Cada cual atiende su juego, o por lo menos eso le parecería a cualquier despistado que en ese mismo instante osara sobrevolar el patio en cuestión. Aunque, hay que decirlo, cualquier persona capaz de hacer eso es digna de la más insana y verdosa envidia, por más despistada que sea. A primera vista falta verde, sólo unos canteros tristes con helechos y algunas hierbas allá en el fondo, contra la pared de ladrillo visto y, por lo visto otra vez, olvidado. Después están las baldosas de cemento diseminadas a lo largo y a lo ancho de todo el rectángulo que terminan de delimitar los dos paredones laterales y la parte trasera de la casita. Los resquicios que dibujan la cuadrícula despareja están llenos de una tierra vieja, moribunda, recubierta del polvo que el viento toma de la construcción del edificio de la esquina para regar todas las casas de la manzana, un regalito cruel y sin victimarios. La puerta que da a ese fondo está entornada, las voces que por allí escapan son pocas pero animadas. El tipo que está merodeando el patio con cara de forense las escucha medio harto, mientras a su alrededor un nene va explorando los pocos tesoros que el fondo ofrece: un par de banquitos de madera, una escoba, varios hormigueros y los ya mencionados canteros tristes. Es apenas un niño, tiene muchas pecas, un flequillo rojo rebelde, piernitas cortas e inexpertas (casi que son patas), pocas palabras (ergo) poca maldad, ojos, manos y oídos desaforados. La siesta lo pone de malas, no puede dormir. Él tampoco, piensa mientras se asombra de la insistencia con que el pibe va de un hormiguero a otro y luego al siguiente hasta recorrerlos a todos para volver a empezar. Casi que no se parecen, a excepción del flequillo rebelde. Tiene la mirada apagada a pesar de los ojos vidriosos, parece más flaco de lo que debería y le cuesta caminar bien. Está inquieto ante todo lo que lo rodea, hace fuerza para no dejar escapar un grito, quiere viento, sol y nada más; basta de materia.
Se escurre rápidamente hacia el interior, hacia la cocina. Las voces se fueron a las piezas, el tapizado de las sillas todavía está tibio, el humo de los cigarrillos tarda en disiparse y baila con la luz que se escurre por el umbral, las tazas de café yacen en la mesa y el aroma termina de confirmar una suerte de sobremesa de espectros angurrientos, de esos que merodean arriba de los techos y debajo de los pisos esperando que se vaya la gente de verdad para sentarse a discutir sobre las sobras, aprovecharlas, entretenerse un poco, vicisitudes del afterlife, por así decirlo. Parece difícil que pueda imaginar todo eso tan grande, entonces se entiende la decepción que le provoca la escena y el labio inferior que se le escapa sin querer, estando ahí sentado, un principio de pucherito. Nunca se está tan solo y tan lanzado a pensar como cuando se está sentado en canastilla debajo de una mesa. Se hamaca un poco agarrándose de los pies, mira las paredes amarillas esperando que pase una lagartija, una película o un documental, o acaso tratando de distinguir entre las voces de las piezas algún murmullo revelador de los fantasmas de la siesta. No hay suerte, las primeras se están apagando definitivamente y las últimas siempre saben escapar un poco más rápido que ellas.
No importa, ya lo dijo antes, vamos, arriba. Lo logró hasta literalmente, porque a esa altura ya estaba desparramado como una iguana (salvando el hecho de que las iguanas no usan camperas de jean ni zapatos ni nada de lo que él tenía puesto). Estaba recostado sobre su flanco izquierdo, con los brazos estirados y trenzados hacia adelante hasta cerrarse en las manos entrelazadas, las piernas extendidas en direcciones distintas, formando un ángulo agudo aunque la imagen de por sí fuera bastante grave. “Adentro está ella, la vida, la mía, acá no me importa ni mi puta sombra”, vomitó sobre el cuaderno que guardaba en el bolsillo interior, ajustado contra el pecho. Ya sentado, el sol lo recortaba con cuidado. Se miró en el piso, estaba flaco y largo, el viento le soplaba el flequillo y el dibujo se deformaba contra la unión del piso y la pared. Una crésta bárbara, se le ocurrió y rió seco (no confundir con río seco). Había dejado de pensar un ratito y era un alivio, y era mentira, pero ya debería decirlo el dicho: mejor creer que reventar. No había tocado un maldito cigarrillo desde que se había levantado y eso era casi tan alarmante como el hecho de que se había dado cuenta recién entonces.
Adentro estaba ella, que salió y lo trajo de la mano. Generoso, volvió a convertirse en hamaca porque le había pedido upa, él se sentó y arrancó con un ping pong de preguntas de esas que lo hacen sentir como si estuviera jugando a la Creación. Qué es eso, una lámpara, y eso, una ramita, y esto, una piedrita, y esto, una caquita de pájaro, la puedo tirar, a cuál, a la caquita o a la piedrita... a esa.
Bueno, dale. Envalentonado por dos, tenía curiosidad y también licencia para matarla, se arrimó, la levantó y la revoleó por sobre la pared. Se quedó mirándolo con algo de piedad, perplejidad o ternura, él no pudo más que abrir los brazos y gesticular como un payaso, y ahora qué vachacher, era la contraseña para ir a la carga. Pegó el salto y él lo detuvo justo antes de que su rodilla le pegara de pleno en el pecho y terminara por enseñarle otra puteada más. Carcajada y tos y qué es eso, es una telaraña, silencio. Los bichitos se quedan pegados ahí, después viene la araña y se los come. Por la cara no le gustó nada, pobres bichitos, pero fijate que tiene hojas secas nomás, entonces se va a quedar con hambre la arañita, vos también querés la araña y los veinte, nene ¿Dónde está? Respira hondo, se habrá escondido, por qué, porque te tiene miedo, cómo, sí, te tiene miedo a vos. Eso lo calmó o lo confundió. Como sea, le permitió abrazarlo un instante y reflexionar. Después corrió algo más por el patio, hicieron otra tanda de qué-es-eso y luego a contar los pasos hacia la puerta de la cocina (ocho, no más). Así se fue el segundo round.
Los espectros ya no estaban, las tazas de café y el humo de los cigarrillos tampoco, las voces menos que menos. Empezó a dar vueltas entre las sillas con la mirada perdida, arrastrando los dedos pesados por el borde superior de los respaldos hasta levantarlas ligeramente sobre sus patas traseras. Después tenía la increíble delicadeza de agarrarlas para que no hicieran ruido al caer. Las voces estarían agradecidas (aunque nunca dijeran gracias ni nada parecido). El sol había bajado, ahora la pared opuesta a la puerta del patio era más amarilla que las demás, ahora parecía más que nunca una pantalla de cine. Él era el protagonista, ocupando el centro del cuadro, levantando primero un brazo y después el otro, poniéndose de perfil y saltando, inclinando la cabeza hacia un lado y hacia el otro, riendo solo por un momento y extraviándose en el silencio de vuelta. Quieto, sentado, la mesa otra vez y desde allí ver ninguna película.
En algún momento se quedó dormido, no se lo perdonaba cuando le pasaba, pero ya se la agarraría consigo mismo más tarde. Ahora lo importante era que no lo escuchaba jugar allá adentro como antes. Ahora había motores, perros y algún abnegado churrero sonando, la ciudad iba saliendo de la siesta al igual que él, sin quererlo ni poder evitarlo. Estaba embobado con los azules de arriba, desde uno camuflado entre el blanco y el amarillo hasta otro furioso, oeste y este respectivamente, pasando por el celeste mantel, el celeste guardapolvo y el celeste racinclú. Levantó las manos y las puso contra el cielo, aguantándolo, imaginando que podía, que eran gigantes (otra vez se dejó resbalar contra la pared y no se dio cuenta). El viento arreció de golpe y lo venció en su juego de titán, le cerró los ojos lacrimosos, lo hizo sentirse desasosegado otra vez. Algo olía mal, fue afinando la puntería (una grosería de frase para describirlo). Los dos días sin bañarse, el vino del almuerzo, las naranjas podridas del patio de al lado, que nunca había visto pero sabía reales ante tamaña baranda, la distancia que era la falta de un perfume, la falta del sueño verde y no el rojo y el gris de siempre. Le preguntó qué te pasa apenas asomó por la puerta, empujado por la ausencia de las voces, restregándose los ojos con algo de vergüenza. Los ojos y la exhalación profunda eran prueba contundente, había intentado soñar al menos, lo entendió perfectamente con los pocos años que tenía para contar. Se le arrimó mirando de reojo la telaraña, preguntó a dónde estaba. Rogó que estuviera estuviera preguntando por la araña y no por él, tuvo suerte, sigue escondida, por mí que no aparezca nunca más. Los dos cruzaron una mirada firmando desesperadamente: ojalá que así sea. Uno por la arañita que tardaría en reconocer si viera, el otro por la que tanto tiempo había llevado enterrada. El sol había bajado un poco más, ahora los dibujaba contra la pared del fondo, iguales en los tamaños, uno sentado y el otro parado, despertándose, desatormentándose.
El adentro había quedado desencantado por fin, ya no los repelía. Le volvieron las ganas de fumar, le aparecieron las de ir al baño y se le fueron las de no tenerlas. Enfrente ya esperaban hace rato que sucediera. Qué es eso, es un caño por donde cae el agua, me traés agua (claro, para tirar). No, hay que esperar a que llueva (qué tipo forro), pero... pero... Ya sé, no hay nubes, ¿vos podés hacer llover? Pensó, dudó, habló: sí. Rió. Bueno, no lo hagas ahora que me vas a cagar esta tarde que está bárbara. No se lo propuso pero ya estaba parado y lo miraba desde allí arriba, obligaba al otro a forzar al cogote, le parecía injusto, una falsa asimetría, pero ahora lo atraía la boca del desagüe, la señaló sin dejar de mirarlo a los ojos. Bueno, andá pero no metas la mano que se te puede quedar trabada (encima de forro, terrorista). Dio un par de pasos, se frenó, volvió junto a él, pensaron, dijeron, me asusta, ¿me acompañás? Los dos dieron media vuelta y entraron por la puerta hacia la cocina, allí ya sonaban fuertes y vivas las voces.
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