martes, 17 de enero de 2006

El fantasma del consultorio

Son muchos los rumores que circulan con la misma intensidad que la gente lo hace por las grandes ciudades de nuestro tiempo. Estas informaciones tienen circuitos muy enrevesados para hacerse llegar de una persona a otra; y quien supo pararse a mirar la hora en la esquina correcta alguna que otra tarde noche de verano estará de acuerdo en que cada burgo construye –secretamente, sin que sus propios participantes lo sepan- verdaderas redes del chisme.

Las trazas de estos subterráneos flujos de información se establecen a partir de los protagonistas que alimentan la corriente con datos que obtienen durante su labor diaria. Cada uno de ellos, además de un profesional del “Esto no te lo dije yo, pero…”, es un verdadero folklorista, no sólo por lo que cuenta, sino principalmente por cómo lo cuenta. La unión entre dos de estos nodos vivientes determina automáticamente un camino que es unido por los transeúntes durante los quehaceres que sus empleos imponen. Esta es apenas una hebra de la red y suele ser intersecada por una o más, determinando a su vez puntos de rumoreo especiales, donde no hay un encargado. Se sabe que estos lugares del mapa se disfrazan a los ojos del caminante desprevenido como esquinas de bares, paradas de taxi y puertas de agencias de lotería. Sin embargo, no hay que dejar de mencionar que muchos de estos corredores de voz baja reciben a diario gente que no trabaja ni estudia. Éstas son las personas a las que los burócratas suelen primero atacar sin piedad y luego escuchar con singular admiración. Lo primero lo dicen y disfrutan sin tener presente lo último y viceversa. Esta fenomenal contradicción es desconocida por estos hombres serios y cualquiera reniega de ella apenas se la cruza.

En una de las tantas ciudades, entre uno de los tantos rumores, mitos y parábolas desafortunadas, salió este escalofriante personaje por la boca de uno de los porteros que tiene el edificio donde se sitúa la acción. La construcción era uno de los muchos e imponentes embutidos de oficinas que apretujados contra las pocas construcciones inferiores a 5 metros de altura y superiores a los cincuenta años de edad conforman el punto neurálgico para todas las actividades que garantizan la supervivencia de la economía, el orden legal, la moda, el buen gusto y los exprimidos de jugo de naranja instantáneos. También se le suele llamar “el centro”.

En el centro estaba el edificio, entonces. En uno de los muchos pisos que todavía resisten uno arriba del otro, hay un consultorio odontológico. En frente funciona un lujoso despacho que, para sorpresa de los habitantes de Marte, la Luna, Nunca Jamás y el País de las Maravillas, es propiedad de un reputado abogado. Muchos de los que conocen al leguleyo en cuestión protestan cuando se lo menciona como en la anterior oración, reclamando la inclusión de una vocal en el adjetivo que lo decora. El otro doctor es apenas un viejo dentista, más conocido por las secuelas que padecen sus pacientes que por los prolijos comedores que lucen los mismos. A pesar del dolor que inflige en las bocas ajenas, el anciano mantiene su clientela. Algunos adolescentes de muelas cariadas, ropas negras y oídos sordos y perforados incluso se arriesgan a afirmar que es por eso y no a pesar de eso que el doctor sigue vigente.

Eso sí, ninguna persona que haya visitado el consultorio alguna vez puede dejar de evocar al fantasma. Tal vez se olviden de las inmutables plantas de plástico, de la cruel rigidez de los sillones de la sala de espera, del marrón de la persiana americana que protege el ventanal, pero no de esa presencia invisible.

Pocas cosas se pueden afirmar sobre el inquilino. Algunas versiones se descartan por la vaguedad de las narraciones y la vagancia de los narradores. Otras, por el contrario, han sido dejadas de lado por la controversia que genera la cantidad de información contradictoria al respecto. Se sabe que al fantasma se le han asignado más de ciento cincuenta nombres y apellidos distintos, veintinueve nacionalidades diferentes y alrededor de dos mil causas de muerte alternativas. En última instancia estas cuestiones no contribuyen a nada, ya que las almas en pena no reconocen ni familia ni patria ni accidente ni cosa alguna distinta de aquello que han perdido.

La incógnita que a muchos de los pacientes del viejo doctor persigue es por qué el fantasma eligió nada más y nada menos que un consultorio odontológico como lugar de residencia, habida cuenta de que estos entes suelen proliferar en las casonas antiguas y los hoteles de pueblos pequeños. Dado que en esta época no abundan ni las unas ni los otros, no es descabellado suponer que el pobre no tuvo elección a la hora de decidirse. Recordemos que en el rubro inmobiliario del Más Allá los movimientos son mucho más escasos dado que nunca hay vacantes por deceso del inquilino ni mudanza porque se agranda la familia, entre otras razones conocidas. Una de las hipótesis más originales la elaboró un joven que alguna vez intentó seguir la carrera de abogacía y fracasó ante el encuentro con el macabro titular de la cátedra Historia del Derecho. El muchacho sospechaba que el fantasma abrigaba cierto encono contra el abogado vecino y que allí esperaba pacientemente a que algún día el buen cuervo se dignara a pasar por el consultorio para saldar la cuenta pendiente que tenía con él. Esta versión tuvo gran cantidad de suscriptores hasta que se supo que el abogado, además de ejercer su profesión, era el titular de la cátedra Historia del Derecho. Resultó que tamaña cantidad de resentimiento era, en realidad, la bola y el grillete del joven narrador y no del fantasma del consultorio.

De hecho, nadie piensa en él como un ánima vengativa o rencorosa. Su presencia inspira perfiles más melancólicos y azules, relacionados con algún amor imposible o un auto de juguete atropellado por un colectivo. Pero claro, compadecer a un fantasma no es tan fácil como hacerlo amigo de la casa e invitarlo a tomar unos mates mientras el doctor termina de sacarle esa muela al gordo que entró hace un rato. No, su trabajo es eficiente y mantiene a todos los que ocupan el consultorio bajo su hechizo. Incluso el doctor abandona su sonrisa cálida cuando entra al consultorio y no la recupera hasta haberse retirado por el gran portón del edificio. En sus horas de trabajo delante del sillón de odontología es serio, un hombre de pocas palabras, cosa que no puede decirse del hombre o mujer que en ese momento está siendo atendido.

Las recepcionistas que trabajan allí nunca han durado más de un año en su puesto. Los pacientes afirman –y algunas ex secretarias más arriesgadas lo corroboran con la mayor de las reservas- que el fantasma les dedica a estas señoritas gran parte de sus horas diarias. Las recién llegadas todavía conservan el entusiasmo, luego la paranoia, que sobreviene con la obtención del trabajo. Se las ve siempre bien vestidas, peinadas y perfumadas, cordiales en el trato tanto con los pacientes como con el doctor, por teléfono o en persona. Las maniobras del fantasma son sutiles, al punto tal de que ninguna de las ex empleadas ni de los pacientes ha podido recordar un incidente puntual, ni siquiera una lámpara rota o un portazo involuntario.

Pero la virtud del espectro no es sólo esa, sino también la constancia en su tarea. A los pocos meses las recepcionistas ya no responden a los piropos, atienden el teléfono de mala gana y sólo tienen interés en las revistas del corazón que el doctor adquiere religiosamente en el kiosco de la esquina. Las más perseverantes resisten un poco más, a sabiendas de que la plata es necesaria y pocos son los que pueden laburar y disfrutar en el proceso. Después de los nueve meses sólo queda una sombra detrás del escritorio. Ya no hay piropos para esa chica despeinada, su mirada está apagada y su ceño fruncido. Su voz es monocorde y apática, los crucigramas de la farándula quedan en blanco hasta que llega la primera paciente femenina. El doctor no puede explicarse este fenómeno dado que pasa la mayoría del tiempo en su oficina y no sabe de los sigilosos estragos que el fantasma produce en las jóvenes.
Los que sí saben son los pacientes. Son ellos los que sienten al fantasma con mayor nitidez, tanto dentro como fuera. Algunos logran percibirlo apenas ingresan a la primera consulta. Otros recién lo advierten luego de haber pasado un cierto tiempo en la sala de espera, mirando con ojos cautelosos a quienes ya están al tanto de que hay alguien ahí, usurpando el mundo de los vivos. Los síntomas, de manera similar a lo que ocurre con las recepcionistas, surgen y evolucionan de manera casi imperceptible, de tal forma que las descripciones y testimonios siempre provienen de pacientes que ya tienen años de tratamiento en el mismo consultorio.

A muchos les cuesta hablar al respecto, ninguno jamás ha podido emitir una frase digna de ser puesta entre comillas en alguna de estas líneas. Se sabe que ahí dentro todo cambia. El silencio no es una elección sino una precaución. La cabeza está siempre vencida y los ojos buscando refugio, ya sea en las gastadas revistas o en los dos cuadros de paisajes hiperrealistas que el doctor mandó a colgar para decorar las paredes. El temor ante la aparición del fantasma no disminuye con el tiempo, se mantiene firme y se va sumiendo como en un olvido para funcionar sigilosamente, como sólo sabe hacerlo el olvido. Muchos pacientes no soportaron más el hostigamiento y cambiaron de dentista, algunos sin haber concluido el tratamiento. Algún que otro desquiciado incluso salió ejectado del sillón en medio de un tratamiento de conducto.

Caminando por otras vías del rumor y del chisme surgen los datos más aterradores acerca de la labor del fantasma del consultorio. Desde otros porteros, otras esquinas y otros taxistas surgen más datos que agigantan su sombra. Los pacientes afirman que al poco tiempo se les aparece en los nuevos consultorios a los que acuden, causando la desazón de nuevas recepcionistas y la perplejidad secreta de la comunidad de odontólogos. Ya muchos han renunciado a cambiar de profesional a sabiendas de que no tienen hacia dónde escapar, sin importar la ciudad o el país a dónde la vida los haya llevado. La dispersión de las víctimas sólo ha logrado que el fantasma encuentre más lugares donde habitar. Lo más terrible del caso es que logra trabajar de manera simultánea en todos los lugares hasta donde ha llegado su nombre. Esto tiene desconcertados a todos los folkloristas, ya que la omnipresencia era un atributo hasta ahora desconocido en estas criaturas errantes. La única explicación posible radica, dicen, en que el fantasma se haya esparcido por las mismísimas redes del chisme y la palabra, logrando aparecerse ante todo aquel que haya visto o sabido de su existencia. Dicho esto sólo queda pedir disculpas por la tardía aclaración, recomendarle a usted la mejor de las higienes dentales y, cuando ya no sea posible dilatar más la visita, un buen libro y mucho coraje.

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