Hace un par de días venía caminando por la calle como cualquier mortal que puede y quiere darse ese lujo. Estaba fresco para chomba, así que había que andar por la vereda sobre la que daba el sol. Por ahí andaba cuando me crucé con un tipo bastante raro en apariencia, al menos dentro de lo que uno considera como fauna urbana autóctona. La cuestión es que me pidió unas monedas para el bondi. Teniendo en cuenta que estaba frente a la terminal de colectivos, el pedido me pareció genuino. Al fin y al cabo no tenía pinta de magnate pero tampoco de alcohólico o drogadicto simpático. Ojo, en el momento supuse que podía haber trampa, pero accedí sabiendo que en ese caso se había ganado las chirolas por haber planificado con algo de cuidado el mangazo.
Mientras revolvía cabildos, escudos y el resto de la parafernalia patriótica que había en mi bolsillo, el tipo me comentaba que vivía en el pueblo y que no venía muy seguido porque siempre le pasaba “algo” cuando venía para acá, una mala suerte también llamada mala predisposición. Inmediatamente me agarró algo así como una curiosidad infantil, lógica dada mi condición de infecto ciudadano nativo ¿Qué clase de cosas pueden llevar a un amable forastero a desarrollar un temor semejante, pasando por sobre una mina, un lugar o una hora hasta abarcar una ciudad entera? Me miró con algo de desconfianza (se ve que se le pasó rápido) y confesó: “En realidad me pasó algo horrible una de las primeras veces que vine, pasaron 7 años hasta que me animé a volver”. En ese momento supe que tenía que mandar todo al carajo y prestarle mi atención a ese pobre muchacho, porque seguramente tendría una gran historia para contar. Como suele pasarme desde que tengo memoria, esa tarde, como las otras tardes claves en mi vida, estaba absolutamente al pedo; digamos que la anterior fue más una palmada en mi propia espalda que una declaración de principios. Nos sentamos en la mesa del bar y le pagué un café. Yo me quedé escuchando y mirándolo desde el otro lado de la mesa; consciente de que en el bolsillo sólo me quedaba una casita tucumana y un papelito con un número que, más tarde y para mi desgracia, perdería para siempre.
Lo que me contó es lo que sigue a continuación, reproducido de un modo bastante más depurado (algunos pasajes son tan bizarros que desbordan la mesa de café), sin aroma a confesionario y con sólo 10% de material de relleno, a fines de recrear un relato aleccionador... o no.
Resulta que un día llega el circo a la ciudad. El despliegue que hacen es tremendo: cantidad de publicidades a todo color en los diarios locales, empapelado compulsivo de las fachadas de las calles, jingles pomposos que parecen manejar a voluntad las emisoras de radio y alguna que otra aparición televisiva en el canal de aire. Claro que, en realidad, el circo todavía no llegó. Las carpas, los remolques, las bestias feroces, sus jaulas, los acróbatas majestuosos, sus jaulas, los pañuelos de colores y el resto todavía están en la ciudad donde tuvieron “un éxito rotundo”. No se necesita hacer un posgrado en marketing para saber que, si el espectáculo cayera un día de sopetón y decidiera actuar esa misma noche para luego irse, poca gente lograría verlo y después contarlo. Para ahorrar esa sangría de días y optimizar el desarrollo de la gira, el dueño del circo avisa que vendrá y le encarga a un fenomenal mago la tarea de adelantar la expectativa de día de estreno cuanto antes y tanto como sea posible.
El ilusionista prepara una serie de trucos que no son ni más ni menos que los ya mencionados. Los afiches que en un país se leían en claro portugués o inglés o francés se transforman al español en un tiempo muy breve, en un toque. Las músicas circenses no hace falta traducirlas, basta con mencionar a voz en cuello -para que se oiga apenas por encima de la canción- que viene el circo. Lo último es lo más sencillo y también lo más divertido, se cuelgan unas cuantas guirnaldas apelativas como “¡Sensacional estreno!”, “¡El espectáculo que recorrió el mundo!”, “¡Olvídese de su miserable vida por una noche!”, “¡Una oportunidad única!” o “¡Gánese el respeto de sus hijos sin sacarse el cinturón!”. Las rutinas televisivas son las más difíciles, ya que les toca anticipar un tramo del espectáculo de la forma más concreta posible. Generalmente el problema se soluciona con una entrevista en la que se pasan imágenes previamente grabadas para complementar las declaraciones del invitado, que sería una especie de segundo ilusionista que se presenta como miembro y portavoz del circo. Al finalizar la charla conviene emplear algún payaso o mimo de ocasión debidamente remunerado y con la experiencia necesaria. La elección no se debe a que sean dos de los más bajos exponentes de la aristocracia circense (un veredicto sumamente injusto por otra parte), su virtud es que ambos saben ganarse el pan sin recurrir a la palabra. Así, queda fuera del casting una numerosa y muy peculiar variedad de payasos.
Saturada la ciudad, fue cuestión de que alguno se pegara una vuelta por allá para traer la noticia al pueblo, donde no hay alma que logre la indiferencia ante una novedad semejante. Lo lindo del asunto, viéndolo desde más arriba, es que, gracias al desarrollo de la tecnología, las grandes ciudades ya pueden difundir mucho más rápido las novedades populares non políticas, así que ya no cabe decir que la noticia corre mucho más rápido aquí que allá. Eso sería una verdadera estupidez. Las noticias no tienen patas, señor. Volviendo a la historia y al pueblo, en el espacio que hay entre los indolentes y los todólogos está la mayoría, que tiene ganas de ir y empieza a preguntar qué, cómo, cuándo, cuánto, con quién, etcétera. Después los otros bandos se disputan la razón sobre si hay que asistir o no, sobre si entretiene, estupidiza, entrediza o estupiene. Lo curioso es que prefieren quedarse en casa y, al día siguiente, después de leer el diario, decir por encima del hombro: “Viste que yo tenía razón”. Terminada la pavada se pasa a las necrológicas, el pronóstico, los crucigramas, las reseñas de cine, literatura y todo lo que hace girar al mundo. Pero en el medio está el problema de los que se dejan tentar por la chance de ver al circo y quieren estar allí para ser parte de esa noche mágica, colados o no.
Mientras el tipo me contaba, repasaba en mi memoria los detalles sobre la fecha de ese evento. Yo tendría algunos años más que él en el momento en que supo de la venida de ese circo, cuyo nombre no me sonó a nada en el medio del mar de espectáculos y artistas que semana a semana han ocupado las carteleras de la ciudad desde entonces. Supuse que no era de los más exitosos, que son los que siempre vuelven, y que esa gira mundial habría sido la única y no habría sido tan mundial. Algo que no había cambiado con los años y que yo recordaba era que los circos se anunciaban siempre apostados en dos o tres lugares estratégicos de las afueras de la ciudad, sobre alguna ruta o avenida importante, esta vez se trataba, convenientemente, del acceso norte. A los espectadores se les hacía fácil llegar y a los del circo rajar.
Hasta este momento el muchacho venía bajando en picada en cuanto a buen ánimo, claridad en la voz y cantidad de saquitos de azúcar en la mesa. El monstruo se había bajado siete. Cuando le pidió más a la moza, ni ella ni yo pudimos hacer más que cruzar una mirada patética, acentuada por la mala iluminación del bar. Lástima, era muy linda. En fin, dejé de lado mi conjetura sobre la posibilidad de que el tipo hubiera venido mal de fábrica y me incliné a escuchar con más atención, seguro de que la historia finalizaba con algún tipo de trauma fundamental.
La idea de ver el circo lo atrapó en pleno vuelo entre la niñez y la adolescencia. Había que pasar un par de obstáculos para llegar hasta la ciudad, pero estaba convencido de poder vencerlos. La plata para la entrada se la prestó su abuela, aunque para eso tuvo que pasar una tarde entera entre mate, tango y telenovela. Generalmente le preguntaba por el cantor de algún valsecito criollo que le quedaba bailando en la oreja, o fingía estar interesado en el desenlace del enésimo capítulo final de “Amor y lucha de clases”, pero eso era sólo cuando estaba allí para darle el gusto a la nona. Después, a diferencia de aquellos padres que se entusiasmaron tanto o más que sus hijos, él tuvo que lidiar con posturas jodidas. Desde que tenía uso de razón, el padre estaba en la vereda de los todólogos, en ese momento en el rincón anti circense, y la madre en la de los indolentes. Esa vez la suerte le dio una gran mano: ella había dejado en la mesada unos pesos que habían sobrado de la última ida al supermercado. Como en ese momento le daba lo mismo usar la plata para A, B o Circo, se la dio a su hijo para que se pagara el pasaje de colectivo. En realidad le sugirió mal y no tan pronto que hiciera lo que se le cante el culo.
Integrado a la banda que lideraba el hermano mayor de un amigo, fue hasta la terminal para averiguar los horarios de la ida y la vuelta. Por la tarde ya estaban en la puerta esperando que el colectivo apareciera. Partieron a las siete y viajaron al compás de la caída del sol con mucho entusiasmo.
Llegarían a la ciudad y a la decepción, a las coordenadas precisas y la hora exacta de la noche en que nació ese engendro glucómano y sin destilar. Ya tenía un panorama bastante concreto de cómo iba a terminar la historia y, como se estaba haciendo de noche, traté de apurar un poco la cosa. Le tiré la pregunta para que se desahogara en tiempo y forma, para que me dijera lo que a esa altura cualquiera supondría: había comprado uno de esos buzones que saben vender los que se dicen productores aunque, como él los había definido, tienen más pasta de ilusionistas. O sea, el circo fue un fiasco, los leones y las demás fieras parecían haber sido trasladados en una piscina gigante llena de té helado, los payasos eran tipos sin talento que sólo sabían tropezar de manera grosera y previsible (si es que lo hacían a propósito), los acróbatas tenían alma de contador público, la carpa olía a mierda, la iluminación estaba pensada para los que habían comprado plateas, el show terminó antes de empezar y la música sonaba como si estuvieran tocando con instrumentos de chicle. Pero la verdad, su verdad al menos, es algo que todavía no creo a pesar de que releí y repasé la historia todas las veces que pude mientras no estuviera durmiendo o haciendo avioncitos de papel que pudieran traerme a su regreso aquel papelito que tenía en mi bolsillo.
No hubo circo (¿¡qué!?). Así de simple. Cuando llegaron al lugar que indicaba el anuncio no había nada más que pasto, tierra y penumbra. Un baldío como cualquier otro, cercado con alambre, algo de basura tirada acá y allá hasta donde la vista alcanzaba a describir (me estás jodiendo). Parecía un chiste, una broma demasiado pesada para llevarla adelante. Empezaron a dar vueltas sobre sí mismos y descubrieron que eran los únicos que estaban ahí preguntándose qué había pasado. Nadie los acompañaba en el desconcierto y en el pataleo de dónde puta se metió el circo (capaz que se equivocaron de lugar o habían pasado la fecha), así que empezaron a caminar hacia la ciudad en busca de alguna respuesta para semejante desgracia. Les tomó algo así como diecinueve minutos llegar hasta el borde de la ciudad propiamente dicho. Cuando llegaron, todos rieron medio tristones al recordar que el hermano mayor y líder había decidido que se bajaran del colectivo en las afueras de la ciudad y no en la garita de la entrada, “para caminar menos” (evidentemente no pegaron una).
Además del circo que no estaba, en la zona no había más que unas pocas casas, todas bastante parecidas entre sí: chatas, descoloridas, con pequeños jardines que daban a la calle pero sin flores ni plantas que cuidar. Las más pertrechadas tenían a lo sumo una reja o tapial a lo largo de todo el frente y un caminito de piedras para llegar desde la cancel hasta la entrada. En las ventanas no brillaba una sola luz que permitiera ir a golpear la puerta. Sin discutirlo enfilaron hacia una estación de servicio de las viejas, donde el sabor a olvido se hace fuerte como el olor a humedad mezclado con grasa y nafta. Entraron en el barcito al galope y se asomaron por sobre el mostrador donde descansaba buena parte del que era el encargado. Le preguntaron por el circo. El flaco ojeroso los miró muy extrañado, tanto que les dio tiempo a que intercambiaran un par de frases por lo bajo. Los chistes fueron bastante obvios: que el turno de 25 horas lo está matando, que el último cliente que pasó le pagó en australes y le dijo que en un ratito volvía para abonarle el resto, etcétera. Se rascó la cabeza mirando al piso y les respondió con la pregunta fatal: ¿qué circo? Exasperados, todos juntos y sin pedir permiso empezaron a hacer las pantomimas de los comerciales de televisión, tararearon los jingles de la radio y repitieron como loros enlorecidos el nombre del show y de los artistas estelares. El encargado se asustó bastante (sobre todo con las imitaciones de los contorsionistas y los payasos), pero al menos se despabiló ante tanta confusión. El despliegue terminó siendo en vano, el tipo decía no saber nada al respecto. Su aspecto y su voz lo confirmaban: “Disculpen pero no leo los diarios, la radio la uso para escuchar música de vez en cuando y tele acá no tengo”. Los despidió con una sonrisa tristona -segunda de la jornada- mientras los acompañaba hasta la puerta. Ya del otro lado de la entrada, se quedaron un rato decidiendo para dónde ir. Cuando se volvieron para pedir direcciones encontraron que el encargado ya estaba durmiendo otra vez, plácidamente, como en su propia casa.
A esta altura no había diálogo posible entre los pibes. El hermano mayor y líder era el que más defraudado aparecía. Siempre había sido el primero en reírse y echar a andar cada vez que habían dudado, pero ahora, sentado en el cordón de la vereda frente a la estación, parecía tan pesado que no lograrían levantarlo jamás. Encima era contagioso, no era casualidad que fuera el mayor y luego el líder. Se sentaron todos en la garita frente a la estación de servicio, donde paraba el interurbano. Ya no tenían ganas de seguir caminando. Se habrían dado cuenta de que ninguna explicación haría aparecer el circo por arte de magia o alguna otra. Ni siquiera podían quejarse de nubes negras o frío blanco como para pintar un cuadro del todo deprimente. Sólo había el hecho de que no había nada, esa era la cuestión. Ya subidos al colectivo, el viaje de regreso durmió a la mitad de la banda (la otra iba del lado del pasillo).
Al día siguiente los diarios les estamparon la cachetada definitiva. La crónica indicaba que el espectáculo había sido “memorable”, el circo había estado “repleto”, la ovación final había sido “estruendosa” y los organizadores ratificaron que el evento “fue un éxito”. Había fotos grandes y coloridas que retrataban la arena, los aros llameantes, el domador de leones, el elefante, los acróbatas sin red, los niños y los payasos posando para el fotógrafo, ¡el anunciador del comercial de televisión! Incluso había un breve recuadro con declaraciones de padres maravillados, todos citados por su primer nombre apenas, recomendando el circo y poniéndole la firma a un recuerdo que para los chicos sería imborrable. Para ellos que lo habían leído no había consuelo. Tan atónitos estaban que no atinaron a protestar por ningún lado. Era una mentira colosal, una falacia indenunciable ¿Cómo explicar que eso nunca pasó? El silencio aplastó hasta la puteada más modesta en todas las casas.
Más tarde se juntarían y se contarían todo esto, convencidos de que había que hacer algo al respecto. Delegaron la responsabilidad en el hermano mayor y líder. Sin demoras y sin protestas, decidió emprender el viaje a primera hora del día siguiente. Tuvieron novedades una semana después, cuando supieron sorprendidos que durante la gesta heroica le habían ofrecido empleo y departamento. Sobre lo del circo no había averiguado nada, pero tenía una invitación para un recital. Todos la declinaron amablemente sin entender qué le había pasado. Pasó el tiempo y nunca volvió a haber novedades sobre el tema ni sobre él. Algunos más intentaron viajes de fin de semana para recuperar contacto y de paso conseguir algún dato, pero cada uno que iba volvía mareado de hemerotecas, carteleras, publicidades y músicas. Lógicamente el interés por develar el misterio bajaba con cada intento, al mismo tiempo que la ciudad se les hacía cada vez más familiar y más atractiva. Los trayectos se hicieron frecuentes para la mayoría, que ya no pensaba en el gran fiasco del circo. Era algo así como un mal sueño que todos habían tenido una misma noche, o tal vez lo había tenido uno solo y se lo había relatado con excesivo dramatismo al resto. En cualquier caso, de eso no se hablaba. Cada uno volvía ansioso de repetir la visita, maravillado de lo que había visto, oído y probado. Con los años se fueron mudando definitivamente, siguiendo la senda del hermano mayor y líder, que lo seguía siendo a pesar de haberse perdido para siempre. Como él, nunca volvieron al pueblo ni supieron nada de lo de la noche en cuestión.
En cuanto al protagonista de esta historia, es el último que quedaba viviendo allá. No sé si lo que contó es, como lo planteó en algún momento, un mal sueño, un desplazamiento entre su realidad y la realidad. En mi recuerdo sigue habiendo algo sospechoso en los gestos y las palabras que van desde la charla enfrente de la terminal hasta que nos despedimos de la moza. Pero, lo dije al principio, podría haberse tratado de un muy buen actor que estaba juntando unas monedas haciendo lo que mejor sabía. Mi temor es que todo esto no haya sido sólo un cuento, que las monedas que le di no fueran suficientes para pagar el pasaje de vuelta.
1 comentario:
SIMPLEMENTE ESPECTACULAR
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