martes, 9 de mayo de 2006

Hasta acá llegó el olor

Los dos pibes se miraron extrañados, pero no era por el sospechoso título que recién, sin más advertencias ni explicaciones, los ha sentado de culo en una callecita angosta con el pasto sin cortar y las bolsas de basura sin cerrar. Realmente ni la vereda ni el olor de las aceiteras ni la tarde rojiza eran novedad; eran lo propio de ese día y del de ayer, cosas que a esa altura valen muy poco. Después, quién sabe. Tampoco era el hecho de que la temperatura y la humedad estuvieran ligeramente por arriba de lo habitual en esa época del año.

Probablemente no podrían expresarse al respecto con la elocuencia de los meteorólogos de la radio y la tevé. Lo cierto es que algo de extraño había en la escena, pero no lo advertirán hasta que irrumpa en la introducción un tercero. Se sabe o se cree (o se sospecha), durante la infancia es habitual que las grandes cantidades de tiempo libre lleven a pichones como estos a acometer empresas arriesgadas, excitantes, mucho más intrincadas que la de machacar el cordón de la vereda con los glúteos durante -por lo que se puede interpretar- varias horas. Tal vez se encontraban a la espera de un objeto volador no identificado, o en su defecto, al dueño de un objeto similar en la descripción aunque muy identificable por la forma esférica y la áspera textura de cuero o símil. A juzgar por la falta de mugre en cabellos y zapatillas y la monotonía en el tono de sus voces, es casi seguro que se trataba de un día de semana en pleno período lectivo. Hablando con toda sinceridad y apelando a una contundencia que raras veces proporciona la lengua, eran la personificación del embole.

La calma se rompió afortunadamente, como cuando se rompe un jarrón horripilante, dado que delante de ellos ahora pasaba un viejo inquietante, salido por detrás de la esquina de enfrente unos segundos antes. Puede que el adjetivo haya sido un tanto exagerado visto desde la comodidad de quien está por terminar un pequeño párrafo, pero bueno, así son los niños cuando no hay quien se ocupe de ponerles límites, piensan como cualquier maleducado y después hay que escribirlo.

El tipo curtía una respetable joroba debajo de un pullover tejido color bordó, gastado (la prenda, no el hombre) como los autos de los años cuarenta y cincuenta. El más petiso, Raúl, se hacía el distraído jugando con una piedrita, haciéndola rebotar en el rinconcito que había entre sus pies, la calle y el cordón de la vereda. El otro era bastante más inquieto y por ello afecto a la observación en un grado que ahora permite continuar con la descripción iniciada más arriba. Miraba atentamente, pues, y le causaba fascinación la lentitud con la que se desplazaba el ya mencionado anciano. Iba, pero con mucha cautela en eso de no levantar el pie derecho hasta tanto el izquierdo hubiera dado la orden, al igual que en todos los movimientos complementarios como mantener el torso erguido, las piernas firmes y los corazones contentos. Entonces el pibe como que empezaba a reírse pero luego no, la expresión de su rostro lo frenaba, acaso manejado por el fantasma vespertino de la tía, la abuela o alguna figura de autoridad un poco más severa. Mientras tanto, el tipo daba dos pasos más, balanceando los brazos apenas y con esfuerzo, como para cumplir con el estatuto nunca promulgado de Cómo Caminar Correctamente Carajo. Para acentuar más la imagen de proeza en progreso, la cabeza del viejo iba ligeramente inclinada hacia abajo, como si no pudiera prestarle atención a otra cosa que no fuera ese bache en la vereda donde las baldosas estaban desprendidas y había un hueco considerable que debería sortear dentro de diez u once pasos (unos treinta y siete segundos más o menos).

Por de pronto, Raúl hacía todo el esfuerzo posible por no llamar la atención; miraba durante instantes, espiando como quien no quiere ser visto viendo, ¿vio? Es probable que tuviera tías o abuelas más severas y constantes que las del otro pibe, o bien que en lugar de curiosidad sintiera alguna de esas cosas que para los chicos todavía no tienen nombre y que los adultos tarde o temprano terminan deformando hasta que es imposible diferenciarlas del miedo, la compasión o la vergüenza. En fin... Sin dejar nunca de hacer rebotar la piedrita contra el piso y luego el cordón, le susurraba a través de la comisura derecha de los labios a Fito para que dejara de mirarlo fijo. Éste aflojó un instante en la pugna por reírse o no y lo frenó con el famoso par imperativo -callate, mirá-, terminando con un sutil codazo a la altura de las costillas. El petiso dio por concluido el intento de disuadir al otro, más menudo, y como quedó demostrado, aparentemente, más audaz. Así fue que volvió a lo que estaba haciendo, piedrita-piso-cordón, y a lo que no debería hacer, espiar la lenta caminata del señor de bordó gastado que en ese momento apoyaba un brazo en un árbol para cruzar el hueco que parecía venir calculando durante los últimos cuarenta segundos.

Cuando el viejo finalmente acabó de cruzar, la cara de Fito era algo así como el foco rojo de un semáforo, con las manos tapándose la boca que ya tenía forma de paréntesis o de medialuna por la que asoman los dientes de una carcajada. Lo que había durado la maniobra lo aprovecharon para acercarse mediante saltitos sobre el cordón, la cuestión era no pararse y ser descubiertos, alejándose de la esquina y arrimándose a la acción. Afortunadamente el primero logró ahogar hasta el último ja, mientras que Raúl -también tentado a reír, pero sosegado ante aquella sensación indefinible del comienzo- le rogaba colgado del hombro que aguantara. Pero si toda esta pantomima secundaria era digna de detallarse, la que ocurría enfrente, la que la había desencadenado, era realmente impresionante.

El anciano se había frenado delante de la encrucijada y había pensado un momento antes de lanzarse. Por momentos parecía que lo recorría un ligero temblor, como cuando de súbito sopla un viento frío. Se notaba especialmente en la forma en que los brazos colgaban a los costados del cuerpo. La vereda estaba bastante maltratada en toda su anchura y hacia adelante era casi un metro de cascotes y baldosas sueltas. El único plan B posible, el de bajar a la calle para volver a subir del otro lado, era un camino más sencillo, pero a la vez demasiado agotador para un hombre de esa edad. Y quedaba todavía media cuadra hasta llegar a la esquina. Antes de empezar tomó aire hasta llenarse, hasta que por un instante desaparecieron las arrugas de la cara y del cuello. Lanzó una última mirada en derredor, de esas que sólo los viejos saben lanzar, como si fueran reptiles en un documental, con los ojos penetrantes que casi vibran mientras la cabeza rota hacia uno y otro lado. Quizás buscaba ayuda, tal vez era para cerciorarse de que no había testigos, incluso cabe pensar que quería tener la seguridad de que en la cuadra sólo estaban esos dos pares de ojos truhanes que se le habían arrimado unos metros para ver más de cerca, aunque a Raúl le pareciera una mala idea. Entonces fue: pie derecho sobre una primera baldosa medio enterrada, un punto fijo, un paso seguro, el brazo izquierdo siempre extendido a la altura del hombro para ir apoyándose contra las puertas y las paredes que hubiera a su alcance, pie izquierdo a tierra entre dos cascotes, segundo paso seguro, pie derecho corriendo un pedazo de ladrillo para caer de lleno en la tierra, torso inclinándose excesivamente hacia la izquierda, reptil tambaleando, miradas de Fito y Raúl haciendo fuerza (para qué lado, imposible saberlo) brazo izquierdo tembloroso al rescate apoyándose contra una puerta de madera, suspiro, pie derecho finalmente a tierra, pie izquierdo avanzando alejado del derecho para ganar más equilibrio, anciano jadeando bajo un rostro deformado en una especie de sonrisa, pie derecho pasando por arriba de dos baldosas rotas hasta llegar a una sana, mano izquierda alcanzando un poste de luz que anuncia la llegada al otro lado, pie izquierdo sano y salvo, pie derecho sin complicaciones.
Jadeante aunque un poquito menos, el viejo seguía teniendo esa sonrisa, esa edad, esa lentitud y ese tembleque que ninguno de los dos pibes podía explicarse. Ya repuesto del esfuerzo, el tipo caminaba con la misma dinámica y velocidad que antes del cruce; ni un metro sobre segundo más, ni uno menos (que ya sería lisa y llanamente caminar para atrás). Parecía recuperado y dispuesto a completar la media cuadra que le quedaba. Raúl estaba realmente impresionado. Por eso y por aquella sensación indefinible del comienzo le sugirió a Fito acercarse hasta el señor y ofrecerle su ayuda luego de haber ejecutado semejante acto atlético. Pero otra vez fue “callate y mirá”. Otra vez piedrita-piso-cordón. El pibe ya no estaba tentado. Era otro el interés en seguir el trayecto del abuelo (porque todos los viejos son abuelos, ¿no?). Agarró al petiso del brazo y, otra vez a los saltitos por si el viejo se daba vuelta, avanzaron unos metros más hasta llegar casi a la mitad de la cuadra. Claro que el tipo se iba a dar cuenta si llegaba a frenarse y girar en otro de esos movimientos de reptil. En realidad no importaba demasiado, la curiosidad, hasta donde se sabe, sólo mata gatos.

Se sentaron contra el portón de un garage ancho, justo enfrente de la parte de la vereda donde el viejo había tenido su gesta heroica. De haber tenido unos años más probablemente se habrían puesto a parlotear allí mismo acerca de sus sensaciones sobre lo que acababan de ver, sobre sus propios abuelos, sobre la vejez en general y así hasta llegar a la vida, la muerte y la mar en coche (tres categorías del pensamiento igualmente perturbadoras). Ahora estaba a un par de metros de la ochava. Era el momento clave para ver si seguía derecho o doblaba hacia su izquierda. Las otras dos opciones eran simplemente descabelladas. La de volver hacia atrás porque era un sinsentido ¿Para qué ir hasta la esquina y volver y cruzar entre cascotes y piedras? No había esquina en el mundo que ofreciera algo tan maravilloso como para justificarlo. Mejor dicho, no la hay cuando apenas se tiene una decena de años vividos y se trata de meterse en la piel de aquellos que tienen muchas más en su haber. La de doblar hacia la derecha era también un tanto absurda. Si ese era el plan, hubiera sido más simple cruzar la calle a mitad de cuadra y evitar los cascotes y las piedras. Así fue que, justo cuando había que decir que ninguno de los dos había tenido tiempo ni ganas de dedicarse a tanto cálculo y tanta probabilidad, el viejo ya estaba parado como un reptil en la esquina y empezaba a girar para perderse de vista junto con lo poquito que quedaba de naranja en el cielo.

Raúl bajó la cabeza y empezó con la piedrita-piso-cordón. Pero no duró. Fito se levantó y, sin dejar de mirar hacia la esquina, le dijo que ya era tarde, que había refrescado y que se tenía que ir a bañar. El petiso lo miró extrañado; no era habitual lo que le escuchaba decir y mucho menos la seriedad con la que le hablaba. Se sospecha, se cree (o se sabe) que los niños más audaces rara vez tienen ganas de bañarse, de abrigarse o de volver a sus casas sin un amenaza de chirlo o de tirón de orejas que los haga entrar en razón, especial forma de exponer que “si no venís ya, te fajo”. Lo que el chico decía, pero sobre todo cómo lo decía, indicaba que algo había cambiado. Y una vez más, como al principio de esta historia, parecía tener que ver con el viejo que doblaba la esquina. El otro entendió la intriga, por eso no se quejó. Luego de levantarse emprendió un trote rápido hasta ponerse a la par de Fito, que estaba llegando al cruce. Allí ambos miraron hacia la izquierda para verificar que no venían autos y quedaron perplejos. Era prácticamente en la esquina siguiente, a algo así como cien metros, donde el viejo y su respetable joroba se reían con ganas, apoyados contra un árbol.

Como si hubiera salido de la casa de al lado, el señor hablaba tranquilamente con otro que tendría más o menos su edad, un gordo petiso sentado en una reposera que él mismo habría plantado allí, en la vereda, luego de la siesta. A pesar de que el viejo se paraba justo enfrente, el tipo no parecía prestarle mucha atención ni a su relato ni a nada que no fuera el mate y el termo que se escondían en su regazo. Fito y Raúl miraban y escuchaban reír al viejo del pullover bordó con ojos y orejas que no creían lo que sus cabezas empezaban a deducir. Cruzaron la calle sin perderlo de vista, como si fuera a desaparecer. Pero también cruzaron rápido, como si fuera a ir tras ellos. Cuando llegaban a la otra vereda, el viejo giró el cuello y los descubrió en una de esas miradas que parecen de reptil. Con el brazo izquierdo extendido firmemente, se los señaló entusiasmado al gordo de la reposera, pero para cuando este terminó de cebarse el mate sólo había uno de los dos que había mencionado. El otro, acaso el más audaz, se había quedado mirándolos en la esquina. Un instante después, echó a correr detrás del anterior a toda risa. Perdón, a toda prisa.

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