La habitación del frío y el frío de la habitación, todo lo que contiene deja esa única impronta de cuatro letras, escueta, terminante. Fría.
El cenicero de vidrio, la mesa de chapa sobre la que está apoyado, el tubo fluorescente que zumba desde el techo y baña todo con una luz fantasmal que de a ratos se interrumpe por capricho o por falta de mantenimiento, para el caso es lo mismo; las paredes pálidas y las manchas de humedad en las esquinas del techo, el piso de cemento que rezuma años de encierro, el aire que es una mezcla de ese olor y la transpiración de los dos hombres que están sentados frente a frente en dos banquetas, pero sobre todo del miedo del primero. Eso es lo que apesta en el cuarto, lo que el primero no puede disimular y lo que el segundo no deja de percibir aunque nada en su rostro lo indique. Frente a frente, separados por una mesa alta de menos de un metro de ancho, encerrados sin ventanas ni ventilación de ningún tipo en un espacio de tres por cuatro por dos y algo más. El segundo está de espaldas a la puerta, cara a cara con su objetivo inmediato. El primero está frente a él, pero su objetivo está más allá. Miedo y frío. Ahora basta con nueve letras para desentrañar el significado de lo que está por pasar de un momento a otro.
La chispa arde una, dos, tres, cuatro veces hasta que finalmente algo en él se despierta. Abre los ojos y parpadea, gira la cabeza hacia ambos lados y luego hacia arriba (y luego hacia abajo) pero la oscuridad persiste. Desiste de ver, se busca mientras la conciencia se abre paso hacia los sentidos como atontada. Las manos están apoyadas sobre el piso, se mueven con cautela en busca de una referencia; la izquierda choca contra una pared y empieza a subirla sin que se lo pidan. La pintura cede al roce de la yema de los dedos, pero no es más que un detalle. Ahora lo importante es sentarse y tratar de ordenarlo todo, de adentro hacia afuera, desde y contra la pared, pensar desde la pared, sentir desde la pared, oír desde la pared, única razón para confirmar que esto está lejos de ser un sueño. Los recuerdos tardan en llegar, son apenas un eco que llega mezclado en el rumor de las olas a una isla (a un hombre) en el mar (en la prisión) de algún lugar. Lo que al principio parecía silencio ahora se asemeja a un zumbido. Duda un poco ante la posibilidad de que los oídos le estén jugando una mala pasada. Respira profundo y retiene el aire en el vientre sin forzar la exhalación. Devuelve el aire aliviado, piensa en el olor que impregna el lugar y también su piel: aire viejohúmedo, sellado por metros y años de tierra probablemente. Se pone de pie contra la pared, enfrentándola con las manos apoyadas y todo el peso de su cuerpo, aunque preferiría algo de dónde agarrarse. Una vez más va hacia la izquierda. Encuentra rápidamente una esquina, vuelve sobre sus pasos y sin dar más de cinco encuentra la opuesta. La incertidumbre disminuye hasta lograr cierta fluidez en sus movimientos, sigue la marcha por la pared con la mano derecha, barriendo hacia arriba (y hacia abajo) buscando interruptores, rendijas, lo que sea. En ese momento la vista se le inunda de un blanco eléctrico y las rodillas se doblan bajo el peso del impacto en sus ojos, que apenas logran dibujar la puerta a la que hubiera llegado dando cuatro pasos más; pero no es así y lo que es más es esa sensación de que todo se desvanece. Lo último que advierte es la silueta que tan bien conoce y tanto teme, recortada contra el umbral de aquella única salida que logra perfilar en su cabeza.
Se despierta a los apurones, huyendo de un indescifrable en medio de su frenético intento por desembarazarse de las sábanas, saltar de la cama al baño, lavar su rostro con agua fría, volver al cuarto para sentarse en el borde de la cama; la toalla de mano colgada en el cuello, la mirada que se pierde en el piso de madera hasta encontrar que el rito ya terminó, que cualquier indicio de la pesadilla se acaba de ir por el desagüe del baño hace algunos segundos. Está despierto, tan cierto como que la sombra del inconsciente no cede a la luz que se escurre por la persiana, un resplandor nítido que tajea a intervalos regulares la pared del fondo y la cama hasta sangrar el sol de la mañana en prolijos segmentos de diferentes anchos y largos, algunos quebrados en la unión de las paredes y el piso. Hay que despertarse, matar ese resto nocturno de una vez, esas pocas siluetas frías que bailan detrás de lo que percibe. Salta de la cama a la cocina, prende la radio, busca noticias en la voz de algún tipo informado y bien hablado. Los azulejos resplandecen, también la heladera, la alacena y la cocina que completan la esquina culinaria del pequeño ambiente. El viento fresco que llena el departamento parece haber estado soplando toda la noche. Todo está limpio de recuerdos recientes: el sillón verde, los almohadones tirados frente a él, la mesa ratona en el medio del cuarto, el cenicero de vidrio que se reparte los colores en su interior, los vidrios relucientes de las puertas ventana, la alfombra de la entrada, pero el cenicero... No, esta no es una mañana excepcional; como en tantas otras el de la radio cuenta solemnemente que la guerra, que la pobreza, que el crimen, que el Presidente dijo, que el mundo va. Bah. El aparato sigue con su cháchara a buen volumen, pero ya no sirve. Es un día como cualquier otro. Se deja llevar por las costumbres sin poder encontrar el hilo de los días pasados, extrañamente perdido a pesar de que se siente muy despierto. Desayuna sin ganas, se afeita sin ganas, va en busca de las llaves hasta la mesada que divide la cocina y el living, mira el teléfono con perplejidad. Levanta el tubo, disca, corta aterrorizado. Todo vuelve en una catarata negra hacia su cabeza a través de ese puñado de dígitos. Que no intentara contactarla, que se olvidara de todo, que era la última vez, que corría peligro, que pensara en todos los problemas que ya había tenido por su culpa, que no se sabía de lo que ese tipo era capaz. Cómo pudo acordarse del número y no de todo lo que significaba. No lo entiende. Cierra las puertas ventanas, baja la persiana del balcón y sube el volumen de la radio como un paranoico salido de un mal cuento. El recuerdo de ella toda se solapa, eclipsado por la misteriosa sombra del segundo, como siempre que se habían visto. Reniega de todo lo que el número de teléfono había detonado, pero su mente rehuye y vuelve a zambullirse en los cabellos, los labios, la voz, el perfume, el nombre. Todo lo pasado se hace fatalmente claro, al punto que le parece sentir al tipo subiendo la escalera con pies que pesan toneladas, dispuesto a llevárselo una vez más. Pero su imaginación sólo puede ir hasta el punto después del cual no puede hacerle ver la puerta que quiere deshacerse del marco y late furiosa en su lugar, no puede hacerle escuchar los dos timbrazos largos, no puede ser que ya haya llegado hasta la puerta sin haberlo estado vigilando mientras dormía, no es posible que la puerta se abra con esa violencia, que ese hombre entre por la puerta mientras él corre hacia la pieza tratando de escapar, tratando de no tropezarse con la mesa ratona en medio del pánico que lo golpea como el suelo y lo recibe con contundencia, sin rebote alguno.
Emerge de la oscuridad, se encuentra inmerso en una penumbra suave y cálida. Es de noche, casi con seguridad. Es ella, con la certeza del peso familiar de ese cuerpo desnudo contra el suyo y el perfume, ese aroma que lo seda, lo lleva lejos para ya no querer abandonar nunca esa cama, esa respiración pausada que teme alterar y esos ojos que no osaría abrir. No sabe si está pensando en ella o en sí mismo o en los dos, pero en cualquier caso... Se despereza lentamente, abre los ojos para confirmar todo lo que supone. Su mano izquierda busca el interruptor del velador en la mesita de luz, tantea una vez (roza el borde), dos veces (el cenicero), tres veces (el despertador) y por fin da en el botón que recién ahora se hace blanco. Todo está en calma, su cuerpo se lo grita bien fuerte, el de ella reverbera una respuesta dulce, afirmativa. En eso sus párpados se abren y es más linda y más azul que el amanecer que en algún momento ocurrirá, el cuerpo fino se ladea hacia él debajo de las sábanas, el brazo descansa sobre su pecho casi guardando el corazón, una voz lo saca de la contemplación divina. Corresponde sus caricias con algo de desidia, su atención está vuelta hacia sí mismo, hacia la disonancia que hay entre el presente y las sensaciones de lo que parece haber ocurrido antes. No puede explicarse cómo ella llegó hasta ahí, y mucho menos el miedo tan nítido que intuye en lo pasado, borroneado por las horas de sueño. Ahí resurge la figura del segundo, cuando más ausente se encuentra; la sombra altísima, el sudor frío que le corre por la espalda en las noches de vigilia incurable, la otra (pesadísima) cara de la moneda que son esa madrugada y cualquier otro momento junto a ella. Lo ve en la misma pieza, al pie de la cama, lo cual es peor. No está allí, pero lo ve y entiende que ha estado, que volverá cuantas veces sea necesario. El segundo existe (el fatal desenlace de cada encuentro con esa mujer), existe y se encuentra en ese departamento ahora aunque ella no quiera admitirlo y ría como en un sueño, quizás siga allí y él todavía no llegó a descubrirlo. Si no fuera por esos cabellos rubios y ese hombro suave que dibuja con los dedos de su mano izquierda, juraría que todo es un invento propio. Tal vez ese hombro, esos ojos, esa mismísima boca que lo besa son también parte de la fantasía, aunque en ese caso la obra ya adquiere un mérito que está lejos del alcance del demente promedio. Pero no, piensa, eso es una idea descabellada, un salvavidas para niños; la cobardía de reducir todo el asunto, todo el mundo y la vida a un exceso de su imaginación y a la nicotina y a la cafeína ya que está. Se acobarda así, tan infantilmente, echa por tierra todos los recuerdos que resisten, desordenados, pero vivos, reales, en la mente: los encuentros forzosos con aquel personaje, sus amenazas, tan vívidas las primeras como las últimas, sin poder distinguir ya unas de otras. Se le mezcla lo que ha pasado, escenas ya ocurridas que irrumpen en esa habitación que es el presente y luego se tiñen de un sentimiento más frío, más profundo y viejo, el de lo que vendrá en esta historia de tres. Su cuerpo se tensa cada vez más sin prestar atención a las caricias que ella le prodiga mientras lo mira, porque ella también sabe del segundo. Él inicia el diálogo por no perder la cabeza y desvanecerse otra vez, pero siempre encuentra lo mismo en esos labios pequeños: eufemismos, excusas, silencios repentinos que no saben decir otra cosa más que lo que ya es sabido, que ella también es cobarde, que tampoco puede hacer nada frente al ímpetu del segundo, ni siquiera admitirlo con un nombre o un número de teléfono. La escena sube de tono, los cuerpos se separan, las voces se endurecen y la cabeza le duele. Él pregunta y repregunta, ella se viste y se reviste. El cuarto se enfría, el aire se llena de todo lo que él quiere oír y ella no dice, es demasiado chico para los dos. La ve ir y venir sin poder levantarse de la cama, le habla del segundo, vomita todo lo que recuerda y en ese mismo acto sabe que lo da por cierto aunque le duela. Ella se exaspera, camina toda la pieza hasta quedar parada en el umbral, con la mirada fija en lo poco que se deja ver del living a esas horas. Un paso, las manos que todavía dudan al contacto del marco de la puerta, los pies todavía descalzos, la enésima despedida final... Sus ojos, todo él se cierra aturdido sin querer más, sin mirar esa silueta se aleja por el pasillo y dobla mientras desaparece todo alrededor.
Lo más correcto sería decir que el parque emerge en él y no al revés, que sería lo habitual. Imposible definir a qué hora o dónde, son elementos de los que los sueños saben prescindir. Es una escena en la que los árboles se asoman sobre las cuatro veredas de la manzana pero la alfombra de hojas marrones cubre absolutamente todo. En el centro falta algo, una fuente, una estatua, una fuentestatua, una placa conmemoratoria (“En memoria de todos los monumentos públicos...”), aunque sea un gran árbol padre vigilando la periferia. Se levanta del banco, empieza a caminar hacia el centro. El viento sopla pero no logra mover una sola hoja. La distancia al centro apenas se reduce cuando nota que el segundo camina a su lado, fumando y mirando el follaje multitudinario bajo y por encima de sus pies. Lo mira con desconfianza mientras vigila sus propios pasos. El tipo propone el silencio y él lo acepta, temeroso del apagón habitual o tal vez de repetir los juegos de la realidad dentro del mismo sueño, acaso la peor de las pesadillas. Es un momento de sosiego allí donde no debería haberlo, en esa amenaza que se troca en compañía que muestra algo que está escondido. No puede pensar en ello de momento, lo único cierto es que finalmente el centro del parque son ellos. El escenario es infinitamente más grande allí. El segundo descarta lo que queda del cigarrillo, el cielo cae sobre ellos con una luz blanca fluorescente, ahí está la sensación de lo que se conoce sin haberse experimentado todavía. Entonces el sentido del tiempo se dibuja allá arriba, con total claridad. El bellísimo absurdo de aprehender la realidad allí donde no es tal, mirando todo sin desconfianza por una vez. Todo vuelve sobre él para descubrir que la cosa va al revés, que el final es ese tipo que ahora le sonríe, aquí cómplice, allá enemigo, allá en un cuarto frío enterrado en algún lugar. No hay tiempo para cambiar el desenlace, apenas puede entender esas jaquecas del revés, del antes que en realidad es un después de ella, de amanecer, de estar cautivo, del segundo que se levanta de la banqueta, del desenlace que sólo comprende allí, antes de que todo comience, mirando los árboles y las hojas de un parque que un sueño le ofrece como despedida.
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