martes, 28 de marzo de 2006

Instructivo para un día, ayer

Justo cuando usted cree que no vale nada, que si hay alguien que tenga la manija de esta bola verdeazulada no es precisamente usted, que las señales de giro, semáforos, veredas, bocinas y sendas peatonales lo han reducido a una nada sin voluntad, consciencia o amor propio, ahí es cuando usted despierta a esa sensación molesta de que se está perdiendo algo. Es cuestión de minutos, de un tiempo más o menos corto, para que todo se arme mejor y gastando mucho menos que un productor cinematográfico; ojo, si no gasta tampoco pretenda ganar guita con esto, para eso está la profesión arriba mencionada. Eso sí, esto es realidad pura, así que no se extrañe de que el grueso de la población no esté atenta a lo que está por suceder. En el estado en el que usted se encuentra habitualmente jamás lo hubiera visto venir, pero hoy tiene la suerte de saber que ayer le hubiera sido imposible apartar los ojos de semejante espectáculo.

La conmoción en el hormiguero no tiene que ver con la irreverente mano de un niño empuñando una de esas colosales ramitas, archiconocidas enemigas del patrimonio arquitectónico y la planificación urbana. Primero una señal incofundible en el aire, un perfume de lo inevitable. Luego el viento acaricia las antenas dormidas, la piel entumecida bajo las ropas comunica ansiedad, tacto viejo que vuelve en un escalofrío. Mientras tanto el sol comprende y emprende la huida; su conjura contra la colonia se interrumpe luego de varias horas de luz agria y laburo espeso. El cielo se deshace de su celeste grisáceo (poesía barata no apta para seseosos), pierde la infinitud de las primeras horas, todos lo perciben: un macizo de nubes oscuras que inspira terror y se extiende. El barrio de arriba se hace realmente pesado ante los ojos de los de abajo y ni hablar de los que están más allá de uno y otro lado. Los colores se mueven lentamente hasta que ya es una mezcla de matices demasiado difícil de describir, y acaso también inútil. En esa lentitud, esa calma del desenlace obvio, se desata el desasosiego, la prisa, sálvese quien pueda, corran a cubierto, primero usted, después su mujer y sus niños y después qué importa; se sabe que el tiempo nunca alcanza cuando el final se sabe de antemano. Pero bueno, todos se esmeran en llegar tan lejos y tan rápido como sea posible, es una cierta rebeldía descerebrada, un protesto del libre albedrío. Quizás es algo mucho menos profundo de lo que usted suponía y gracias a su irrefrenable audacia intepretativa ha terminado por darse la cabeza contra el fondo de la pileta. Ahora levántese y siga que aún no ha visto nada.
Ya entregado a la observación minuciosa de la debacle, no descuide la bolsa de hielo que ha aplicado sobre su sesera, marote o como más le guste. Notará con el más puro asombro que todo ha comenzado sin que usted se diera cuenta, en una burla lisa y llana a su gesto de dedicar el 110% de su atención (monto que, de haberlo destinado a lo que corresponde, podríamos seguir llamándole útil). Pero sea sincero: para usted ya es toda una costumbre desviar su atención de donde corresponde... y si todavía reniega de ello pregúntese qué carajo hace leyendo esto.

Las primeras gotas pasaron inadvertidas en medio del apuro de todo el mundo, como era de esperarse. De esa etapa a la calamitosa, a la del río que corre de arriba para abajo, la mañana avanzó sin escalas, en otro momento intedectable, subrepticiamente (pronúncielo un par de veces, vea qué tremendo adverbio).

Dependiendo del léxico disponible podría decirse que un chubasco, que lluvia, que chaparrón, que lloran los ángeles (pero esto ya sería demasiado), que caen teresos de punta, que Noé ya está sacando el arca, que Rosario pasada por agua. Si alguien dice telón en lugar de cortina es porque la intensidad de la caída llega a afectar la visibilidad, y vuelve las veredas transitables sólo para aquellos espíritus más intrépidos, los urgidos y los que les gusta chapotear y salpicar al que pasa por al lado. En fin, verá que la película acuosa se ha extendido de manera total y uniforme en cuestión de unos pocos minutos, la tierra ha cedido en el hormiguero y las formas se han hablandado; si no se deshacen al menos se limpian un poco. Con los hombres parece que pasa lo mismo, el agua los lava, los enjuaga (con cierta aspereza) hasta que encuentran un techo, una galería, un paraguas generoso, un resquicio en el que al llegar se encuentran con un algo inusual: están despiertos y completamente despabilados y ni siquiera es mediodía.

Mírelos bien, se sonreirá al ver que se sacuden como perros recién bañados, comparación de una exactitud irrebatible teniendo en cuenta que tanto unos como los otros han sido mojados a la fuerza. Se frotan los rostros y los brazos y las manos y desparraman la humedad al intentar quitarla. El reparto de agua se siente bien en la piel, como un recuerdo de la ducha en la mañana. Obviamente esta comparación es decididamente menos irrebatible que la anterior; hay mucha gente que no disfruta o no acostumbra o tal vez no puede darse una ducha en la mañana, y como tal merece ser tenida en cuenta... Y NADA MÁS. Los oídos se pierden en una multitud de ruidos, aunque correspondería hablar de sonidos, que florecen ante la detención simultánea de gran parte de los transeúntes. Piénselo bien, no es que haya silencio, los colectivos y vehículos siguen andando, echando humo y metiendo ruido sin problema; se trata de que los tipos han despertado, han dejado de marchar para poder ver y escuchar (la rima es circunstancial, siga por favor). No se preocupe por los que todavía no se han despabilado y siguen dando vueltas en la misma baldosa y apurando el cuándo parará, es cosa de un ratito hasta que se resignan al hecho de que ese lugar, esa persona, esa cosa, ese trámite tendrá que esperar.

Vea cómo el hombre recuerda por un ratito que es insignificante su voluntad comparada con la del mundo que le hospeda, y acaso es tan bella la imagen que despliega en las calles como el darse cuenta de su significado ¿Tal es la magnitud de la lluvia, tal puede ser el poder de las fuerzas que rigen la Tierra? No pierda tiempo en buscar la respuesta en su colección de Billiken, concéntrese en lo que está pasando, en lo que le está pasando. Con el despertar renace, se desentumece, la sensibilidad, cosa poco útil y menoscabada en estos tiempos por las prioridades, los objetivos, las tareas y las responsabilidades (cuatro palabras progre cuatro). Entonces es cuando usted debe afinar la vista, la percepción que por esa misma circunstancia se ha agudizado y perfeccionado en este momento, porque por fin logran verse allí, delante, debajo y empapados por esas patota de gotas gordas y sonoras. El encuentro es extraño y refrescante, reconforta aunque más no sea porque qué tiempo loco no y yo que salí sin abrigo ni paraguas y al final me mojé toda y bueno a todos nos pasó alguna vez, che. Claro que el más común de los casos es torpe y previsible en el diálogo, lo hacen a tientas y con la cautela que implica esa situación incómoda de no tener lugar a dónde llegar urgente porque sino mi jefe me mata. De común acuerdo (tácito), comulgan en mirar cómo el agua sigue en un perpetuo estrellarse por todo el hormiguero, primero de arriba hacia abajo, luego de derecha a izquierda, más allá de izquierda a derecha, por cada canaleta, junta de baldosa o peinado raya al medio, y por último no falta el bendito iluso que se distraiga unos minutos más esperando que llueva de abajo hacia arriba. Por favor, no se ría de este último.

Otra vez, justo cuando usted empieza a sentir la incertidumbre al final de las frases hechas y mejor la próxima me fijo en el pronóstico, justo ahí es que la inquietud retrocede entre toda la comunidad. Llueve un poco menos, sigue copiosa la cosa pero al menos ya se ve nítida la vereda de enfrente, asoman la cabeza para que las antenas tanteen cómo viene la mano en el resto de la ciudad, todavía no es seguro salir, vos andás con mucho apuro pero tengo ganas de tomar algo y yo también pero es que estoy justísima con el horario viste al final qué tiempo loco, no. Las antenas y las miradas recuperan aquel vigor febril de hace unas horas, se van desentendiendo amablemente los unos de los otros mientras revisan el estado del Sagrado Selular, los papeles, las pilchas, los pelos y otros indispensables que no empiezan con P.

Usted se indigna -ya no le hace ninguna gracia como para decir que es sorpresa- al ver que la lluvia ha cesado otra vez de repente, sin garúas intermedias ni leves lloviznas ni brisas de calma ni nada. Bueno, cálmese carajo. Paró, che, y siempre que llovió, menos mal y algún otro murmullo de despedida antes de hundirse en el sopor autómata que reina una vez más en la calle, si sólo se trata de unos mililitros de agua más y unos gradus celsius menos, será cuestión de ir a buscar una campera a casa en cuanto tenga un ratito.

Los hombres reanudan la marcha, no hay tiempo que perder (nunca); una llamada, no, mejor un mensaje de texto, me agarró la lluvia (préstele atención a esta frase), estoy llegando, gritan los condenados por la redes de telecomunicaciones, liberados al fin de la tiranía del clima. Los que tardan más en retomar el ritmo avanzan mirando al cielo, pensando con culpa indescriptible que se despeje cuanto antes. Entonces ya no hay nada digno de ver, no cabe esperar nada más de ese día a menos que ocurra otro minidiluvio, pero el del noticiero niega y su meneo de cabeza es ley. Lógicamente, usted masculla a esta altura que la lluvia vuelve más buena a la gente, que fue bueno mientras duró o alguna otra oración ante las cuales sobreviene esa paradójica paz interior ¿Será que las frases hechas fueron diseñadas para sofocar las inquietudes del espíritu? Bueno, no es algo que le convenga responder de momento, al menos no hasta tantear si la cuestión tiene cierto mérito como para ser analizada. Pero para eso justamente es que hay que analizarla. Bueno, es algo a lo que justamente ahora no podrá dedicarse. No se preocupe, verá que en minutos usted empieza a comprender y sabe que hay algo detrás de todo lo que pasó durante el aguacero, algo digno de su análisis, su reflexión, algo que merecía escapar al olvido que todo destruye, y acaso conseguirá una respuesta genuina si es que antes no cierra su cuaderno y se levanta de la silla con la tranquilidad habitual de saber que hay una cosa que llevar o una persona a la que ver o un trámite que hacer cuanto antes, ya veremos lo otro mañana si hay tiempo.

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