La rutina se había alivianado con la llegada de la primavera. Sí, había que ir a laburar, había que estudiar e incluso dedicarse a ambas cosas. Pero el marco había cambiado. Los días se habían templado, el sol asomaba más tempranito, las mañanas se disfrutaban por más forzado que hubiera que salir de la cama. Todo este entusiasmo primaveral se esfumó con la llegada de este octubre de elecciones. Transitar la cotidianeidad buscando un momento para despegarse un poco de los deberes sociales se había hecho fácil con la llegada de la estación pop por excelencia (con perdón de los amantes del verano). Desgraciadamente, no duró. Habitualmente cuesta remontar vuelo por el tiempo que consumen las obligaciones de diversas índoles. La entrada al mes 10 ha hecho que cualquier llamado a la imaginación y a la introspección constituya ya una empresa digna de comparación con la última cruzada de Indiana Jones (claro que rima, ¿de qué otra forma iba a aparecer Harrison Ford acá?). Sentarse a despejar la mente, remojar las barbas, patear el balde o como quiera que se le llame se ha tornado imposible con la omnipresencia de los candidatos en las calles. Claro que esto es común a cualquier período eleccionario. El problema es que en esta oportunidad no irrumpen en nuestras conciencias con propuestas renovadoras y cambios “que la sociedad está pidiendo”, sino precisamente por la ausencia de cualquier cosa que se les parezca. La ciudad está empapelada con las caras de los Tres Mosqueteros Socialistas (con al menos dos de ellos severamente beneficiados por las virtudes del Photoshop). Por otro lado asoman Lo’ Muchachó Peronistas (léase cantando), quienes no ceden en su afán de mostrar cuanta foto tengan con el Señor K. Ambas plataformas electorales no invitan a pensar en algo más allá de las singulares caripelas que decoran la ciudad (aunque hay que destacar la labor de la Combi-Cumbia que hace bailar con la candidatura de Súper Mario Miatello). El 84,22% del papel afiche es ocupado por los rostros de nuestros funcionarios, mientras que el 11,31% se destina a nombrarlos y aclarar a qué puesto apuntan. Así, el 4,45% se destina a un lema que sí o sí (este parece ser el paradigma al que responden las campañas) tiene que tener las palabras “Rosario” y “más” en referencia al potencial de la Cuna de la Bandera. El 0,02% restante es un margen de error que puede encontrarse en cualquier estudio ficticio que se precie de tal.
Este mes no contribuye a un pensamiento que pueda ir por afuera de la gris realidad del día a día y del veloz tempo urbano. Más bien, obstaculiza cualquier intento de escapar a ella al sumirnos en ese vacío del slogan y la foto con cara de honesto (¡marca Acme!), ya sea a fuerza de repetirse en las retinas de los que no les interesa, o bien de perpetuarse en las de los que sí se preocupan. Tras que el tiempo que vale es poco, encima hay que malgastarlo en despejar o desmenuzar esa bola de candidateces. Qué difícil es encontrar un resquicio para escribir algo decente últimamente. Bueno, habría que ver qué puede considerarse como decente. Sería todo aquello que no atenta contra la moral pública. Momento, esto no es una clase de instrucción cívica. No importa tanto que sea decente, lo cual no implica una invitación a la depravación y el desenfreno ¿Acaso no pueden venir? No, siempre arman despelote y se van antes de nadie se dé cuenta de que fueron los responsables. Bueno, basta, no es cuestión de perder el rumbo ¡Acá está! Dejalo ahí al lado de la cordura y los cordones, sobre la mesa de pool. En fin, lo importante es lo escrito tenga valor. Ahora bien, ¿quién decide el valor de lo que se escribe? ¿El presidente? No, anda ocupado (al menos hasta el domingo) ¿El Papa? Hace mil años, quizá, ahora habría que preguntarle si tiene ganas. Pero nadie puede resolver esto entonces. A menos que Lía Salgado se aparezca aquí y ahora para iluminar las penumbras que estas dudas han creado, la cuestión tendrá que ser dirimida al interior de cada cabezota cuyos ojos se encuentren posados sobre el texto en cuestión. Existe la posibilidad de crear un ente autárquico que se dedique a la valoración de los escritos, pero tal vez eso sea un tanto autoritario. Claro… estaría obligando a un cierto número de gente a leer.
Por lo tanto, eso del valor aparece como muy resbaladizo para tomarse como premisa. La clave no está en que el texto sea un objeto que por sí mismo tenga valor, locura grande y redonda (como la Tierra) si las hay. Tampoco pasa por que revista un valor social y se transforme en un elemento positivo para la cohesión de los integrantes de una sociedad. Ni hablar de la posibilidad de que adquiera valor económico, al punto de negociar a don Quijote para comprarle pilas al walkman o entregar a Hamlet a cambio de unos lentes oscuros ahora que el sol empieza a calentar aquí en la playa. No es cuestión de culpar a la noche o a la lluvia, tampoco. Suficiente, para robar poesía es menester no haberla oído en una radio FM cinco veces al día durante las vacaciones de verano. El objetivo no es ese, pues. Lo importante es que lo escrito configure un tipo ¡Ah, tipo nada! No, imbécil ¿Un tipo imbécil? No, para eso ya estás vos. Perfecto. Un tipo (aunque resulte mucho más atractiva la posibilidad de una tipa) determinado, concreto y con un cierto nivel de significado interno. Un tipo de realidad escondida allí donde la letra que sigue a la última todavía no está, donde el renglón que se superpondrá al anterior todavía no cayó, donde las páginas por venir no son un mero desenlace sino el anuncio de angustias, risas e incertidumbres futuras. Llegar al final de un texto debería ser la puerta a las inquietudes y los sentimientos que suelen estar ausentes en el discurrir de las horas de trabajo y de estudio. No debería satisfacer sino generar una ansiedad, sembrar una especie de vicio que pueda desentumecer, que sea solidario con el esfuerzo que implica cargar con las responsabilidades de acá y de ahora en el mundo supersónico, de los rostros vacíos de ideas y las cabezas sin tiempo valioso.
1 comentario:
La valoración del texto es puramente responsabilidad de quien lee... más precisamente de quien ENTIENDE lo que lee...
"De mi mente se sucede siempre el mismo hecho del cual mi inspiración es responsable, palabras que se suicidan contra papeles... al que solo muy pocos llegan a valorar algo más que a un trozo de Higienol®..."
Ahí te dejo mi huella después de haber pasado por este "blog"... con tanta "personalidad", muy vos si se quiere.
Un beso!
Publicar un comentario