Después de mucho tiempo vuelvo a sentarme delante de la computadora para escribir algo. La bitácora vuelve en este momento y no es una casualidad. Nada lo es. El motivo de que surja ahora o, mejor dicho, hace un par de horas, todavía no está del todo claro, lo cual implica que este texto es un camino de vuelta para desenmarañar el asunto. Pero no es sólo eso. O sí. Veremos.
Este sábado probablemente haya sido el más árido de los últimos años de mi vida. Porque si no, ¿cómo se explica la existencia de estas líneas? De laburo ni hablar, tenía algunos apuntes que estudiar pero ninguno era urgente, los chicos andaban enfrascados en andá a saber qué cosa, tampoco tenía intención de averiguarlo. Mi hermano apareció después del almuerzo y me invitó a jugar al fútbol en el parque. A mí me sabía a nada y se lo dije de repente, tal como lo escribo ahora, salvando el tiempo verbal. Me escuchó y me miró con cara de estar frente a un boludo importante. Yo no pensaba cuestionárselo, así que me fui a dormir lasiesta.
No sé qué soñé, pero recuerdo que me levanté alterado, con la cabeza turbia. Según el teléfono eran las 15:15. “Todavía me puedo rescatar”, pensé. Levanté la persiana y la pieza se llenó de sol, el cielo estaba despejado a pesar de que han pronosticado lluvia, tormenta y demases para este domingo. Igual, eso iba a pasar mañana. Entonces estaba todo dado para concretar, todavía se podía. Me levanté y puse el agua para el mate.
Mi segundo pensamiento fue Nadia, así que le mandé un mensaje. Cuando cerré la tapa del termo con el agua caliente adentro, todavía no me había contestado. Prendí la máquina y me fijé si estaba conectada. En Facebook no aparecía y en el Messenger figuraba como ausente, que es lo mismo que decir que no estaba. Aún así probé y le escribí, pero no contestó. Empecé a enojarme porque podía significar dos cosas: que ella ya había superado mi estado actual y estaba haciendo algo o que estaba igual que yo pero elegía ignorarme, porque peor que estar así es armar algún plan conmigo. Esta última deducción no llegué a hacerla cuando me levanté, así que lo que sigue de ahora en más probablemente haya sido escrito en una condición anímica que sólo puedo definir como ofendido con delay. Boludo importante, sí. Hipócrita, no (bah, a veces sí, pero hoy no es uno de esos días).
En fin, mi tercer pensamiento era ya algo más parecido a un “todavía sirve, todavía sirve”. Se me ocurrió que podía ir al Parquespaña de todos modos; no parecía que fuera a refrescar cuando cayera el sol.
Creo que esa fue mi única suposición correcta en toda la jornada. Después creí que iba a poder sentarme a leer tranquilo y mirar el río de vez en cuando, que no iba a recibir un pelotazo que tirara el termo al suelo y añadiera a mi agenda de actividades para la semana la de comprar el tercer repuesto de vidrio en menos de un año, que cuando volviera a casa todavía estaría en la heladera el plato con dos milanesas para cenar, que los chicos tendrían un plan que superaría ampliamente al de juntarnos a escabiar y después ver para dónde arrancamos, que Nadia daría señales de vida más alentadoras que un SMS avisando que se había vuelto a Pergamino a la mañana, que recibir ese mensaje tras cerrar la puerta de la heladera sería el último acontecimiento molesto del día. En ese momento empecé a escuchar desde arriba cómo mi vecina era atendida por su novio.
Tenía para un rato, así que me vine a la computadora y acá estamos, sin ventanas de chat abiertas y buscando qué carajo puedo poner a cargar en Cuevana.
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