miércoles, 27 de septiembre de 2006
Cómo se llama la obra
Escena 47
Todo le era tan familiar, tan reconocible, tan vivido (no, vívido no); alguien prendió la máquina del tiempo mientras dormía, Hilario lo pensaba. Pero no, todavía era presente, todavía octubre, todavía tirado en el sillón, todavía no moría la tarde aunque el perfume de una noche cálida ya llegaba en el viento que recorría la pieza, todavía el dedo mayor de su mano rozaba la alfombra sin dejar ninguna impresión entrañable dentro suyo. Aunque nunca es igual, las formas se hacen más obvias con cada segundo que pasa sin querer admitirse despierto. No le gusta reconocer ni lo uno ni lo otro. Su tiempo frena, vuela, hace el moonwalk, la macarena, cuerpo a tierra... pero nunca corre. Lo atormenta con desacoples, olvidos, tardanzas, robos; todo eso que el Inimputable hace tan bien y él (tan mal) le deja hacer. Se levanta y encuentra el pecho oprimido, el dolor en la frente, la transpiración en toda la espalda, la consciencia disparada y suicidada antes de que ocurra nada en la habitación.
Un ocaso impresionante, uno que había visto demasiadas veces ya; uno insoportable. Los ecos del sol desparramados en el poco cielo que asoma por entre los edificios, la mesa arrebatada de borradores, cuadernos y revistas, el runrún del ventilador de techo que andá a saber para qué lo había prendido, la taza que el viento o el gato habrían tirado al piso (para el caso es lo mismo, cualquiera de los dos se sentiría igual de culpable), la música que no quería escuchar nunca más, escondida adentro de una mochila, abajo de una frazada, afuera, en el balcón. Delira en silencio mientras dibuja un par de hondos hojos hoscuros en la pared blanca, uno a cada lado del reloj; el monstruo que nace de los tres lo hace recostarse otra vez, buscando el calor que el sillón le guardó pacientemente en los primeros minutos de falsa vigilia. Enciende el piloto automático en su cabeza, pronto le avisa que todavía puede pasar por la oficina y hablar con Cristina. Lo dijo en voz alta y quedó convencido de que era bueno y necesario; la rima siempre por sobre el dinero, el prestigio y la fe.
Escena extraviada
El niño está parado solo en la playa, con los pies apenas hundidos en la arena, el mar de tanto en tanto se acuerda de mojárselos. Los adultos lo miran jugar desde la sombra, encantados, pero él no juega ni se mueve, sólo mira sus pies, sus dedos azules de frío y el globo rojo que retiene con su mano izquierda, ayudado por un piolín. Eso hace, pero no entiende el globo ni el frío en sus pies ni menos que menos las risas y las chanzas de los adultos amontonados allá, bajo las sombrillas. Termina de perderse cuando se ve a sí mismo entre ellos, riendo y contando más chistes, todos hablando sin abrir la boca ¿Todos ventrílocuos o qué? Hilario hierve de los nervios, quiere prender un pucho, prenderlos fuego a todos, pero para cualquiera de las dos tiene que soltar el globo. Entonces empieza a jugar con el piolín, tira de él y luego afloja para que vuelva a subir, pero hasta ahí; mira de reojo a los grandes, la mano que le queda libre busca el encendedor en el bolsillo del pecho de su jardinero. Lo encuentra. Mientras busca el paquete de cigarrillos, Griselda sale de entre los grandes, la había visto antes, charlando animadamente con él mismo, allá, bajo las sombrillas. Se pone en cuclillas a su lado, lo mira (¿con ternura?), le ofrece un paquete y también ocuparse del globo mientras él prende el cigarrillo; acepta en una media sonrisa. Ya con las manitas libres, los pulmones de niño se le llenan más rápido de lo que preveía, tose fuerte mientras intenta guardar el encendedor. Le pide el globo a ella, que tira de la piola sin darle pelota, él le lanza un manotazo y ella lo aparta sin esfuerzo. Se arroja por segunda vez, exasperado. Griselda zafa, también le afana el pucho y él, lógico, pucherea. Ahí, sin dejar de mirarlo, le muestra todos los dientes en una mueca horrible, una risa de mala (mala risa). Con la piola lleva el globo hasta ponerlo arriba de su cabeza, el cigarrillo lo quema y al estallar también revientan las carcajadas de los adultos allá, bajo las sombrillas. Griselda se reúne con el grupete a festejar, corriendo y riendo como niña en ese cuerpo de mujer, mientras él se mira otra vez, allá, cerca del mar, sentado en canastita. Quiere ir a consolarse pero no logra abrirse paso entre los jocosos adultos. Quiere gritar para que lo dejen pasar pero, lo había olvidado, no puede abrir la boca. Y todavía tiene ganas de fumar. Entonces la arena en la que dibuja con sus dedos comienza a parecerse a la alfombra.
Escena 71
Afortunado Hilario, no pasaría la noche trabajando. Cristina no apareció, eso lo dejó con la tranquilidad de saber que no le pedirían ninguna nota de urgencia, al menos ese día. Está extenuado, no puede parar de pensar en que no sabe qué pensar acerca de todo lo que piensa. Repasa la oficina en busca de alguna extravagancia, de esas que solían llegar desde los recitales y las presentaciones, pero sigue siendo algo así como una heladera para gente: luz fluorescente, muebles anti personas, computadoras zafadas, zumbidos varios y constantes, refrigeración excesiva gracias a que Cristina no había apagado el aire acondicionado tras irse apurada (porque me matan si no llego a tiempo para presentar la muestra), algún que otro heroico objeto que no es blanco, negro ni gris. Hilario pensó en otra nota de tapa brilante sobre un artista brillante por una redactora brillante. Después pensó en el artista brillante sobre la redactora brillante. Se rió. Con asco, pero se río.
Profesional Hilario, tal vez podría adelantar trabajo. Le quedaban varias cosas por agregar a la cartelera del próximo mes y también debía la recomendacioncrítica de una novela horripilante. Ya se ponía a tipear mentalmente que era un libro verdaderamente innovador, una oportunidad inmejorable para quien quiera conocer la prosa de vanguardia en su más bella manifestación. Un hito más de este reconocido autor que, acostumbrado a romper los moldes más sólidos, nos regala una pieza que seguramente nadie podrá olvidar, ni siquiera el propio Hilario, que se lo enchufó a un (odioso) primo suyo antes de terminar el segundo capítulo. Empezó a reírse de lo lindo mientras pensaba en los comentarios que le haría luego de leerlo, porque, como buen hombre culto, su primo sabía tener una opinión profunda de cualquier cosa aprobada, publicada y elogiada, por más que fuera un sorete con tapas duras. La última imagen lo impresionó por unos segundos. Después, muy animado a pesar de lo lúgubre que era estar escribiendo solo en la oficina a esa hora, puso manos a la obra. Le bastó con la reseña de la contratapa, algunas advertencias de Cristina y el nombre de los protagonistas de la historia para llegar a las 60 líneas de nada que precisaban para la página impar que abriría la sección “Literatura para Noviembre”. Era arriesgado, quedaría expuesto si alguien notaba la falta de contenido y demás; eso le hubiera advertido cualquier persona que no lo conociera. Hilario se conocía poco y nada, es cierto, pero también había aprendido a no hablar con extraños.
Sobresaltado Hilario, el teléfono sonó de repente. Levantó el tubo y escuchó el hola de Griselda, que siempre primereaba aunque fuera ella la que llamara. Él se quedó callado, inquieto al cuadrado por ese hábito de locas desatadas; qué querría ahora, su voz chillona reventaba el auricular repitiendo hola, sos vos, contestame. Maldijo a través del tiempo y el espacio a Cristina, la puta madre, esta noche tenías que estar acá, qué me importa la muestra de ese viejo degenerado, se ve que estás necesitada... Basta, intentó serenarse. El primer paso fue colgar el teléfono. Un click y después el tu, tu, tu... lo único que recibió Griselda como respuesta por segunda vez en el día. Estaba seguro de que ella no se conformaría con eso, pero al menos dilataba un poco el momento de encontrársela. Se calmó un poco, se sentó en su escritorio, bebió la poca gaseosa que quedaba en la botella que habría abierto andá a saber en qué día de la semana pasada. Jugaba con la tapita de plástico y se ponía más nervioso, le parecía que en los últimos minutos había sido una bola de actos reflejo (estaba tan olvidado de los días en que trabajaban juntos en la revista). El Hilario de entonces no reconocería a ese tipo desencajado que le daba vueltas al escritorio pensando en la mejor excusa para explicarle que mejor no subas, pasate otro día y hablamos. Se preguntó cuánto tendría que ver Cristina con toda esa paranoia suya, pero la duda murió rápido y sin duelo.
Escena 86
Amanecía y todavía no se movía de donde ella lo había dejado. La silla de frente a la puerta de entrada, pero él recostado sobre su brazo izquierdo, que ya estaba dormidísimo bajo el peso de su cabeza. La incomodidad que le producía no alcanzaba para despabilarlo. Reaccionó sólo cuando el sol se levantó lo suficiente como para colarse por la persiana y pegarle en el rostro. Se vistió y empezó a ordenar la oficina a toda velocidad, pensando que acaso Tiburcio vendría temprano, cuando habitualmente ni él ni los demás aparecen por allí a la mañana. Se puso a limpiar cada uno de los escritorios y rincones, pensando que tal vez Lucrecia protestaría e indagaría acerca de por qué tanta mugre, a pesar de que eran un grupo de trabajo altamente resistente a la suciedad propia del medio laboral. Hizo y deshizo hasta que la oficina quedó en un estado ideal, uno que jamás le había visto en todo el tiempo que llevaba trabajando en la revista, del que nunca había oído siquiera. Entonces levantó la persiana para chequear si la luz del día revelaba algo fuera de lugar, un detalle que pudiera hacer menos sospechosa la escena. Quedó satisfecho con el resultado, era lo más perturbador que había visto desde que entró allí por primera vez. Cristina llegaría de un momento a otro, pero lo encontraría sólo a él. Daría vueltas por todos lados, notaría el orden y la cara de acusado de Hilario, pero no hallaría más nada. Griselda se había ido en tiempo y forma, diligente coautora e intérprete.
Escena 21
La emisión era bajita por ese bendito aparato que Griselda llevaba a todos lados. Sus palabras llegaban envueltas en una bruma de ruido a través del auricular. Qué decía, lo de siempre, estoy re mal, sin ganas de hacer nada, quiero contarte cosas, espero que puedas hacerte un lugarcito, cómo andan todos por allá, no, no me interesa Cristina, qué andás viendo, leyendo, oyendo últimamente; toda una sarta de disparadores para que Hilario respondiera (lo menos importante) y luego rebotara la pregunta hacia ella (la más importante). Había llegado apenas unos minutos antes. Cristina no le había encomendado nada más por el resto de la semana, así que estaba listo para tomarse la tarde. Justo sonó el teléfono y se hizo ella, luego de meses, lo que se dice un caramelito irresistible para cualquier paranoico ¿¡Cómo carajos...!? No podía imaginarlo ni valía la pena hacerlo, así que se lo tragó con envoltorio y todo. Empezó a tirar de la piola de la conversación con mucho cuidado; primero gambeteó un par de discos impresionantes de una banda francesa, luego una película que me re hizo acordar a vos, más adelante frenó para no llevarse puestos unos poemas que escribí después de la última vez que nos vimos y ahí entendió que estaba llegando al final del camino. Evitó la colisión de la manera menos elegante, vas a estar en tu casa a las click, tu, tu, tu...
Escena -10
Las bicicletas y los autos doblaban a todo trapo delante de la esquina ancha, redonda, aburrida de la gente que le pasaba por encima. El arremolinamiento de vehículos se armó cuando el semáforo les dijo rojo. Esos segundos de pre estampida permiten distinguirlo allí, debajo de un árbol viejo y destartalado de humo y ruido, donde nadie duraría sentado más de un minuto. Por el bullicio, porque todavía no son las siete, no salió el sol, la ciudad no termina de sacudirse el rocío y todos ya largaron con el vas-a-llegar-tarde-verde. Hilario no, pequeño privilegio del oficio de venderle ideas prestadas a la gente. Cristina lo amonestó desde su memoria, algún día te vas a mandar una y vas a ligarte tantas patadas que te voy a dejar lisiado además de sacarte lo cínico.
Sus oídos estaban saturados, además del sonido ambiente estaba el blues sucio (insalubre a esa hora) que le tiraban sus auriculares, pero aún así le llegaba la voz clara de esa vieja tan pendeja, tan acomodada a ese mundillo que movía la revista; músicos, escritores, artistas, escultores, guionistas, actores, todos los mejores y más prometedores (de este mes). Una locomotora (una loca a motor) de consejos y advertencias para que el Hilario redactor asesinara de una vez por todas a ese estúpido que no podía leer un cuento sin querer modificarlo, ni escuchar una canción fea sin cantarle algo distinto encima, ni asistir a una obra predecible sin deschavar el final en voz baja. Vieja zorra ella, vivía consciente de que sacarlo bueno era sacarla a ella del medio, a la pendeja que vivía para dar vuelta todo lo que la mostrara cruzada, invertida. Así fue como la rajó, según Griselda, por mucho menos de lo que ella suele estropear con sus ataques de estrella estrellada. A Cristina no le había sido fácil sacársela de encima luego de tanto tiempo de trabajo, y menos con el novato enganchado a su pollera. Entonces, Hilario recibió un acertijo o una advertencia, pero no una explicación; se pasó de gata y para eso ya estoy yo.
Entendió de golpe su propia necesidad de aturdirse hasta querer dejar de encontrar una salida. El ruido no alcanzaba, las palabras y las escenas que tejía eran débiles, confusas, inservibles. Todavía no se decidía por ninguna de las secuencias que tenía escritas para aquel día. Volvió a pensar en Griselda, luego en Cristina (jamás podría con las dos al mismo tiempo), en la noche, en un final perfecto y un orden para todo lo que tenía hecho y lo que restaba concretar, era cuestión de esperar que el día y las manías de las dos lo ayudaran un poco. Mató a todas las dudas, levantó el volumen hasta el cielo, se paró y se fue caminando tranquilo hacia la oficina.
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