Hacía un tiempo largo que las cosas entre Linda y Ron no estaban bien. Todos los que los conocían tenían claro que lo que había entre ellos iba a terminarse antes o después. El final, pues, fue anunciado, previsible, obvio; y aún así nadie pudo escapar al impacto de la noticia cuando ésta les llegó con la velocidad incalculable del boca a boca. Quizás los más afectados fueron los que estaban más seguros del desenlace: hombres y mujeres racionales, inteligentísimos, que incluso se habían animado a dar detalles de cómo iba a suceder la ruptura. Esos también cayeron en el desesperado “¡¿Qué?!” al enterarse. Esos sabían lo que iba a pasar, pero ni el más previsor acertó en cómo iba a pasar. Ningún cálculo fue suficiente. Para añadirle un poco más de confusión al cierre de la obra, cabe destacar que Linda y Ron fueron los primeros que tenían en claro las dificultades desde que se encontraron. Ambos sabían que podía llegar a ser una relación muy desgastante. Estarían sometidos al roce constante que significan rutinas diferentes y gustos diferentes y pequeñas neurosis diferentes. El presente relato no servirá en absoluto a los fines de dilucidar por qué dejó de haber una y entre sus respectivos nombres, queda hecha la advertencia. Su separación, al igual que el tiempo que pasaron juntos, fue como tantas otras. O sea, única e irrepetible (esta última definición es mucho más seductora que la primera, pero hubiera sido incorrecto dejar de lado tanto una como la otra en este pavada de prólogo).
Linda era linda, y esto no es cuento. Bueno, en realidad sí. Lo que no es cuento es la coincidencia entre el nombre y la descripción. Sus padres no tenían la más remota idea de que estaban cometiendo semejante acierto cuando la anotaron en el registro. De haberlo sabido, la historia probablemente hubiera sido otra. Es decir, Linda no sería Linda a pesar de ser linda, sería Violeta o Paloma o alguna otra, sin dejar por ello de ser linda. Pero si tuviésemos por válida la proposición de que cualquier alteración en un punto de la continuidad espacio-temporal determina otra cuyas diferencias son incalculables, tal vez –y sólo tal vez- Linda no hubiera sido linda en el caso de ser Violeta o Paloma. Aquí se abren a su vez sendas interrogantes sobre si la muchacha en esos casos podría haber terminado siendo la alegoría humana de la ya mencionada flor o algo más circense como “la primera mujer paloma”.
Dado que Linda siempre había sido linda, se había vuelto muy consciente de ello con el paso del tiempo; este relato es apenas uno de muchísimos discursos que han dado cuenta del gran acierto de sus padres al haber elegido semejante nombre. Sólo por demostrar que este no es uno más, descubriremos así -al pasar, casi sin darle importancia- que la idea original del nombre surgió de la abuela materna. Ya siendo la joven adulta que era, toda su vida se encontraba marcada por la polifuncionalidad de su nombre, que además era apodo, apelativo y descriptivo. Trabajaba en un local de modas, donde se encargaba de asesorar a las clientas en sus compras. Como si fuera poco, se destacaba en ello, y en el año que llevaba trabajando allí había logrado metamorfosis notables con algunas horas de esfuerzo: desde adolescentes y jóvenes hasta señoras e incluso alguna que otra anciana despistada. Sus amigas eran lindas, sus novios eran lindos, su familia era linda, su departamento era lindo. Entre tanta gente que se devanaba los sesos buscando matices, categorías y clasificaciones, para Linda el mundo podía dividirse al medio y bien fácil: lo que era lindo y lo que no. Hubo, porque siempre hubo, hay y habrá, gente que la tildaba de frívola. Quienes lo hacían no la conocían, o en su defecto los había cegado la envidia (ambas reacciones muy comunes y no deben vincularse al carácter particular de la protagonista). Linda no sólo no era frívola, sino que se interesaba mucho por ayudar a los demás y para ello muchas veces era menester que ella se instruyera sobre tal o cual cuestión. Desde problemas de pareja hasta métodos y rutinas de estudio para sus amigas, la meta era siempre la misma. Quería hacer un mundo lindo, tan parecido al suyo como fuera posible. Y si usted sigue mirando la palabra linda sólo con los ojos, difícilmente entienda la abnegada vida de nuestra heroína.
El encuentro con Ron fue muy pintoresco, como es de esperarse en cualquier episodio en el que a ella le toca intervenir. Fue en el marco de una noche veraniega; Linda había salido con dos amigas. Dado que ella las acompañaba, cualquier descripción acerca del clima, el lugar elegido y la vestimenta sería una redundancia insoportable a esta altura. Pasaron la velada sentadas en una mesa al aire libre, entretenidas con la charla, las bebidas y la media docena de caballeros que esa noche se acercaron a conocerlas, con la mirada puesta en una de ellas. Tómese tres segundos para adivinar de cuál se trataba y prosiga con la lectura ¡Sí! ¿Cómo lo supo? Linda estaba acostumbradísima y sabía cómo tratar con los muchachos sin desilusionarlos ni actuar soberbiamente. Las amigas no la celaban, disfrutaban de poder ser cómplices y participar en los intrincados diálogos que ella y el interlocutor de turno tejían. Cuando el cielo empezaba a desteñir resolvieron volver cada una a su casa. El taxi hizo lo suyo de manera notable y en lo que pareció un instante había dejado a una de las chicas en su casa y estaban llegando a lo de la otra. Tanto ella como Linda aprovecharon para bajarse, ya que eran vecinas y vivían en la misma manzana. O sea, una a la vuelta de la otra y la otra a la vuelta de la una, aunque ya habían pasado largamente las cinco y las seis estaban al caer. Fue en ese momento cuando Ron apareció, agitado y a los saltos rodeándolas dentro de una circunferencia que él trazaba sin dejar de mirarlas. Esto hubiera sido inusual, desopilante y hasta aterrorizante, si no fuera porque se trataba de un perro.
Ni ellas ni el taxista supieron decir cómo ni de dónde vino, detalle que Linda nunca pudo olvidar. Aquella zona no se caracterizaba, o mejor dicho, se caracterizaba por la ausencia de perros callejeros. Era un barrio digno de ella, elegante y joven ejemplo del progreso de la ciudad en los últimos años. Los pocos perros que se veían por allí tenían collar y dueño; casi siempre uno de cada uno. Pero este, ¿qué hacía ahí, a esa hora, moviendo la cola y ladrando alrededor de ellas como si las conociera de toda la vida? Linda estaba fascinada por la aparición, generando más simpatía aún por el pichicho, que apenas y llegaba al medio metro de altura. No estaba demasiado bien alimentado, se le notaba no sólo en el cuerpo sino principalmente en la forma de mirar, como buen vagabundo. Tenía pelaje suave y corto, que se hacía más abundante debajo del pescuezo. El color era indefinible. Como suele suceder, el problema se zanjó tiempo después mediante la comparación con una sustancia u objeto más familiar. Linda se convenció de que su perro (porque ya lo consideraba así) era color té con leche. Esta sanción le valdría alguna que otra discusión en el futuro, ya que el té con leche -al igual que el café, la sopa de pollo y el agua de los fideos- admite tantos colores como personas y formas para prepararlo.
Volviendo al tema, ya se sabe que Linda había quedado prendada del perro, que se lo llevó a su departamento ante la mirada incrédula de su amiga y del taxista que, por solidaridad, curiosidad o algún motivo menos evidente, se había quedado parloteando sobre el cuidado de los perros, gatos, tortugas y afines. Lo que nunca se supo es por qué decidió quedárselo y cómo llego a llamarse así. No había sido un homenaje a nadie que conociera, eso decían quienes más la conocían. Tampoco se trataba de una mención especial para la bebida homónima; Linda no tenía demasiada cultura etílica si es que ese es el término es adecuado. Cuando alguien le preguntaba por el nombre, la respuesta era sencilla, contundente y por sobre todo muy propia de ella: “Me pareció lindo”. Cualquier otra explicación hubiera sido insatisfactoria. Más allá de cuestiones de nomenclatura (que hasta aquí no han faltado), la gran incógnita para los que habitaban el planeta Linda era cómo un perro había llegado hasta allí. Es cierto, nunca fue enemiga declarada de los caninos ni de ninguna otra especie silvestre o doméstica. Pero viéndolo desde otro ángulo, jamás había tenido una mascota. Se llevaba bien con perros y gatos de propios y extraños, al tiempo que jamás se la había visto paseando un chihuahua o comprando alpiste para un canario. Había en Ron algo de misterio (además del nombre), algo que lo depositó después en un lugar de privilegio que nadie tenía en la vida de Linda excepto su papá, su mamá y un triciclo que le regalaron cuando niña: ser el primero y el único.
Los primeros días fueron los más duros, no sólo para la chica sino también para Ron, quien por suerte no tardó en aprenderse su nombre. Primero transcurrió la etapa que podríamos denominar “de preparación”. Ella aprendiendo a ser ama y él aprendiendo a obedecer. Ella llevándolo al veterinario, comprándole las vacunas, eligiendo la comida y el collar; él dejándose vacunar, comiendo la comida y luciendo el collar. Esto demandó algo más de tres semanas, tras las cuales ambos se reconocían como tales y disfrutaban de la compañía del flamante otro. Pero no todo iba a ser color de rosa en su relación… sobre todo porque Linda aborrecía el color, le recordaba su aparatoso delantal en los años de jardín de infantes. La segunda etapa fue, de alguna manera, la de “adaptación al cambio”. A partir de su encuentro, el estilo y ritmo de vida tanto de uno como de otro varió sustancialmente. Y el que crea que esta equiparación entre los dos es injusta, o bien subestimó la experiencia o nunca tuvo la suerte de ser un perro de la calle. Lo primero y más grave que padecieron ambos fue el encierro en el departamento. Ron estaba acostumbrado a la libertad más absoluta, la del vagabundo, ahora atrapada entre cuatro paredes, un techo y un piso que eran a su vez el techo y el piso de otras cárceles similares. Linda sufría el encierro porque la convivencia con Ron lastimaba el orden, la estética y la paz que hasta entonces reinaba en su departamento. La invasión ganaba los sentidos: olor a perro en todas partes, pelos de perro en todas partes, conversaciones con otros perros a distancia desde el balcón. La tarea para mantener su hogar en el estado originario se volvió más agotadora y frustrante: había más que limpiar y a su vez vivía con alguien que podía echarlo todo a perder mucho más rápido, combinación harto más peligrosa que la banal mono-con-navaja.
Estos momentos de tensión en lo que se veía desbordada se hicieron crónicos, generalmente terminaban en el momento en el que el propio mundo de Linda rozaba escalofriantemente al real. Pero claro, cómo culpar al pobre Ron, no era precisamente un agregado cultural con años de protocolo y cenas y “cómo le va, doctor”. Él mismo cargaba a su vez con la cruz de la vida que alguna vez había sido suya y que sacrificó por la compañía de esa mujer tan… bueno, de Linda. Sin embargo, estar con ella lo valía y ella sentía lo mismo por él. Bastaba una mirada del otro y ya no había por qué gritar (o ladrar) pensando en el antes, porque el antes no valía nada, no tenía sentido si el otro no estaba al lado. Sabían hacer las paces dando largos paseos nocturnos por el barrio, hasta llegar a un baldío bastante descuidado que Ron parecía conocer a la perfección. El terreno había estado destinado a un edificio que nunca terminó de hacerse. Ahora era un basurero enclavado entre dos lujosas torres, a varias cuadras de lo de Linda. Ese era su lugar, inaguantable para los vecinos e insospechado para los que pasaban por ahí de casualidad. Linda no sabía de la transgresión que significaba para ella estar ahí sentada, aunque en realidad parecía no importarle. Sólo tenía ojos para ver a Ron correr de aquí para allá como el vagabundo que alguna vez fue. Para él eran minutos preciosos, la cola y los ojos lo delataban; husmeaba en los tachos de basura, se revolcaba en la tierra y volvía frenético al lado de Linda para dar vueltas a su alrededor y volver a empezar. Entonces ella no comprendía lo que veía, era una sensación casi paralela a la que él tenía cuando salía de su encierro en el balcón para encontrar la casa impecable, con su ama rendida en el sofá. Esos eran los momentos de misterio, los que nadie en el mundo de Linda podía explicar. En definitiva, los que marcaban que no podían durar.
El último de sus paseos ocurrió en medio de una noche triste, si bien el cielo estaba despejado al igual que las calles. El verano estaba llegando a su fin y Linda lo sentía en el aire. Tal vez no fuera sólo eso. Llegaron a la plaza y ella se detuvo un momento con la mirada perdida hacia arriba. Ni una sola estrella allá, como si el viento las hubiera arrastrado a todas y a sí mismo antes de desaparecer. Era triste y también bello (hacía años que había aprendido a ver más allá de la aparente contradicción). Se imaginaba la ciudad vista desde algún punto panorámico flotante, cubierta por un manto liso de obsidiana. Algo debió recordarle que más allá de tanta poesía seguía en medio de un baldío. Más que volver, habría que decir que Linda cayó. Y el golpe se hizo sentir. Empezó a buscar a Ron, confundida. Recorrió el lugar con la mirada para encontrar lo de siempre, excepto lo que realmente buscaba. Si la sensación de fuga hasta ahí era mayúscula, Linda no supo qué sentir cuando vio que hasta su propio perro había desaparecido. Corrió hasta la esquina y se paró en la intersección de ambas calles girando sobre sí misma para poder ver en todas direcciones. Era como si estuviera imitando a Ron. Sus ojos se perdían en el punto en el que las lámparas de mercurio chocaban contra el pavimento y las veredas estrangulaban las calles. Luego corrió por el camino hacia su departamento con la esperanza de que Ron hubiera tomado la misma decisión. No hubo resultado alguno, así que volvió al baldío sin quererlo ni poder evitarlo.
Linda lloró en silencio, sentada en el rincón más limpio que había encontrado, los ojos perdidos en aquel cielo de excepción. La noticia corrió rápida al día siguiente como ya se mencionó anteriormente. Ella fue la primera en reponerse del episodio. A la semana nadie mencionaba a Ron. El recuerdo se fue hundiendo rápido hasta desaparecer por completo. No tardó en retomar con vigor su trabajo, sus amistades y sus amores. El mundo de Linda volvió a la normalidad, con sus noches de estrellas y luna y nubes y viento. El baldío era apenas una pesadilla de verano bien guardada. El elegante barrio de edificios nuevos y árboles jóvenes se oscureció con la llegada del otoño. La zona era tan bella como apacible, según los vecinos se caracterizaba además por la ausencia de perros callejeros. Esta vez no hubo misterio. Linda apuró la mudanza todo lo que pudo y acabó por desaparecer del barrio antes de que cayeran las primeras hojas sobre la vereda.
1 comentario:
... pero yo la imagino a Linda ahora más vagabunda que antes.
mientras lo leía intenté retener un par de comentarios por hacerte, pero para variar llegada a su fin la lectura sólo me quedó en memoria el hecho de que este texto me gustó bastante más que los anteriores, porque desde el principio hasta el final esta más hilado, manteniendo el mismo grado de interés en todo momento (no se si está bien expresado eso, es q no se me ocurre cómo decirlo).
Igual, lo bueno es que se me olvidó lo que te iba a decir porque me metí demasiado en la historia, cosa q no me había pasado antes. Y ni siquiera tengo perro. (ni le hice ninguna analogía!)
bueno chau
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