Qué error fatal, la puta que lo parió. Cuando me di cuenta de que no tendría que haber tomado la palabra, ya era demasiado tarde. Todo el mundo me miraba y yo que cómo me escapo de ahí, con qué, ni palabras ni gestos. Y ahora el centro de atención. Encima estaba paralizado pensando en esto, así que mi protagonismo crecía a cada instante. Cuánta gente, carajo. No era una multitud como para hacer temblar a un político pero ante esa gente, en ese lugar y en ese momento no había forma de tranquilizarme. Entre ellos está la clave para entender mi delicada situación, para compadecerme incluso. Todos los invitados y el novio y la novia esperaban mis palabras ansiosos. Carajo, ¿en qué estaba pensando cuando levanté la copa y la hice sonar?
El periplo hasta encontrar la mesa fue agotador. Gente y más gente a la cual estrecharle la mano, abrazar, besar, palmear en la espalda, intercambiar dos “todo bien” –el primero interrogando y el segundo afirmando- y luego seguir desfilando y volver a repetir la operación. Tras una veintena de esas y otras reverencias llegué a la mesa. Lo primero que hice fue calcular la distancia y los obstáculos hasta la puerta de salida: dos mesas y la pista de baile (punto en contra). Lo segundo fue calcular distancia y obstáculos hasta el baño: la entrada estaba exactamente detrás de mi silla: puntazo a favor. El reducto a prueba de charlas y preguntontas y “en qué andás tanto tiempo” estaba al alcance de mi mano. Lo tercero era calcular distancia y obstáculos hasta la mesa de los novios: era una mesa larguísima sobre la pared del fondo, con los asientos puestos hacia el frente para lograr mirar y ser mirados hacia y desde todas direcciones (y la puntísima madre que los acomodó).
Me senté a esperar la comida así como estaba, resignado, aterrado, pero bien vestido y bien peinado. La nuestra era una de las siete mesas redondas además de la mesa estelar. El espacio no sobraba ahí dentro. Con reclinar la silla un poco te podías inmiscuir en el debate de la mesa vecina sobre si convenía moño o corbata. Yo sabía llevar mi gris corbata gris a todos lados, me era incondicional; además reclinar la silla me hubiera dejado espiando el baño de las damas. Cuando entré el salón me había parecido lindo y sencillo. Ahora, con todo el mundo sentado y parloteando, era una celda con amigos, familiares y conocidos que oficiaban de barrotes. Bullicio y calor a más no poder. Pero eso sí, linda y sencilla.
Mi primera ida al baño coincidió casi por instinto con la llegada de los novios. La demora fue fenomenal y produjo una entrada novelística, con aplausos, expresiones de aliento y el hit del verano: “Vivan los novios”. Caminaron con dificultad entre las mesas intentando no dejar ser vivo sin saludar. Cuando se sentaron, los mozos empezaron a fluir por los caminitos que había entre las mesas, sirviendo platos y destapando botellas. Recién ahí pude salir de mi escondite y volver a mi asiento. Hasta entonces me había limitado a espiar por la puerta entreabierta. La estrategia que tenía para sobrevivir a la fiesta era muy clara. “Lo suficientemente cerca como para que los demás te detecten y reconozcan, lo suficientemente lejos para poder evitar que te vean los novios”, me había dicho. Por el momento no había problemas con el plan, sólo mis nervios. Pero ahora no tenía escapatoria. No había nada que me ocultara de la mirada matrimonial ¡Si tan sólo hubiera una columna, una tía gorda que me diera charla y me protegiera! Me iban a ver en algún momento, era inevitable. Entonces me saludarían, estrecharían, besarían y todas esas torturas de compromiso. Tenía que hacer algo para escapar. Mi segunda ida al baño la pasé pensando en todo esto. Cuando terminé de lavarme la cara, miré hacia el espejo y, cómo explicarlo, el pánico se volvió enjundia o algo así bien medieval. Estaba bien vestido y bien peinado, decidido como nunca (¡insensato como nunca!). Es increíble cuánta arrogancia puede caber dentro de un hombre vestido de traje. Es más, a los líderes del mundo deberían imponerle un uniforme reglamentario para prevenir esos excesos. Pantalones cortos, musculosa de algodón, chinelas y a otra cosa. Pero para eso se necesitaría una real eminencia, una autoridad fuerte, con los pantalones bien puestos y el cuello de la camisa bien planchado. Otro hubiera sido el final así, pero no logré entrar en razón hasta que fue demasiado tarde. Antes de alzar la copa y levantarme la vi a los ojos, hasta que encontró los míos mientras charlaba de algo no muy interesante (por lo que pude apreciar). En ella estaba pensando, carajo.
El recuerdo del día en que me reveló que se iba a casar con él está grabado en el rincón de los momentos más miserables de los que tenga memoria (y no son pocos). Luego de que nos despedimos yo seguía atónito, con expresión de dibujito animado marca Acme, por supuesto. Nos encontramos a desayunar un lunes, antes de entrar a trabajar. Como si fuera poco, camino al trabajo el colectivo se rompió y llegué media hora tarde. Juro que todavía no se escribió un tango que cante lo que sentí entonces. Era poco más que un poste de luz, parado en la puerta del local escuchando las amenazas tan poco originales de mi jefe, mientras a su carota de bulldog se le atravesaba una boca anhelante que no paraba de repetir “¡Me caso!”. El tiempo entre ese día y este brindis se me fue en un tedioso repaso de nuestra historia, que en el último tramo también era la del novio.
La conocí durante una de las vacaciones de invierno que supe malgastar hace muchos años. Su familia se había mudado en frente debido a la inesperada llegada de un hermanito. La casa estaba medio dejada, pero la dejaron hecha un chiche en poco tiempo. Cuando digo “inesperada” no debe entenderse que fuera una sorpresa ingrata. Tanto ella como sus padres estaban chochos con la buena nueva, no sabían decirte otra cosa más que “voy a tener un hermanito”, “vamos a tener un hijo” y por el estilo. Tenía un año más que yo, aunque la diferencia no se notaba. Pasado el mes de la mudanza y con la vuelta a clases ya teníamos nuestro tiempo para estar paveando. Nos encontrábamos temprano a la tarde y hasta la caída del sol hacíamos lo que nos viniera en gana, sin preocuparnos por las famosas actividades extracurriculares. Fueron años gloriosos, para qué negarlo. Nos llevábamos muy bien y estábamos transitando la adolescencia, así que pudimos compartir y hacer muchas cosas sin miedo ni vergüenza. Claro que no andábamos por la vereda del romance (yo era muy tímido y torpe) ni por la de los placeres físicos (y ella… sabía que yo era muy tímido y torpe). Cuando entró a la facultad nos despedimos de esa etapa para pasar a otra. Ella estudiaba, yo trabajaba y las tardes se echaban a perder así. La vida nos corrió hacia el fin de semana, siempre que no tuviéramos exámenes ni horas extras en el medio. Las tardes de sábado y domingo eran más tranquilas, si bien ya cada uno andaba en la suya. El novio apareció por esa época, salido de la universidad, con sapiencia y buen humor para repartir.
Al principio me cayó bien, solíamos formar un buen triángulo de lo-que-fuera-que-estuviéramos-haciendo. Todos los triángulos tienen un punto débil, y obviamente yo me hice cargo de ser ese punto con mucha rapidez y torpeza. Con el correr del tiempo nuestro tiempo -cuánto tiempo, lindo tiempo- pasó a ser su tiempo (habían formalizado la relación con mi bendición y todo). Tras un par de años nos reducimos a fomentar el rincón de la nostalgia en ocasiones cuidadosamente elegidas: feriados, cumpleaños, fiestas y excepcionales baches en nuestras rutinas. Fue una caída lenta pero continua; ella siempre estaba demasiado feliz o demasiado triste como para hacerle saber hacia dónde íbamos a parar si no reconsideraba lo nuestro.
Así siguió la cosa hasta aquel lunes miserable, aquella iglesia miserable, este salón de fiestas miserable y yo: el miserable. Todo el mundo me miraba, expectante, y yo sólo la miraba a ella y luego a él, que también la miraba a ella para luego mirarme a mí, porque sabía que ella me miraba. Los tres teníamos dibujadas unas sonrisas horrendas en nuestros rostros, porque atrás había otra cosa, también horrenda. Tenía que hacerlo. Sólo necesitaba coraje, ya fuera para cumplir con la formalidad y desear en voz alta que se atragantaran comiendo perdices o para rebelarme contra todo y hacer una escena inolvidable. Sólo eso, valentía para disimular o destapar lo que había entre mi mesa redonda y la otra, la larguísima. Me desplomé con copa y todo, con un mareo de alta mar. Cuando me desperté estaba sentado contra la pared del baño, con mi gris corbata gris en el regazo y los novios sentados uno a cada lado. El revuelo que llegaba de afuera era intenso, mucho murmullo y también mucha música. Les respondí a todo tranquilo, sin atropellarme al hablar: “Estoy bien, no fue nada, no se preocupen, vuelvan a festejar, perdónenme, creo que me emocioné, saben que los quiero”. Me dijeron que había un médico amigo por cualquier cosa. Les dije que no. Me dijeron de un vaso con agua. Les dije que no. Quería saber cuánto había estado así, cómo había llegado hasta el baño, qué había dicho hace un rato. Lo que me contaron me alcanzó para recobrar el ánimo y calmarme. No llegué a decir “Quiero felicitar a…” cuando me desarmé, golpeé contra mi silla y terminé inconsciente sobre el plato de un viejo tío del novio que estaba sentado a mi lado. Él y otro tipo me llevaron hasta el baño y estuvieron conmigo hasta que volví y llegaron los novios. Un rato después ya estaba lúcido. Ellos se habían ido a bailar el vals de rigor en la celda abarrotada de amigos, familiares, conocidos y ya no tanto. Yo todavía estaba sentado contra la pared, con la conciencia tranquila, escondido en el baño, de donde nunca debí haber salido.
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