miércoles, 22 de febrero de 2006

Sin moverse de su casa

De las muchas inquietudes recurrentes en la mayoría de los seres humanos (esta expresión únicamente aparece aquí para evitar reclamos por parte de aquellos seres "especiales" que se consideran minoría de lo que sea), acaso una de las más intrigantes y relevantes en muchos niveles de la actividad humana sea la del deseo por vivir una vida ajena. Desde la insignificante frase pre-consejo "Yo, si fuera vos..." hasta la bella balada "Quisiera ser un pez" de Juan Luis Guerra, pasando por la comiquísima película "Gigoló por acc-- ¡NO! ¿¡QUÉ HACEN!? ¡SUÉLTENME!

*El escritor del presente texto ha sido relevado de sus funciones para preservar el amor por las manifestaciones artísticas y la integridad mental del lector. Sepa disculpar las molestias ocasionadas y haga caso omiso de las recomendaciones hechas por el autor... fueron sus últimas*


Ante todo es fundamental aclarar qué definición del término vida es la correcta a la hora de hacer esta introducción. Ésta se refiere a la existencia finita de un ser biótico en un tiempo y espacio precisos, con sus correspondientes rasgos físicos, familia, amigos, enemigos, empleo, rutina, activo y pasivo. Queda fuera del combo, en caso de que lo tuviese, el aparato psíquico del ser en cuestión (léase personalidad, ideas, capacidades mentales, traumas de la infancia, fobias y secretos). La única concesión posible en este sentido sería la de dominar la lengua materna del huésped si es que ésta y la del inquilino difieren, con el fin de facilitar la comunicación con el medio que lo rodea. Claro que esta facilidad no es tal si se considera al lenguaje como una forma de estructurar el pensamiento y... En fin, demasiadas aclaraciones inútiles para esta parodia de marco teórico.


De esta conceptualización se desprende que muchas de las asociaciones que en principio podía generar el tema están ligeramente desfasadas respecto de la problemática concreta a abordar. La misma no incluye a aquellos que quisieran ser Michael Jordan, por ejemplo, creyendo que de esa forma incorporarían automáticamente su talento y podrían protagonizar todas esas jugadas increíbles para llevarlas al mismo desenlace que vieron en su televisor hasta que el cassette o la video dijeron basta. Esta concepción tampoco incluye a aquellos que quisieran para sí mismos la sapiencia, el genio o la imaginación de tipos como Jorge Luis Borges, Pablo Picasso o Wolfgang Amadeus Mozart. Ni hablar de las ingenuas traslaciones temporales que pretenden no sólo ser Fulano, nacido en la tierra de Tal en el año Cual, sino además mudarlo a una versión Fulano de Aquí y de Ahora. Este último ejemplo no es peor que el de ciertas metamorfosis fantásticas mediante las cuales se llega a la ocupación del cuerpo de un animal, y a su vez permiten registrar toda la experiencia como cualquier homo sapiens; como si un cerebro humano hubiera sido inexplicablemente injerto en la cabeza de la pobre golondrina, libélula o delfín de ocasión. Otras mutaciones parciales como "Si tuviera el pelo de..." o "Si pudiera hablar como..." también quedan fuera de la discusión, así como las variantes más elementales de estos últimos ejemplos (o sea, "Si tuviera pelo", "Si pudiera hablar" y así).

Las restricciones que hasta aquí se han mencionado pueden sonar a autoritarias o arbitrarias. Sin embargo, estos contraejemplos refieren actitudes que no se emparentan con un interés filosófico adecuado al tema, sino más bien con las pequeñas miserias, carencias y defectos que toda persona tiene indefectiblemente en su haber. Este aspecto de la cuestión, quizá más emparentado con la psicología, es el que hay que dejar de lado por el momento. La lista de exclusiones que previamente se realizó no era exhaustiva ni tampoco un atentado contra la valorización de esas ideas, sino más bien la delimitación de un cierto campo de hechos específicos.

Tras toda esta perorata, una persona más o menos sensible (apenas más o menos que inteligente) habrá notado que hay ciertos perfiles genéricos de vidas que pueden llegar a elaborarse, promedios de las muchas características de vidas particulares que responden a un criterio en común, una búsqueda, a un sentido que es la investidura última de la existencia.

Suponiendo que tengamos a mano un ave lo suficientemente grande y fuerte, podemos mencionar a vuelo de pájaro tipos como el playboy, el artista bohemio, el político multipartidista, el jugador compulsivo, la chica Almodóvar, la suegra, etcétera. Estos tipos ideales (con perdón de Max Weber y sus adeptos) han sido elaborados de manera sigilosa pero constante a través de las varias generaciones que han visto caer sobre sí el yugo del modo de producción capitalista, el Estado neoliberal, la programación musical de las FM y los productos light, por mencionar algunos de los demonios característicos de la época que nos ha tocado en suerte. Todas encarnan ese sentido último, esa búsqueda, en una forma particular de vivir que sólo es alcanzada por un escaso grupo de personas. La poca gente que ha podido vivir de esta manera rara vez recibe indiferencia, las más de las veces es digna de admiración o desprecio, envidia o repudio, dependiendo del observador. Esto tiene que ver con que los modus vivendi de los que hablamos implican un conjunto de elecciones que a su vez son grandes renuncias respecto de los muchos roles y funciones que se les intenta imponer a medida que estas criaturas van creciendo. Por ejemplo: el playboy renuncia a los compromisos amorosos a largo plazo, el artista bohemio reniega del trabajo asalariado o cualquier actividad que amenace su libertad creadora y la suegra abdica de dejar vivir en paz a cualquier persona destinataria del afecto de su hijo/a.

Desde niño, Ernest tenía muy claro que su destino sería abandonar su pueblo natal para perseguir el sueño de convertirse, no en un playboy ni en un poeta ni mucho menos en una suegra, sino en trotamundos. En los primeros años de su vida le había causado un fortísimo impacto la figura del hombre errante, la filosofía de vida del viajero. La magnitud del impacto fue tal que rápidamente tuvo su correlato en una experiencia traumática de su niñez, cuando una vieja edición con tapas duras del Quijote aterrizó en su cabeza mientras trataba de sacarla del estante más alto de la biblioteca de su padre.

Si su inclinación se debió a un daño neurológico que pasó inadvertido bajo el chichón o a cierto trauma psicológico relacionado con el abandono, eso es todavía una incógnita. Lo que era irrevocablemente cierto era su hambre de trajinar y ver el mundo. Esta ambición había hecho de él un niño sumamente curioso, aficionado a la literatura, la historia, la geografía, la filatelia y cualquier otra forma de viajar sin moverse del patio de su casa, con el beneficio extra de ser hijo único.

Llegando a la adolescencia ocurrió un cambio repentino en su forma de ser, cuya profundidad excedió los pronósticos de sus padres, tíos, abuelos y maestros. A medida que fue creciendo Ernest se volvió peligrosamente introvertido; dejó de lado los libros, los mapas, los amigos y dedicó todo el tiempo que tenía disponible a la reflexión silenciosa. La sensación entre los que eran más cercanos a él era que tanta introspección sólo podía significar una preparación para esa vida de exilio, una etapa de aislamiento necesaria pero no definitiva, un largo bache entre dos frases. Fueron años aciagos para los que querían seguir a su lado, se lo veía demabular por las calles y más aún por los descampados, con un aire entre triste y expectante, entregado la contemplación caminante como principal deporte y afición intelectualoide. Sus amigos intentaron acoplarse a aquellas tardenoches meditabundas después de la escuela, pero desistieron al no encontrar en ese tiempo nada de lo que a él tanto cautivaba, lo que tan bien callaba aunque no se lo propusiera. Así, la figura de Ernest terminó envuelta en un manto de ausencia del que sólo salía en ocasiones cuidadosamente elegidas para evitar cualquier evento social que implicara una ronda de curiosos preguntando qué era de su vida. Esta reputación lo fue alejando poco a poco de sus amistades y al mismo tiempo le generó una extraña corte de mujeres que suspiraban por él. Paradójicamente, muchas de ellas jamás lo habían conocido ni intercambiado palabra alguna. Si su identidad no se discutió demasiado fue por la pequeñez del pueblo y la correspondiente grandeza del amable averno que encerraba.

El primer incidente se produjo una tarde nebulosa de un domingo intrascendente de un mes apenas primaveral. Ernest había pasado por su casa para recoger algunas cosas y dejar otras, en una de esas visitas que no por esporádicas eran periódicas ni ninguna otra cosa esdrújula. Lo que más disfrutaba de esos pequeños regresos de sus pequeños exilios era poder asearse, cosa que no le era fácil ni a los trotamundos ni a los forajidos ni a ningún otro personaje de su especie. La aparición en la casa inquietaba a sus padres, que miraban de reojo, que seguían a escondidas todos sus quehaceres desde que llegaba hasta que se iba, que reducían los diálogos al mínimo para no incomodarlo, que esperaban palabras desde un Ernest más amable y menos ido, que nunca se decidían a salir de la indecisión de qué hacer con el nene. El rato lo pasaban sentados en el patio, mirando el jardín mojadoseco, sucioimpecable, pero siempreapacible. Cuando finalmente se levantaba de la reposera para los viejos era un mazazo en el centro del pecho, un golpazo que él a veces no escuchaba y otras ignoraba. Esa vez no fue la excepción. Los dos lo seguían hasta la puerta para quedarse viéndolo caminar hacia la esquina y doblar, con cada paso suyo un intento fallido de reconciliar una pelea inexistente, un ruego sordo, un sentarse los dos abrazados apenas desaparecía detrás de la ochava, una espera en una foto que Ernest nunca supo llevar consigo. Esa vez fue la excepción, esa vez fue la despedida final que duró sólo un parpadeo, un instante brutal en el que giró y ya no encontró la calle angosta que cruzaba la de su casa, con el césped de un verde gastado que mordía las veredas, el polvo que cubría las baldosas, el galpón abandonado y las casas y las rejas y los timbres de siempre. Fue un apagón, una oscuridad fuerte y ventosa que se le escapó antes de poder describirla siquiera. Seguía parado en una esquina, pero no había continuidad en nada más a su alrededor.

Se asomó a la calle de su casa aunque ya no lo fuera y no encontró a sus padres sentados en la entrada ni la entrada de su casa ni la casa de su pueblo y así parecía poder seguir por los siglos de los siglos. Sobre las veredas altas había sendas hileras de casas casi idénticas, con fachadas de ladrillo visto, ventanas y puertas de madera alguna vez pintadas blancas. El clima era repentinamente hostil, extraño respecto de la tibieza que reinaba minutos antes en su cuadra aunque ya no lo pareciera. No había gente ni árboles ni siquiera un mísero gato de esos que siempre se adueñan de las manzanas desoladas. El piso se sentía como un macizo gris uniforme en el que alguien se había tomado la molestia de trazar las divisiones que daban forma, significado y nombre a los adoquines, la calle, las veredas, los cordones. En el medio de la confusión Ernest supo que tenía que hacer una cosa (paralelamente, pensaba en otra). Con pasos lentos fue hasta la altura exacta en la que estaba su casa (la calle daba toda la impresión de pertenecer a un suburbio de alguna ciudad inglesa, de esas cuyo nombre terminaba en shire o wich). Tocó el timbre con ansiedad, con la cordura que se le escapaba por el dedo índice de la mano derecha. Aunque no fuera cierto, su mamá había envejecido notablemente, sus ojos ya no eran los de Ernest sino dos bolitas de un negro acuoso; debajo de la nariz ganchuda su voz lo interrogaba en inglés. La mirada desconfiada lo ponía aún más nervioso, ahora pensaba en que la pinta no lo ayudaba con sus jeans gastados y la camisa de mangas cortas en medio de aquel fresco. Ernest sabía inglés, lo que no sabía era por qué su casa ahora era un clon de las demás en esa cuadra foránea delante de esa mamá enana que no lo reconocía. Su falta de reacción llevó a mamá a cerrarle la puerta en la cara con disimulo, mientras por debajo de su nariz ganchuda hablaba con papá aunque él no estuviera allí.

El tiempo de conjeturas que siguió después fue desolador. Todas las explicaciones eran pocas, las desechaba a patadas mientras desandaba su calle aunque ahora se tratara de una pendiente ascendiente en doble mano. Las tres cuadras que recorrió buscando el bar se le hicieron pesadísimas, aunque ahora fuera una pequeña iglesia también construida con ladrillo visto. Dobló sin pasar delante de la puerta para evitarse a su vez volver a pasar por loco. Un pub apareció en su camino, no muy lejos de allí, aunque media hora atrás todavía fuera la plaza donde despuntaba el vicio de no tener vicio alguno. Ya dentro de la taberna recurrió a lo que sabía de inglés y de mímica y a la buena voluntad de la chica del mostrador para pedir una cerveza, mientras por la ventana veía anochecer en su barrio aunque ya no estuviera allí. Todo eso le incomodaba de manera creciente siendo que todavía no había encontrado respuestas para las muchas preguntas que se formulaba sin parar, sobre todo la última: cómo diablos iba a pagar la cerveza. Mientras todavía había tiempo se escabulló por la puerta y otra vez estaba sentado en el cordón la vereda frente a su casa aunque no lo estuviera.

Ernest confuso era establecer qué había pasado exactamente. Técnicamente estaba en otro lugar, había viajado de manera instantánea, gratuita, se había cumplido la profecía comercial del sin-moverse-de-su-casa. Ernest frustrado jamás había imaginado que su sueño de trotamundos iba a tomar un giro tan perverso, la supresión del viaje, la anulación de un recorrido en tiempo y forma que separara un lugar de otro. Ernest metafísico no buscaba causas, apenas se negaba a aceptar su nuevo alrededor, la usurpación espacial de un suburbio inglés cualquiera sobre su pueblo, su casa, sus amores, sus amigos, sus padres, fotos que nunca supo llevar consigo. Ernest trotamundos sin la distancia que algo o alguien le había robado en un parpadeo al doblar la esquina sigue sentado en ese cordón alto pensando que debajo, detrás o a un costado está la vereda polvorienta de casa, pero no más allá ni más acá, eso era distancia y él no la sentía. Ernest extranjero con mucho frío pasó toda la madrugada en penitencia, protegido del viento por el reparo que había entre las escalinatas de la casa de al lado y la suya aunque no lo pareciera. Ernest extrañado extrañaba.

Era lunes por la mañana ya cuando la solterona de enfrente cruzó para intentar hablar con él, frazada y café en mano, aunque ahora fuera un viejo bueno con cara de bueno. Ernest no respondía a las preguntas, trataba de no escucharlas siquiera. Le preocupaba no estallar contando lo que le habían hecho. Mejor enajenado antes que loco, eso que ni qué. Por fortuna el viejo se apiadó de él y lo dejó en paz rápidamente, cruzó la vereda y se puso a hablar con su mujer que lo esperaba en la puerta aunque nunca le hubiera conocido ninguna esposa a la solterona. La cuadra amanecía y las miradas recelosas eran todas de él, así que optó por hacer lo que haría el martes, miércoles, jueves y así sucesivamente: vagar por el barrio, intentar volver al lugar de donde nunca se había marchado, recorrerlo con demencia buscando algún indicio y al mismo tiempo disimulando todo lo posible ante los usurpadores. Pasadas las dos semanas ya se había adueñado de todo lo que podía en la cuadra, la antipatía de su avejentada madre, el recoveco entre las dos escaleras, la compasión de la vieja buena solterona y su mujer hasta que lentamente a todos los fue ganando la indiferencia ante Ernest forastero, que descansaba en esa victoria preferible a la de llamá-a-la-policía y la de hay-que-ayudarlo.

Dos semanas después toda la atención que la cuadra le prodigaba se había desvanecido, al tiempo que a Ernest se le iban las fuerzas peleando contra la irracionalidad de la vigilia, siempre cayendo en sueños caóticos en los que repasaba la vuelta de la esquina y se imaginaba vuelto como por arte de magia a su pueblo, precisamente así como se había ido. Despertó sobresaltado una de esas madrugadas y al rato, mientras se desperezaba, otro parpadeo, otro lugar, un sol de mil demonios, un carretera de tierra y una sola casa de madera era lo único que se divisaba en toda la cuadra aunque nunca se había parecido menos a la calle de su casa. Iba a entrar en lo que parecía ser la casa y la tienda de alguien cuando un hombre negro y robusto apareció por el costado opuesto de la vivienda, obviamente alertado por sus pasos. Le habló con tono severo en una lengua que no entendía, pero si había algo que preguntarle a Ernest las posibilidades no eran más que una: cómo diablos había llegado hasta acá. "Yo podría preguntarle lo mismo", pensó. Al ver que no había posibilidad alguna de diálogo, el hombre se internó en su casa. Ernest más confuso que nunca otra vez, una radio vieja que empezó a sonar adentro, una segunda usurpación que oscurecía todavía más las cosas, que le quitaba más fuerzas todavía, que sabía a un extravío algo emparentado con la distancia que alguien le había robado.

Ernest viajero de la vereda de su casa tardó muchos años en resignarse al hecho de que que nunca recuperaría esa distancia, sólo había el tiempo pasado desde que ese lugar se empezó a disfrazar de otros lugares, a intervalos absolutamente irregulares que luego de un tiempo dejó de intentar explicar. Ernest perdida la razón sólo extrañaba y se ajustaba al lugar que le tocara sin alejarse más que algunas cuadras cuando la caridad o la compasión escaseaban, cuando la gente que se acercaba lo miraba distinto y él siempre los miraba igual, intentando reconocer a sus viejos, los amigos, a la solterona de enfrente, fotos que nunca supo llevar consigo. Superada la primera etapa de sus viajes había encontrado un par de lugares y hombres buenos, había aprendido un puñado de idiomas con mayor o menor dificultad, alguna que otra amistad y nada más. Todo lo que florecía y parecía reconciliarlo con su triste destino moría tan pronto como el sueño caótico de la noche le traía la noticia de que esa seguía siendo la cuadra de su casa, que Ernest perversión del trotamundos. Se sustraía de la bonanza y de los buenos en algún rincón del barrio, los desaparecía de su vida y pronto volvía a viajar y así giraba la rueda. En cuanto advertía la nueva usurpación corría hasta donde debía estar su casa aunque nunca la encontrara. La llegada del nuevo lugar siempre lo alteraba, recién después de un par de horas se resignaba y recordaba los detalles que se le escapaban en buscar su hogar, las nuevas casas que eran altas y pintorescas, el clima fresco casi primaveral, las dos señoras que chocó con impertinencia al doblar la esquina en la carrera hacia su hogar. Por más viajes que emprendiera nunca lograba romper el conjuro terrible del olvido que siempre seguiría cayendo sobre él. Siempre eran otras casas, otras calles, otro clima, otras señoras aunque una le comentara a la otra que el viejo ese le hacía acordar a Ernest aquel chico que mirabas tanto en la plaza cuando éramos jóvenes.

No hay comentarios.: