jueves, 13 de octubre de 2005

Recuerdo (tonto)

Antes de empezar debo aclarar que mi relato será tan preciso y verosímil como mi memoria me lo permita, o al menos intentará serlo. Es que los hechos tienden a deformarse al atravesar los estrechos pasillos de nuestros sentidos, sabido es que nadie está exento de este problema. Lo que finalmente se almacena en la cabeza es un bosquejo más o menos rudimentario de lo que en realidad aconteció. Por suerte tengo muy buena memoria, o al menos eso dicen los que me conocen desde hace algún tiempo. Siempre surge allí a la hora de resaltar mis virtudes, aunque suele quedar un poco relegada cuando empiezan a alabar mi elocuencia, mi simpatía y amabilidad a la hora de las reuniones, mi seriedad durante los debates sobre temas de actualidad, las agudas observaciones que suelo realizar en dichas ocasiones, mis divertidísimos aforismos acerca de la vida cotidiana y finalmente mi inexplicable humildad a la hora de defenderme de todos estos cargos. No es que haya querido presumir haciendo gala de mis atributos, siempre me han dicho que no debo avergonzarme de aquello que otros admiran en mí. Tarde o temprano hay que convencerse de las cualidades que a uno le señalan, o al menos es lo que todos me recomiendan.

Trataré de dar tantas precisiones como me sea posible. Era una tarde preciosa, de esas que lo ponen a uno en la calle sin siquiera proponérselo. No recuerdo bien la época del año, aunque sí recuerdo el aire fresco, apenas perfumado; quizá había sido siempre así y en ese momento se destacaba ante la marcada falta de viento. De las nubes no había ni noticias, el cielo era de un celeste profundísimo que por momentos hipnotizaba. Se me ocurrió que el mejor lugar donde pasar las horas aquel día era el parque. Agarré un pullover livianito en caso de que refrescara camino a casa y lo metí en mi mochila marrón junto con un libro que era interesantísimo, o al menos eso me habían dicho. Descarté la idea de tomar mate ya que no tenía con quien cebarme... cebarme unos mates, claro está. Preparé una botella con jugo de naranja, tomé un paquete de galletitas y en menos de lo que pensé estaba en la parada de la esquina esperando el colectivo. Pues sí, lo espontáneo no quita lo previsor cuando de mí se trata.

Afortunadamente el coche venía vacío, recuerdo que esto no era habitual durante aquella época del año que no puedo precisar. Tras realizar la transacción pertinente con el chofer noté sólo dos señoras sentadas juntas en los primeros asientos. Ambas me miraron con indiferencia, daban toda la sensación de ser grandes amigas a pesar de que en ese momento no interrumpí charla alguna que pudiera confirmar mi hipótesis. Me basé, principalmente, en el hecho de que estaban compartiendo el asiento en un colectivo vacío. No es que yo sea antisocial ni nada por el estilo, simplemente me pareció lógico que, si no se conocían, alguna se cambiara de asiento para poder viajar con comodidad. Ojo, tampoco es que yo me queje del transporte público ni mucho menos. Simplemente necesito poder estar a mis anchas mientras miro por la ventanilla. Así fue que elegí el asiento individual más cercano a la puerta trasera y allí me deposité atendiendo de tanto en tanto al extraño dúo que callaba allá adelante.

Habitualmente el colectivo se tardaba veinte minutos en llegar hasta el parque en esa época del año y a esa hora del día. Como se trataba de una tarde poco habitual, imaginé (con buen tino) que el trayecto demoraría menos esa vez. No había terminado de acomodarme cuando el chofer detuvo el coche súbitamente antes de la calle. Su mirada se dirigió al espejo lateral que vigila la puerta de descenso, entonces presumí (acertadamente) que la maniobra era para esperar a un pasajero que venía al trote o quizá corriendo. Recuerdo que no pude disimular mi asombro cuando la vi subir, aunque tampoco hizo falta dadas las circunstancias. Dio un salto tímido para llegar al primer escalón y luego dos pasos cuidadosos mientras el insensible del colectivero arrancaba sin consideración alguna. Las señoras de adelante la contemplaron con la misma indiferencia que yo había padecido, mientras se aferraba al pasamanos y buscaba unas monedas en el bolsillo de su bolso. Recién cuando terminó de pagar levantó la vista buscando un asiento y allí pude terminar de contemplarla. Me quedé embelesado al ver su rostro y aún más cuando su mirada encontró la mía mientras se depositaba suavemente en el tercer asiento individual. Quedó sentada varios asientos por delante, en dirección recta y dándome la espalda; me olvidé de las señoras al punto tal de que ya no estaban en el coche, o al menos eso sentía. No recuerdo su rostro ni tampoco el color de sus cabellos. Fue sólo un instante, pero hasta el día de hoy puedo revivir el desasosiego que sentí al encontrarme aquellos ojos. El impacto fue tal que tampoco recuerdo con precisión si eran verdes, azules o grises. Ojo, no es que yo sea enamoradizo.

Abrió la ventanilla y el aire fue renovándose con el correr de las cuadras, como si ella fuera la encarnación misma de aquel maravilloso día. Su pelo ondeaba según los designios del viento y ella se limitaba a mirar por la ventanilla pensando en quien sabe qué (vaya uno a saber si estaba pensando en algo realmente). Entonces comprendí que no estaba abstraída ni meditabunda ni nostálgica ni frita. Por más bien que lo disimulara había algo más en esa deliciosa forma de dejarse estar contra el asiento, la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás y a un costado, tal vez intentando una siesta. Pero no, ella buscaba, casi que se afanaba en ser objeto de contemplación. Como las señoras ya se habrían bajado, o al menos eso esperaba en medio de mi trance, y el chofer estaba demasiado absorto en su trabajo, el único espectador en potencia era yo. Aquel cruce de miradas evidentemente había tenido efectos recíprocos en ella. Mis dudas se habían despejado por completo. Si algo me ha enseñado mi experiencia con las mujeres es que ninguna remolonea con tanta gracia sin saberse bajo una mirada interesada. De hecho, tampoco prolonga demasiado el ritual a menos que el observador sea de su agrado, despertando en ella una intención de trascender ese estado inicial de belleza inalcanzable. No es que yo sea narcicista ni mucho menos, pero no hay que renegar de la buena apariencia que uno pueda tener, o al menos eso me han susurrado al oído.

Habiéndome percatado del ardid, sólo restaba aproximarme y, como se dice vulgarmente, pasar del dicho al hecho. Recorriendo el trecho me encontraba, cuando el impulso que tomé para levantarme del asiento e iniciar la introducción fue frenado por un violento empellón invisible. Claro, el colectivo seguía en marcha y el chofer en su asiento, justo había frenado peligrosamente asomado a la bocacalle para no pasar un semáforo que recién en ese instante pasaba del amarillo al rojo. Podría haber acelerado para pasar tranquilamente bajo el visto bueno a regañadientes que significa el faro central de los semáforos. La cuestión es que no lo hizo. Empecé a sospechar que ese energúmeno de camisa celeste se había percatado de mis intenciones, por lo que corregí para ocasiones futuras la posibilidad de soslayar la perspectiva de espejo retrovisor que poseen estos singulares empleados públicos. Aún cuando fuera cierto, no iba a dejarme inhibir por los toscos esfuerzos de un sujeto que, de pretender mi mismo objetivo, corría con claras desventajas estetico-odoríferas que no vienen a cuento. Esta vez no cabe desmentirlo, parece que abrigo cierto rencor hacia los colectiveros.

Mi segundo intento por incorporarme fue exitoso, quedé parado en medio del pasillo a la altura de la puerta de descenso. Ella no se había percatado y continuaba (haciendo como si estuviera) distraída, dejando que su cabeza acompañara suavemente los inevitables zarandeos que los baches provocan en esa parte del trayecto. Casualmente, era la que antecedía la llegada al parque, sólo faltaba tomar hacia la derecha en la próxima cuadra. El colectivero no se dio el lujo de desperdiciar semejante oportunidad. La maniobra fue repentina y a gran velocidad, no pude aferrarme al pasamanos a tiempo y quedé troquelado contra la ventanilla de mi asiento de un solo golpazo. El ruido del impacto no la hizo voltear, lo cual revelaba más allá de toda conjetura una gran capacidad para disimular la curiosidad que mi persona le despertaba. Faltaban tres cuadras para bajarme. No había forma de lograr en tan poco tiempo que ella me acompañara al parque y mucho menos que me permitiera continuar el viaje a su lado, sobre todo porque todavía no habíamos cruzado palabra alguna. Me abandoné a seguir contemplándola hasta las últimas consecuencias, sintiéndome casi derrotado por su excesiva habilidad para aquel juego y también por los volantazos de mi enemigo, que no por el hecho de que yo en ese momento estuviera tocando el timbre se iba a alzar con la victoria. El coche frenó lentamente hasta detenerse por completo. Comencé a descender de costado sin dejar de admirarla. Ella volteó de manera imprevista, seguramente simulando un interés por llevarse una vista del parque que yo todavía no había podido adquirir. La encontré de perfil, con la mirada dirigida hacia un punto en que podía ver el parque sin perderme de vista. Su movida fue tan ingeniosa y oportuna que me distrajo en mi tarea de bajarme del colectivo. El pie derecho apenas estaba apoyado en el pavimento cuando el resto de mi cuerpo decidió seguir descendiendo automáticamente. No alcancé a agarrarme de nada y, ya vencido, me limité a caer tratando de no perderla de vista. Giré poco menos de 90 grados hacia atrás y aterricé de espaldas, golpeando la parte de atrás de mi cabeza contra el cordón de la vereda. El colectivero arrancó inmediatamente, llevándose a bordo la última imagen de ella, que se reía de mí. En ese momento se dispararon mil ideas en mi cabeza: pensé en un complot entre ambos tripulantes, pensé que las dos señoras seguían subidas al colectivo, pensé que ella jamás se había fijado en mí y que el chofer sólo era un bruto más al volante de un coche más. Me levanté para chequear si tenía algún tipo de lastimadura mientras ordenaba todas esas ideas. Empecé a caminar por el parque con la tranquilidad de que había muy poca gente. Ya sentado en mi habitual banco al costado del camino, comprendí que sólo eran disparates. Nunca fui de de esos bobos que andan por la vida prestándole demasiada atención a lo que les dicta su imaginación.

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