lunes, 13 de agosto de 2007

Caigan las fotos

Es probable que la imagen se deslizara desde una carpeta de lomo ancho y desteñido, mamotreto de cartón que sólo se encuentra ya en las repisas de algunos temerosos mortales para guardar con dos, tres, cinco ganchos metálicos lo que sea que haga falta preservar del o inducir al (pero esto nunca adrede) olvido. A veces sí, otras más y también menos, la fotografía se despega de una maraña de recortes, apuntes secundarios de la primera gran guerra, caricaturas de recreo, parodias de curriculum vitae, entradas para un recital sordo y húmedo, chistes y frases chuscas borroneadas, un examen marcado con un 8 que alguna vez fue monigote o viceversa, rankings obscenos de todo calibre, tablaturas de tontos temas tristes, planes para vacaciones y más instantáneas que resisten cada vez menos el viraje hacia el amarillo patitiempo. De todas esas fotos se escapa una, que se tira con arte en remolino y aterriza sobre las manos, éstas se tensan ante el contacto con la lámina, que rebota entre las yemas haciéndolas bailar hasta que se aflojan previendo el giro de muñeca instantáneo. La foto queda atrapada por ambos índices y pulgares en un ángulo de 30 grados respecto del piso, elevada por sobre la cintura pero debajo del pecho para apoyarse en el ombligo si es que el encuentro invita a recostarse en un sofá o en el balcón a repasar las caras con su cara, a zamarrear el pedazo de film para sacarle algo de la vida pasada.

El botototo o la menigia se acurruca mientras pareciera que le agarra la nostalgia con guitarra acústica y locutora de FM cantando para la sopa o el seguro contra granizo... pero no, parece nomás (probable es que haya dejado la radio de la cocina prendida). Piensa...

Difícil darle charla a una imagen si a primera vista hay amor con el pasado. Las sonrisas son inamovibles, los gestos de alegría desbordantes, la mueca estrambótica lleva a reír y también preguntar si es Fulano o Mengano el que se deforma hasta hacerse irreconocible, los lazobrazos de amistad se estrechan de formas irregulares, los diálogos son un misterio o una burla, murmullos en el fondo de la memoria o stickers de mal gusto. Todo suma en la foto para pegar primero, seducir e invocar pensamientos felices por (a)hora. Mide...

Esa es su estrategia: un instante de whisky, aléjese y al volver ya son los momentos imborrables, también los recuerdos para siempre que hay que atesorar. Si se hubiera quedado con la foto en la mano unos minutos más también habría jurado que el viento que los había despeinado para la foto volvía a soplar entre sus dedos, pero esa certificación grosera de delirio nostálgico ya se la había ganado en el momento en que se levantó y empezó a revolver buscando en el mamotreto lo que quedaba de sus intentos de agenda telefónica. Mientras tanto, multiplica...

Arma el álbum, la colección, el tiempo pasa y el tiempo pasado se vuelve ese estúpido fantasma que habitó al botototo o la menigia y le indujo a organizar la estúpida reunión nocturna para el estúpido reencuentro (todo muy redundante aunque se omita el adjetivo). Allí se encontraron, con abrazos desaforados, miradas de asombro y pies-a-cabeza, voces vibrantes de volumen elevado y competencias breves para ver quién sabía con exactitud cuándo fue la última vez que nos vimos. El momento iniciático del rito se dilató hasta que llegó la última, tal y como era en el principio: tarde. La vigencia de una estrella, tituló el canchero con una risotada, y todos lo acompañaron, felices de haber comprobado entre ellos que en realidad nada cambia. Qué bueno verte otra vez. Ahora sí, despeja...

El botototo o la menigia se sumergió en la situación con entusiasmo aunque todavía habitado por el estúpido fantasma, el cual, satisfecho uno de sus caprichos, empezó a dibujar sobre los cuerpos las maliciosas proyecciones que la memoria tejió y guardó durante los años de separación. En el caso del botototo (firme detentor de la teoría evolucionista que proclama el avance de la fibra escoria sobre la fibra benigna en el cerebro humano) se trataría de unas parejas cuerpo-sombra de carácter temporal lineal. De esta forma él se hubiera sentado al lado de la más linda-acompañante y de cinéfila-madre soltera, y mientras intercambiaría chistes con revolucionario-empleado municipal (gran amigo de rockero-encargado de cibercafé, que no pudo cambiar su turno para venir), galán-golpeador de mujeres, niño genio-CPN, feminista-lesbiana y patovica-patovica, por nombrar a los que están en la arena que delimitan los sillones. El de la menigia ya es otro cantar, incluso en sentido literal, ya que los botototos no aprecian y a veces carecen de cualquier noción musical. Sus proyecciones tienen la subjetividad no como algo intrínseco sino como definitorio y central, algo que está en el pulso y la dirección de la tijera que recorta sobre las paredes (y también el techo cuando a alguno se le da por cruzar por delante de un velador). Sin mala intención, puede decirse que lo suyo sería una suerte de mirarse en el lago, a pesar de (o porque) al asomarse verá lo peor. Resumiendo, la menigia no tardaría en empezar a bromear a lo loco con quienes pudieran aproximar y detallar el número de recreos pasados en su compañía, hablaría dulce y comprensiva con aquellos depositarios de los Momentos Especiales, se disculparía por vigésima vez -como en una de sus fases adolescentes- con cada uno de los que maltrató o despreció en sus anteriores fases tan adolescentes y, obvio, sería indiferente (aunque siempre amable) con quien ni siquiera se tomó la molestia de parar dos minutos en la fiesta de graduación para confesarle lo mucho que sentía no haber podido llegar a conocerla mejor.

Salvadas las particularidades perceptivas de cada improbable caso, la velada continuó como si nada de lo anteriormente explicado tuviera la menor incidencia en los hechos que sucedieron. Había que juntarse y así fue ¿A qué? A cortar la tela y unir los retazos que se separaron y después se cruzaron aquí o allá sin tiempo de saber qué hizo el tiempo con lo que eran. La propuesta era tácita, pero sus resultados adversos se manifestaron de manera fuerte, contante y sonante. Es cierto que el pasaje pareció breve visto de lejos, pero se hizo interminable allí, en cada avance, novedad y mirá, jamás me hubiera imaginado eso de vos. Las pequeñas modificaciones que había con respecto de las fotos de pronto abrieron ríos de discrepancias y contradicciones donde las sombras se agachaban para fornicar y gemir mientras los cuerpos servían soda-por-favor-ahí-está-bien y hablaban de lo difícil que había sido cambiar de carrera faltando tan poco para recibirme. Lanzados a construir sobre ese pasado tan seductor, las caras tan amigas y familiares tambaleaban deformándose en silencios que la abundante cena justificaba. Ni el botototo ni la menigia hubieran podido negarlo.

Desde allí la ingesta viró sin sutilezas hacia la actualidad; como era natural, todos se tiraron hacia la soga maravillosa de lo mediatizado para coincidir, buscar un terreno previsible, pensar y decir lo mismo, masticar, tragar y devolver opinión pública. Minutos más tarde ya habían recuperado la carcajada liviana, así como la capacidad de hacer un chiste verde y recomendar una película in-cre-í-ble que no sé por qué fue derecho al videoclub. La voracidad de los comensales bajó, la intensidad de la charla subió, se llegó al final de la comida, se abrió el debate sobre política y la cafetera se encendió. Y sí, tal vez hemos cambiado un poco, pero en el fondo estamos tan cerca como antes. Qué lástima que no podemos hacer esto más seguido.

La sobremesa dejó un rastro de dos horas piponas para hablar en cualquier futuro cruce de peatonal, supermercado o boliche con maletín, changuito o amante en mano. Después, la calma que se aproximaba pesaba como el aire y forzó la dispersión, reduciendo la gran conversación a binomios o trinomios de confidencias volátiles; en el medio de la rotación, los que quedaban libres amenizaban el relax solitario con cigarrillos, idas al baño y al balcón que algún guarango intentó hacer coincidir con resultados abominables. En esa hora y pico el tono de confesionario se hizo regla, mientras que la música también era la de las fotos, con discos de cajas rotas y dos cassettes maravillosos que duraron lo que dura encender una computadora para buscar tal-tema y activar el modo shuffle. Las parejas, tríos (número por excelencia para el cónclave femenino) y cuartetos pasaron al nivel del inventario íntimo: promesas, rencores, secretos y amoríos truncos, cualquier cosa puede lavarse en las aguas melancólicas de los vasos con alcohol que agitan esta y tantas otras noches. Ojo, si la menigia se pasa con el vodka o el botototo protesta la composición de su fernet, no es un detalle menor en el resultado final de la reunión que ha propiciado en su hogar, más teniendo en cuenta que por esas horas el convite se encontraba en su punto más depresivo.

Entonces llegaron a la cumbre de la noche, directo y sin escalas desde el fondo de una vaga noción de decadencia. Ahí apareció el mamotreto, momento de entusiasmo máximo, de revivir y sacudir todo el polvo de los buenos tiempos. La charla pasó a un cuarto lento, con el freno de mano que imponía la única luz que brindaban dos veladores, que a su vez agradecían los ojos cansados pero ansiosos de cada uno de los invitados. Entonces estalló la verdadera regresión, con cada uno devuelto a la comodidad del viejo rol y las respuestas de aquello que se sabe de memoria. El diálogo se hacía espeso y jugoso desde la primera foto levantada, la que una modesta voz femenina (acaso un botototo travieso) alzó a modo de reliquia para abrir el juego, haciendo el pasamanos con una hoja amarillenta y preguntando si se acuerdan de... En la penumbra se arremolinó una ronda de hombres y mujeres que saltaban en sus sillas y señalaban exclamando, acusándose los unos a los otros entre carcajadas para tapar la mirada que busca y no encuentra en otra que también busca y tampoco encuentra y así sigue... Dicen que son los de la foto, los que escribieron eso, los que le pusieron el apodo a, pero no les cree. Ni el botototo o la menigia accede por un segundo a creer, sentado en medio de quienes -no hay otra explicación- se hacen pasar por aquellos de la foto. Para ser más exactos, el uno o la otra ya ha descubierto para entonces, vino y empanadas o lo-que-fuere después, que también lo suyo es una elaborada y noble impostación, con diálogos muy bien cuidados para no despertar sospechas entre los extraños que habían subido hasta su casa so pretexto de haber sido invitados por vaya a saber quién para hablar de no sé qué. Todo marchó a la perfección desde allí, pero no alcanzó para aplacar el desengaño.

A partir de ese momento, la decepción se llenó de botototo o de menigia mientras las fotos giraron una tras otra hasta volver al mamotreto, resistiendo a los pedidos reiterados de quemá esa hoja o dejame sacarle una copia que es di-vi-na. Todo el momento estaba ya teñido de rojo o azul según el caso, y esconder el insight no sería problema ya fuera el uno o la otra. Si se trata de un botototo en estado puro, el anhelo suele ser sencillo como su nombre: querrá alejarse cuanto antes, fumar o beber o desenfundar las viejas y queridas sustancias prohibidas hasta que la amargura se pierda en la conciencia alterada (elevada, para los oídos de algún pichón), se convertirá en un fantasma girando en una esquina (la de su habitación cuando la calle no lo deje estar solo). Claro que si en su lugar aparece una menigia inmaculada es de esperar otro mambo, donde ella caminará las cenizas de la noche hecha una hermosa veleta que va y viene impactando contra las personasparedes, cantando incluso sin música, esperando (aunque no, ni en pedo, dirá) ser agarrada, dejar de girar y ahí sí, probablemente escuche el santo y seña adecuado. Everything is gonna be alright, llorará amargo-mal-poco, se desnudará si hace falta con tal de que no la invada el color gris de la distancia, el único que no puede ver. Claro que ni esta bifurcación ni las anteriores indican caminos frecuentes. Son bastante excepcionales, teniendo en cuenta que tanto el botototo como la menigia sucumben generación tras generación ante el placer de aparearse; así es que desde un siglo por lo menos sólo encontramos mezclas, injertos, híbridos, hombres y mujeres como los que llegaron hasta el living constrictor en el que la cena ya pasó, las bebidas y el humo se desvanecieron y todos-tirados-vencidos, en una vieja banqueta en la esquina de la habitación o directamente en el piso que ni siquiera alfombra tiene para acomodar al muchacho de la eterna barba de tres días.

Sólo una persona todavía conservaba la fuerza para dar el grito de partida que alertaría al resto. Ésta, también rendida, era la única que se mantenía en guardia, concentrada su mirada de ojos entrecerrados en las simétricas (inmensas) distancias que la separaban de cada impostor y de sí misma con las fotos que se habían apilado tan desordenadas como antes bajo las alas del mamotreto. Su anónimo anuncio de retirada elevó a los invitados a punto de despegue cuando el celeste blando del cielo era apenas un presentimiento que se dibujaba en las ventanas. Se encontraron las caras, se vieron tristes y sonrieron igual, empalagados por las personas con las que habían hecho de ese departamento su teatro. Bajaron hasta la puerta a los apurones y se despidieron mal, con los abrigos hechos bollo-bajo-el-brazo, tropezando con su propia lengua hasta caer en las fórmulas de saludo más vulgares. El botototo o la menigia ya no se hubiera diferenciado en ese punto de ningún otro invitado, todos estaban ausentes en los últimos abrazos, todos parecían ser la persona vigilante capaz de denunciar a esos extraños que habían pasado la noche como amigos de toda la vida. Sin embargo, el misterio se encendió diluyendo su identidad en la partida, antes de escaparse por las esquinas, los taxis, las avenidas, cuando cada uno improvisó preso de su propio pasado-papel, vistiéndose con las mismas palabras que había en el guión: acordate, el mes que viene, en lo de Gaby.

1 comentario:

LuZmila dijo...

el que se queda en suspensión se muere de inanición.

ja! qué buena rima se me ocurrió.

Un beso/abrazo.