ni se trencen para quedar abotonados en una esquina
pidiendo un balde de agua fría. Frente a esos dos escenarios, el de
no encontrar un bar, minimarket o heladería abierta es un mero
detalle. Ahora bien, cuando querés volver y te das cuenta de que te
dejaste las llaves en el departamento y la única persona a la que le
podés pedir asilo a esa hora es la que acabás de mandar a la
mismísima mierda, eso es una nimiedad.
- Yo soy la horma de tu zapato de
histérica.
Todo el quilombo que terminó conmigo
desmayado sobre uno de los bancos del Parque Nacional a la Bandera
comenzó con nueve simples palabras (el triple de las que recomienda
Homero Simpson para bajar el telón en estos casos). Eran las dos y
media de la mañana cuando se me salió la cadena y me despaché con
esa frase durante la última de muchas discusiones que tuvimos desde
que compramos cuatro bochas de helado en la esquina de Juan Manuel de
Rosas y Mendoza hasta que llegamos al Monumento y nos sentamos sobre
los primeros escalones que dan a la punta de la nave, directamente de
espaldas a la llama votiva.
Nadia estuvo más de tres meses sin dar
señales de vida decentes. A pesar del bache, la charla no arrancó
por ahí. Sabiendo que la mano venía delicada, me limité a
preguntar si recién había vuelto de Pergamino ayer. Tras negarlo me
explicó que había empezado a preparar los finales de diciembre
porque no quería clavarse estudiando en febrero pero se colgó
(mentira, pero vale dejarla pasar). De ahí en más nos pusimos al
día en lo nuestro: la mala música y la buena comida. Ella se copó
sacándole mano a la mayoría de las bandas que intentó empezar a
escuchar en el último tiempo (Calle 13 a la cabeza, con mi rotundo
apoyo) y después hizo un repaso sádico del festín con el que fue
recibida como cada vez en la casa materna. De hecho, la única razón
que me urge en este momento para tramitar la reconciliación es la
certeza de que en su departamento descansa un matambre zarpado que se
trajo de allá.
El tema es que entre platos calientes y
fríos me contó que había tenido un round denso con su ex de allá,
tras lo cual decidió tomarse el bondi y refugiarse en Rosario.
Después de un bache de silencio nesario, yo me desvié y
empecé a contarle algunos pormenores sobre la sarta de recitales a
los que fui en el último mes y medio. Mientras tanto, ella seguía
mirándome con la misma cara de nada que tenía cuando tiró la bomba
antedicha. Pasaron los minutos, tiramos los potes de telgopor vacíos;
yo no tenía respuesta alguna sobre lo mal que sonó el Malvinas
Argentinas en el show de Faith No More y el decálogo de motivos por
los cuales Pearl Jam se superó a sí misma en comparación a las dos
fechas que hicieron en Ferro allá por 2005. En fin, llegamos a ese
punto horripilante en que vos sabés que estás a las puertas de una
escena y tenés que elegir entre hacerte el sota o ir de frente y
aguantar lo que se viene, hacer otra rayita en la pared. En un rapto
de insensatez peronista, yo elegí la tercera posición y pateé el
tablero: ni bien terminó de acercarme la boca, le tiré la frase
anteriormente citada.
Silencio atroz, diría el bueno de
Oscarcito, seguido de un intento de fuga y la persecución que
terminó cerca del monumento a los caídos en la guerra de Malvinas.
Cabe decir que yo no fui a retractarme ni a pedir disculpas sino todo
lo contrario, esperaba algún tipo de sinceramiento por su parte.
Pero eso no resultó ser una movida ni más ni menos idiota que la
habitual, la de seguir con el jueguito áspero en el que cada dos por
tres (chabones) nos enredamos. Recién ahí me di cuenta que todo se
podía ir bien al carajo y que estaba dispuesto. Me detuve, dejé de
insistirle para que me dejara hablar y aclarar el asunto, me tiré
boca arriba en uno de los bancos que está sobre el río esperando
que ella se rescatara y volviera para, al menos, blanquear que esto
ya era una atracción circense.
Le di dos minutos y fueron demasiados. Me
levanté con el apuro de quien quiere acordarse de que tenía que
hacer algo pero no. A las 0400 descubrí que había salido sin las
llaves del departamento. Mi viejo dormía, lo llamé de todos modos
pero él también se sumó a la conjura y decidió apagar el celular,
lo que nunca. Así fue que me quedé insomne hasta el amanecer, con
un nivel de paranoia tan notable que me llevó a estimar con mucha
precisión quiénes y cómo se enterarían ese día del
acontecimiento, cuál sería la versión de los hechos que Nadia les
daría y cuántos se tomarían el trabajo de interactuar conmigo sin
darme a entender que sabían. Como tenía bastante tiempo, pensé que
en algún momento iba a agotar mi capacidad especulativa e iba a
pasar a ocuparme de mis problemas strictu sensu, pero me subestimé
una vez más. Ya pasaron seis días y lo más cercano a eso fue
sentarme a garabatear esta porquería en la última hoja que me
quedaba del cuaderno ¡Salud!
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