lunes, 30 de enero de 2006

Cortado

“Flaco, ¿me estás escuchando?” El morocho sentado frente a él lo miraba ahora con esa ofuscación propia de los que han estado hablando durante un tiempo considerable ante alguien que no les presta ni la más mínima atención.

Eugenio parpadeó un segundo y levantó la mirada hacia él, señal de que había vuelto a su cuerpo con todo éxito. Mientras se acomodaba, repasaba todo lo que había a su alrededor con mirada de advenedizo. No había pasado siquiera un cuarto de hora desde que se sentaran a la mesa de siempre en el bar de toda la vida. “Pero por más vueltas que le des, este lugar nunca es el mismo”, como sabía predicar el Ruben en otros tiempos, cuando las charlas eran verdaderamente una esgrima y una escuela, y el café y el frío de la mañana eran el acicate justo y necesario para que los ecos de las palabras sobrevivieran al resto del día. “Qué lejos que estamos de esa época”, pero eso no lo predicaban ni él ni Eugenio más que en su mirada y en la insistencia por regresar a aquel cafetín sobre el que Discépolo seguramente no hubiera escrito de haberlo conocido.

Desde la calle se veía el rostro curtido del Ruben a través de la mugre del vidrio, del vidrio y de la mugre del otro lado del vidrio, en ese orden. A Eugenio había que imaginarlo a través del muro sentado frente a él, de espaldas contra la puerta de la esquina y apoyando la cabeza contra la pared que alguna vez había sido verde. Su mesa era la única ocupada además de otras dos que tenían un aire incluso más triste que la suya. Cada una con un tipo de edad incalculable, seguramente demasiada por la forma de descansar el peso del cuerpo sobre los codos que a su vez descansaban en la mesa. Cada uno con una sección del diario que previamente le habría pedido al otro luego de hacer el santo y seña: ligera reclinación hacia delante para entrar en el campo visual y lograr entablar la escueta conversación de rigor; cada uno en una isla de un metro cuadrado, a la deriva pero sin moverse, conectados sólo por los ruidos del afuera. “Pensar que vamos a terminar así me pone los pelos de punta”, dijo el Negro mientras los miraba con impaciencia. Eugenio giró para verlos un segundo, dibujados contra la pared del fondo. En media hora más el sol entraría por la ventana de la otra calle y los correría. La inmovilidad en que estaban sumidos los delataba: lo sabían y les importaba muy poco, o bien sabían que les quedaba muy poco y les importaba. Un juego de palabras sencillo, o tal vez mucho más que eso.

Esperó a que Eugenio se volviera hacia la mesa para reanudar su reflexión.

Fijate, en cuanto nos distraigamos vamos a terminar así. Vamos yendo tan despacio que no nos damos cuenta. Bah, no nos queremos dar cuenta. Así como estamos acá, renegando con lo que ya no tenemos. Porque el barrio sigue estando pero no es el mismo, che. Nosotros no somos los mismos por más que vengamos acá y nos sentemos acá con la experiencia que tenemos de años de saber que acá el sol no nos agarra ni a la mañana ni a la tarde. Ni siquiera sería lo mismo si fuéramos a buscar a los pibes uno por uno y los trajéramos hasta acá y nos sentáramos a jugar un truco y a hacer el Prode. Aparte, escuchame hablar: de dónde se me ocurre a mí seguir hablando de los pibes. Hay que ser cabezón, viejo. Esta mina hace como quince minutos que me está mirando de reojo y todavía no se dignó a atenderme ¿Puede ser, carajo?

El Negro ya reventaba de impaciencia contra la vida y, sin más remedio, se la agarraba contra lo mas endeble que la misma le ofrecía esa mañana. La muchacha, como intuyendo la demanda que emanaba de la mesa, se secó las manos con el repasador y se acercó temerosa. ¿Qué le traigo? Un cortado ¿Algo más? No, gracias. Eugenio la siguió con la mirada, hizo una mueca extraña con la boca y luego se devolvió a su posición inicial contra la pared que alguna vez había sido verde. El Ruben sabía que esa era su seña para seguir hablando, pero se había quedado enganchado pensando en la moza.

Fijate que esa mina no tiene ni idea de quiénes somos nosotros ¿Cuánto hace que labura acá? Está meta mirar, como si fuéramos dos locos salidos de una alcantarilla. Ahora resulta que es más incómodo tener dos tipos hablando en una mesa que un par de viejos ahogados en el diario y el café con leche, dejame de joder. Si no fuera por nosotros, este lugar hubiera dejado de existir hace años y ella estaría laburando en el supermercado de los chinos. Desde que el Vasco vendió el bar, es como si todo se hubiera empezado a desdibujar, ¿vos podés creer? Cada vez que vuelvo falta algo más, o Pipo se mudó como por arte de magia y ni avisó, o tiraron abajo la casa de los viejos del Seba para hacer un edificio o cierran la calle de la pensión para hacerla peatonal.

Eugenio lo miraba con una pena que acaso también fuera la de él. El Negro no sabía disimular cuando la melancolía lo ganaba, se ponía pálido, los ojos se le salían de tanto dar vueltas, el pecho se le hundía bajo el peso de los hombros y lo único en su cuerpo que resistía el ataque era el cuello, que se empecinaba en mantener la cabeza erguida, como esperando una señal de algún cielo más lejano que el de todos los días. El barrio nunca había sido demasiado suyo, apenas y había vivido algunos años allí como en otros lares, pero siempre martillaba aquello de que mirá que he andado por todas partes, que acá es el único lugar a donde me recuerdo bien, que amigos como ustedes no se encuentran en cualquier lado. Años después de que el Ruben se hubiera mudado seguían frescas las gastadas por aquellas confesiones que sabía hacer sin vergüenza alguna delante de cualquiera; que en realidad eran la envidia de no poder sentir y decir con esa facilidad y esa honestidad, así se defendía él cada vez que volvía para encontrarse con ellos. Eugenio se sonreía ante él mientras recordaba la frase que el Negro había dejado para la posteridad durante una, ya lejana, borrachera de julio: “Voy a tener doscientos años en el lomo y el corazón blando como el de un nene”. Ahora los ojos se le encendían al encontrar la mirada cómplice frente a él, como si hubiera adivinado el pensamiento que en ese momento Eugenio intentaba rehuir, mirando hacia la ventana con cara de estar a punto de gritar que pasaba un OVNI por la calle.

Sí, sí, ustedes siempre se rieron pero nunca se animaron a llevarme la contra porque saben que tengo razón. A este ritmo no va a hacer falta demasiado para que cierren (clavó el índice en forma perpendicular contra la mesa mientras la moza dejaba el cortado y el vaso de soda en la mesa, nerviosa y a los apurones, luego siguió hablando sin prestarle atención). Después no sé, viejo. Será cuestión de acostumbrarse y entender de una vez que el tiempo va hacia adelante y no al revés. Yo no me hago más mala sangre, vuelvo nada más que para verlos a ustedes. A todo esto, no vendría mal que movieran el culo alguna vez y se pegaran una vuelta por casa. Que sean locales no les da derecho a no llamar. Así a mí me puede pasar cualquier cosa que ustedes se enteran recién al mes, cuando no vine a hincharles las pelotas porque estoy metro ochenta bajo tierra o viviendo en Buenos Aires porque al otario de mi jefe se le ocurrió transferirme. Recién ahí se van a pelear por venir a oírme hablar al pedo.

Ahora Eugenio se reía con ganas, cosa que no era frecuente dado que era de lo más retraído, “un colgado” para los amigos. Él también corría el riesgo, como Ruben, de desaparecer sin que su ausencia fuera tangible. La imagen de su rostro delgado, sus cejas espesas fruncidas sobre sus ojos entreabiertos, como soñando en plena charla, era una de las que el Negro decía extrañar más cada vez que volvía, a pesar de que era el primero en gritar que ojo que ahí viene el fantasma cuando lo veían venir por la calle. Tal vez fuera por eso que se llevaban tan bien, y por eso también el Negro lo defendiera siempre que a Eugenio se le reprochaba su no-presente presencia o su notable capacidad para llegar tarde hasta a la esquina de su propia casa. Lo verdaderamente notable del asunto era que él vivía en el primer piso del inmueble que ocupaba dicha intersección. En frente quedaba el bar de donde ahora se retiraba el último de los dos viejos que estaban leyendo el diario. El primero había partido un ratito antes, cuando la luz del sol recién subía por sus piernas y todavía no dibujaba sombras en la pared del fondo, que también alguna vez había sido verde. Ahora quedaban Eugenio, que se reía, el Negro, que no se reía y la moza, que con esa cara entre asustada y antipática vaya uno a saber si alguna vez se había reído.

Honestamente, nunca tuve la más mínima gana de moverme de acá. Y desde que me fui siempre anduve hinchando con que me iba a volver, que por más que no quedara nadie y hubieran pasado mil años y tuviera que dormir en la plaza. Pero ahora no sé. Yo miro y las cosas ya no son como las recuerdo, como las vivimos entonces. Antes era tan cabezón que ni me daba cuenta. Ahora como que lo veo más claro, será que maduré o algo por el estilo. Yo me puedo juntar ahora, acá, con vos, a contar las mismas huevadas que repasamos cada vez que volvemos, y nos podemos juntar con el resto y hacerlo más divertido todavía y hasta armar un asado si nos ponemos. Y es como abrir un álbum de fotos, pero nada más. Después se acaba y cada uno tiene que irse a hacer la suya. Fijate que cada vez somos menos para la juntada a fin de año. Es tremendo, yo no me puedo acostumbrar y decir que no me importa, seguir la vida, olvidarme de todo. Porque para mí es eso, se olvidan y les deja de importar. No es por resentido ni nada por el estilo. Pero si nos cruzamos por pura casualidad empiezan con lo de a ver cuándo nos vemos y después nada, ni llamar por teléfono. No sé si me estaré volviendo loco, o es que a mí me agarran de boludo en este mundo y yo vengo acá a contártelo para que pongas cara de nada ¡Basta, viejo! No hay derecho a tener que sentarse solo en esta mesa y sentir que lo que uno ha vivido ha sido una brutal mentira.

La moza volteó espantada hacia el hombre, que súbitamente había golpeado la mesa. El silencio era turbio por entonces. La chica pareció despertar con el puñetazo y se acercó con mucha cautela para preguntarle al viejo si necesitaba algo. El tipo se dio vuelta y habló por segunda vez en toda la mañana para pedir disculpas con una voz temblorosa, típica de esa gente que se incomoda al hablar con extraños. Inmediatamente bebió el vaso de soda, tiró unas monedas sobre la mesa y salió a los tumbos por la puerta, con la cabeza baja. Cruzó la calle y subió la escalera hasta su casa. A la mañana siguiente tal vez volvería al bar y pediría el diario y un café con leche para sorber lentamente al calor de la luz del sol, sentado contra la pared del fondo, esperando que alguno de los muchachos se sentara a la mesa para desayunar junto a él.

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