jueves, 11 de enero de 2007

Tarea para las vacaciones

Será sin complicaciones, al menos por esta vez (cualquiera sea la que se le haya cantado a usted-que-lee-allí). He aquí una historia simple que se cuenta y que usted va a entender en toda su simpleza, de principio a fin, de izquierda a derecha y de menor a mayor; así de fácil. Vamos despacio por las dudas, o también podemos hacerlo despacio, por las dudas... como le plazca.

Había una vez (puede ser mañana enfrente de su casa o ayer en una ciudad que no existe, no importa), decía, había una vez una chica durmiendo. Recuerde que esta es una historia simple, así que no tiene mucho sentido entrar en detalles sobre si era linda, si dormía en una cama en un monoambiente o arriba de un iglú en un valle de las sierras. No hace a la cuestión emprender esas descripciones fenomenales, la historia es simple y puede prescindir de ellas tranquilamente. Lo fatal es que si se me diera por romper de manera rotunda y flagrante la premisa que ambos acordamos no hace más de diez o quince líneas (depende, the eye of the beholder y toda la bola, vio), a usted se le va a volar el bonete y ya no va a dejar que la historia se cuente tal y como se debe. Somos así de predecibles, créame que yo también. Si resulta que lady era muy linda y vivía sola no le va a alcanzar con eso, le va a entrar una curiosidad como para hacer dulce (caramba, dulce curiosidad), porque es una imagen más que apetecible para los sentidos y para el espíritu. La otra, más jodida todavía, es que se ponga en materialista, en cuyo caso va a terminar mal esta nuestra historia y la que intenta contarse también. No diga que no le avisé, mire que lo que yo entiendo por “muy linda” y “sola” es más que suficiente a los fines del relato (ni hablar de “era” y “vivía”), pero si desconfía le puedo proponer que tenía ojos amarillos, caderas anchas, abundante pelo rojo y un colchón que era el cielo, aunque para ser más preciso y menos maricón tendría que decir que eran varios almohadones dispuestos sobre el piso para cumplir la función de un colchón. El cuartito oscuro para ella persona y ella sus cosas estaba bastante bien a pesar de que no había ventana. El piso era algo frío, repleto de baldosas blancas, pesadas y negras. Eran como para un ajedrez, no sé si uno humano pero al menos uno con gatos o perros o pequeños robots, que son los más fáciles de educar para jugar a semejante cosa, lástima que cuestan su buena guita y por eso a nadie se le ocurre fabricarlos... aunque también pasaba eso con los celulares, los aparatos de aire acondicionado y las pelotas de fútbol de muchos colores y mírese ahora usted-que-lee-allí, haciendo jueguitos mientras manda un mensaje de texto contando lo fresco q c está en la pieza ahora q pusimos el split. Ojo que yo lo digo de envidioso nomás, si intento hacer la mitad de esas cosas me agarra un vértigo que para qué le cuento... Y hablando de esas preguntas terribles, prosigamos, habrá que ver si existe una respuesta más o menos interesante.

Por más que haya divagado para distraer zu zed de zignificazión no hay forma de evitar que empiece a sopesar en su mente los adjetivos, la longitud de las oraciones, la combinación de todos los elementos en cada una, así se va escapando por ese ventiluz que hace un ratito omití en la descripción por razones que para usted serán más que claras y para mí tanto más inútiles. Más vale dejar de lado las preguntas y las hipótesis del estilo de por qué la dibuja durmiendo o si eso de “ojos amarillos” debe ser una metáfora, sólo lo alejarán todavía más de esta historieta y eso sería ir justo en el sentido contrario al que usted pretende alcanzar porque yo digo que usted lo pretende y se acabó. Avance nomás, de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo y del día a la noche (vio qué raro suena puesto así) a través de este irrespetuoso derroche de letras.

Gracias a su constante curiosidad la lectura debe haberse acelerado, con lo cual le comunico que me está alterando el tiempo de las cosas, sobre todo el de esta chica de la que le estoy hablando. Visto y considerando que no hay manera de lograr que usted desista, paso a decirle que ya la despertó. Sí, fue usted y yo no tengo nada que ver porque acá hago de nexo nomás, ¿stamo?.

Bueno, no hay mal que por bien no venga. Se levantó, eso a usted ha de interesarle muchísimo más que mis esfuerzos por abrirlo a una narración más auténtica, y en mi fracaso me regodeo eo eo porque al menos me permite continuar la historia sin interrupciones, tal como a mí me gusta aunque no se haya notado en absoluto hasta aquí, imagínese mi cara de ironía al escribir esto. Por suerte, esta historia es sencilla (¿se acuerda?) así que no va a costar mucho recuperar su atención. Ella abrió los ojos moviendo uno por uno los dedos de las manos, respiró profundo, levantó la cabeza de la frazada que usaba de almohada, se deslizó hasta quedar parada al costado de su lecho en un solo y sencillo movimiento. Se pasó los brazos por detrás de la espalda y se arqueó hacia abajo hasta sonar dentro del camisón. Abrió el ventiluz, prendió la radio, sonó el informativo y luego unos 4 jingles (tarareó el tercero si de algo le sirve). Se cambió con las prendas que había amontonadas en la silla celeste arrimada contra la pared (obsérvela con cuidado), debajo del ventiluz. Después enfiló sin prisa ni pausa hacia el baño, como todo lo (poco) que había sentido hacer desde que amaneció, se paró bien atrás respecto de la pileta, apoyando las manos en el borde mientras juntaba los talones a la altura del inodoro y el bidet, inclinada hacia adelante por más obvio que resulte el comentario. El espejo la miró fijo sin poder amedrentarla, luego se cepilló el pelo un par de veces, después abrió la puerta que daba afuera, deslizándose hasta que casi ya no estuvo. Antes de irse giró hacia el interior parada debajo del umbral, recordó el cepillo en su mano, el cual lo arrojó contra la pared del fondo, donde terminó chocando justo contra el borde del ventiluz antes de caer al piso.

Si se aguanta las ganas de empezar con las suspicacias, le permito pasar al párrafo siguiente luego de este bello amanecer.

Salió a la calle y empezó a caminar aunque usted piense que suena un poco aburrido ya sea la acción o el comentario. El viento la acompañaba de costado, el sol no, tapado como estaba por el paro y movilización de una nube y todas las nubes grises allá-arriba (ah, vio cómo le gustan las figuras baratas, si fuera aborigen precolombino usted ya estaría hasta el cogote de espejitos). Los ojos amarillos, entrecerrados, apuntando siempre hacia adelante, el paso cadencioso, no me pida más porque no le va a servir para nada. Se supone que debería brindar más información, pero sería un intento omnisciencia bastante inútil dada la sencillez de lo que aquí se cuenta, qué quiere que le diga. No, eso no ¿No le alcanza con lo que ve? Fíjese, paró en la esquina a comprar un paquete de galletitas, dulces si es que usted no es demasiado miope (literalmente, no se ofenda). Mientras tanto intercambió algunas frases con el quiosquero que la recibió sonriente, pero ella no se permitió corresponderle la sonrisa en ningún momento de todo el goloso trámite ¿Está claro que va ahí con cierta asiduidad o también quiere que le transcriba lo que se dijeron por si a mí se me escapó algo? Never mind. Siguió viaje, que es lo (único) que importa, por la calle que cruzaba a la calle por la que venía... digamos que dobló. Ahora el viento la empujaba, los párpados se abrían y las migas de chocolate se acumulaban en las comisuras de los labios, conscientes de la suerte de la mayoría de sus hermanas, caídas ora en el pavimento, ora en la boca (hora de modernizar el vocabulario tal vez). O bien el ritmo era tremendo, en menos de dos cuadras un paquete entero de galletitas comido y sin convidar, o acaso el ritmo era lentísimo, dos cuadras para comerse un paquete entero de galletitas comido y sin convidar, vio cómo es esto del orden de los factores.

Antes de entrar en el banco frenó, dio una vuelta entera tres sesenta, despacio pero inquieta, mirando hacia todos lados, como esperando qué. El envoltorio sonó dentro de su puño, cayó tan rápido como puede hacerlo tan ingrávido bollito hacia el tacho que recibía y despedía a los clientes frente a la grande gruesa grossa grosera puerta giratoria. Lo que ella no llegó a ver fue el yerro, el rebote contra una botella de plástico en el interior, el nuevo salto, esta vez de adentro hacia afuera, hacia el cordón de la vereda junto con otros tantos paquetes, papelitos y tatarabuelísimas hojas de árboles. No hay nada más lindo que la familia unida.
De lo que pasó adentro no hay demasiados detalles por razones ya enumeradas anteriormente, y también por el escenario en particular. Si hay un lugar donde los narradores no pueden inteligir nada de lo que pasa, (y todos son éste-que-narra-aquí, por si le incomoda la generalización) ese lugar es un banco... o un cuarto oscuro adentro de un banco, que ya sería el colmo.

Pasemos directamente a la salida, mismo lugar, misma dirección, sentido opuesto. La tarde se va armando para allá, para donde ella mira mientras se escapa de la infinita redundancia de la puerta giratoria al tiempo que un gordo moy orondo lo ompojo poro solor. Si yo tuviera que hacer un diagnóstico, más bien garabatearlo, diría que esta muchacha va en procesión, que está pariendo algo, espiritualmente hablando... y la otra es que esté indispuesta, pero estoy seguro que de ahí no sale la cuestión. Si se le nubló el panorama, mejor, ya debería saber que esas interpretaciones no le van a servir. Apriete el paso que la piba se nos va, atienda a lo importante: la piel, los pasos, el silencio, los frenos; todo emerge en ella como a rebato, de improviso o de atropellada (si hubiera que darle el gusto a usted, pero no). Todo lo que ha hecho hasta aquí pareció ser en vano; no importa el banco, está claro que lo que no se cuenta no importa y que no le extrañe que tampoco exista. Cada acción la llevó a un grado mayor de ansiedad para realizar la siguiente (si hubiera que darle el gusto a usted, pero no). Era una espiral de energía que tenía la base en aquel despertar tan fresco, tan de niña, tan simple (eso si hubiera que darle el gusto al narrador, pero tampoco). Desde entonces todo se ha vuelto más complicado por sus constantes reinterpretaciones y las consecuentes evasivas para lograr desandar el relato junto a ella. He aquí lo jodidamente simple que es la vida cuando le agarra bien de las pestañas, sólo se enreda más con cada resolución posterior por más imprevista y original que crea que puede llegar a ser (sí, es una contradicción mayúscula como esta T).

Entonces ella sonreírle a una planta, empujar a un viejo con poco disimulo y menos vergüenza, correr dos cuadras haciendo avioncito, saltar sobre el capó de un taxi impertinente sobre la senda pea-to-nal señor, sentarse en el asiento de un colectivo y levantarse sólo cuando ha vuelto al punto en que se subió, romper despacito el bordado de su remera naranja mientras espera mirando sin parpadear que la iluminación artificial de la ciudad despierte en ese ojo de sodio que justo (qué justo) la espía a través del ventiluz. Todo pasó así de rápido para ella, para mí y para usted, al punto que ni siquiera notó que ya estaba de vuelta en su pieza, esperando que anochezca, esperando qué. No se impaciente, carajo. Merodea frenética en el cuartito, ordenando todo sin perder de vista el recuadrito de cielo que todavía tiene algo de celeste aunque está bastante lejos del negro estrellado tradicional (a los colores del medio no voy a ajusticiarlos con adjetivos ni comparaciones ni ninguna otra porquería, proceda hacia su ventana amiga y véalos). La cuestión sigue siendo que el tiempo no parece ir lo suficientemente rápido para usted, falta para la noche, además de que los cachidié metros cuadrados de ella están impecables. El baño fue su próxima parada, donde el espejo la vio pasar sin ganas de pelearla otra vez, demasiado ocupado estaba abriendo la canilla del agua fría hasta hacerla retorcer de dolor (a la canilla). Luego se estacionó bajo el chorro fofo con los ojos cerrados y el rostro de frente mirando hacia abajo, de modo que el agua golpeaba sí o sí en la parte de arriba de la cabeza, derramándose sobre lo que quedaba de ella (frase depre innecesaria). Allí estuvo durante unos buenos veinte minutos, balanceando a un mismo compás los brazos y el cuello, algo sencillamente envidiable si me permite la intromisión en una escena tan deliciosa como esta. Por desgracia para mí, por suerte para usted-que-lee-allí-ansioso, el trance llegó a su fin con los ladridos de un perro maula y otro medio fifí que se habían agarrado en la vereda a la que daba el ventiluz, cosa de que se enterara hasta la cucaracha que estaba abajo de la mochila del inodoro y que ella por suerte no vio mientras salía de la ducha, caso contrario usted ya estaría recibiendo en este momento su buena dosis de sangre, desnudez e insectofobia, que bien serviría para saciar su dulce curiosidad si no hubiéramos acordado que esta historia es simple simple simple.

Hasta aquí los eventos se han ido superponiendo en tanto que sus malditas inferencias se han ido posponiendo, lo cual hay que agradecer a la carencia de puntos y aparte. Si bien éste marca una transición, como ya habrá notado, también sirve para aclarárselo un poco a fines de que nos vayamos entendiendo un poco mejor. De esa forma capaz que podemos levantar un poquito el vuelo de esta historia simple y termina siendo más interesante para ambos. Asumo que la idea le gustó, tanto como a mí se me antoja que le haya gustado, así que avancemos nomás que esto puede llegar a ponerse bueno... o no.

La cosa interesante a observar es que mientras se estaba secando también estaba anocheciendo, ahora sí, de forma definitiva. En eso estaba la chica cuando algo (un puño o el Pájaro Loco, no empiece a hacer de las suyas de vuelta) golpeó a la puerta que hasta aquí sólo se conoce desde adentro, una madera dura, pesada y pintada de negro hace muchos años. Ella no pareció sorprendida, pero algo en su rostro cambió, algo en la expresión, a esos ojos amarillos no hay con qué darle por más que todavía no le hayan cerrado a usted-que-se-confunde-allí. Supongo que la resignación, pero no me arriesgaría a decir que la resignación, al menos no todavía. No se molestó en cambiarse para abrir la puerta, sin saber qué o quién había afuera, y podemos acordar acá entre nos que eso ya es toda una señal. Afuera seguían las baldosas blancas, negras y frías que había adentro, el pasillo era estrecho y tenía otra puerta igualita enfrente. En el medio del cuadrado blanco más cercano al umbral descansaba una caja mediana de terciopelo bordó, sin moños ni cierres ni nada que se le parezca. La miró un segundo, suficiente para jamás decir que la resignación, porque el rostro volvió al estado expectante de antes.

Tomó la caja sin soltar la toalla y se metió adentro apuradísima, una tremenda proeza dado que las dimensiones del regalo eran considerables (pero cuánto es eso), su tamaño era el del promedio entre una caja de zapatos y un cartón de chocolatada y a joderse por insistir con tanto detalle. En el interior era algo así como un cielo en miniatura (en el de la caja). Usted dirá que es una expresión compleja, una licencia poética bastante berreta y la mar en coche, pero entonces estaría desconfiando -por enésima vez- de la condición fundamental con la cual se cuenta esta historia. Simple, lo primero que había adentro de la caja era un papel celofán celeste que la chica levantó con mucho cuidado para luego apoyarlo sobre sus piernas, ya sentada en su cama con el resto del paquete a su lado. El envoltorio la atrajo y en esto ni usted ni yo (ni mucho menos ella) vamos a tener la menor duda; lo miró fijo, hasta podría decirse que lo leía si se me diera por complicarle la escena, pero lo cierto es que mientras lo hacía le pasaba la mano firme pero lentamente, luchando en vano contra las arrugas y pliegues que ese tipo de papel desarrolla casi como una cuestión genética vio. En un momento su mirada se desvió hacia el interior de la caja, lo que fue la gran cagada gran de esta simple y maravillosa historia. Si usted o yo hubiéramos estado ahí sabiendo lo que se desencadenaría luego, sin lugar a dudas lo habríamos impedido a toda costa.

Fue breve como fatal, just a glance y a otra cosa mariposa. Se desencajó como en las películas viejas, cuando lo sobreactuado se potencia con los pequeños baches en la imagen, sólo que aquí la que daba pequeños saltos era de veras ella, como también lo era esa voz continua que temblaba y a intervalos más o menos regulares se elevaba de su línea tenue hasta murmurar te mato. En el primero saltito cerró la caja de un golpazo y se alejó de ella sin moverla siquiera. En el segundo revoleó la toalla hacia la silla celeste para buscar debajo de su cama un jean, una remera naranja y una camisa a rayas bastante gastada, todo guardado prolijamente hasta entonces en una gorda maleta de cuero. En el tercero, ya vestida, agarró la caja, siguió girando mirando lo poco que había para ver allí. Tomó el papel celofán, lo apretó con bronca contra su boca hasta hacerlo un bollo, esta vez sí pasó por el ventiluz hacia la noche y fue el disparo que por fin daba en el blanco. Ya no se sentía como al amanecer, como buscando qué. Sabía que estaba afuera, había que salir corriendo de allí antes de que fuera demasiado tarde y lo hizo sin dudar, se dio cuenta rápido como usted-que-lee-allí que la narración ha variado mucho de un párrafo a otro, para qué desmentir ese tufillo de-desenlace que le haría mover la cola si fuera un perro (o al menos uno que supiera leer).

Caminaba por la calle decidida, nerviosa por una sensación desconocida, la sonrisa fija en el rostro -depende a quién le pregunte- era de las que gusta o de las que asusta. Mientras tanto la caja la acompañaba firme bajo el brazo, ella sabía frenar al menos una vez en cada cuadra para ver en el interior, siempre con la voz tambaleando entre te mato y te mato, reanimándose en cada repetición mecánica abrir-mirar-cerrar. El quiosco y el quiosquero, el gordo del banco, la tarde de espontáneas decisiones (no, locuras no), todo está bien lejos en su mente, no importa ahora que se ha vuelto tan simple. Ya no tiene sentido el juego que empezamos hace rato, conviene dejarlo en claro por más que ya lo haya deducido. Así está, desplegado sobre la mesa, así se hace demasiado simple hacia el desenlace que -como le dije- no podremos evitar ni usted ni yo. Ella está sentada en el umbral de una puerta, la suya, la mía, irrelevantes atribuciones a esta altura del relato. El tiempo es algo que hemos venido manejando de manera conjunta con usted, con la mayor discreción. En este punto lo que ella sea o haga ya no depende de cómo caiga la arena; no va a cansarse, no se quedará dormida, no tendrá hambre ni ganas de ir al baño, no se va a mover a menos que usted y yo nos hagamos cargo de lo que tiene entre sus manos. No sabemos qué es, qué quiere ni cuándo planea conseguirlo; es algo terrible, ahora lo sé tan bien como ella y usted lo sabe tan bien como yo, recién ahora lo ve y es demasiado tarde para evitarlo (tanto más para ella). Hay un final pendiente, puede ser enfrente de la casa de usted-que-lee-allí, a la vuelta, en la otra punta de la ciudad, dentro de diez años, quizás en la madrugada más húmeda que jamás haya vivido u (ojalá) en un sueño que compartamos los tres para luego salir ilesos. Usted, ella y yo, desdibujados, mezclados como estamos, ninguno puede prescindir de los otros en este momento, ninguno es capaz de llegar al final por su cuenta. Así de simple.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Wow, el cuento era tan pero tan simple que lo compliqué yo sola. O no.
La caja me recordó al video flaca de Calamaro, más precisamente, me refiero a las cajas que él tira al río a diferencia de esta chica.
Saludos, enjoy tus vacaciones!

Anónimo dijo...

!senoicacav sut yojne, sodulas
.acihc atse ed aicnerefid a oír la arit lé euq sajac sal a oreifer em, etnemasicerp sám, oramalaC ed acalf oediv la ódrocer em ajac al
.on O. alos oy éuqilpmoc ol euq elpmis nat orep nat are otneuc le, wow

¿Se entendió? o sea, nada que ver...

Anónimo dijo...

bueno, y cuando se me acaben las vacaciones (ya pronto) qué va a ser de mi? no pensaste en eso?

Violet Baudelaire dijo...

Ví luz y entre...
Todo, pero todo, cambió, cabe para usted un indirecto gracias y moralmente sobra lugar...

paradójicamente sigo tus pasos , nos cruzaremos en la facu. Creo…

Todos mis buenos augurios para usted, sr Caldera.


http://www.mierdaperfecta.km6.net/



An.