jueves, 15 de septiembre de 2005

El bobo del huracán

"Si piensan que poner nombre de mujer a una tormenta destructiva es sexista, seguro que no han visto a un grupo de damas en una barata de ropa", dijo Kent Brockman, cerrando el anuncio de la inminente llegada del huracán Bárbara a las tierras de Springfield. El carismático presentador (anchorman le dicen por allá) no sabía que su sarcástico comentario hoy sería un firme candidato a llevarse el premio a Mejor Chiste de Humor Negro. Sólo era una frase más dentro de otro (excelente) capítulo de Los Simpson allá por el año 1996; el episodio se llamó "Huracán Neddy". La historia tenía por protagonista a Ned Flanders, quien luego de la tormenta se ve despojado de todos sus bienes materiales y entra en una aguda crisis psicológica que lo lleva a huir -incluso de su propia familia- e internarse en un hospital psiquiátrico.

Quienes vieron el citado dibujo animado habrán recordado diferentes instancias a lo largo de esos veintipico de minutos que, a su vez, les habrán provocado diferentes accesos de risa. Quienes no lo vieron probablemente hayan encontrado en la referencia, más allá de simpatías o desagrados por los tipitos amarillos, una analogía cuando menos curiosa, una situación que bien pueden llegar a reeditar varios de los habitantes de New Orleans. Hasta aquí el lector de turno con un mínimo espíritu inquisidor objetaría que la relación establecida entre un desastre como es la Katrina (feo nombre si los hay) y Los Simpson (buena serie si las hubo) es propia de la cruza entre una pelota y la tozudez.

*Las soluciones para el acertijo vienen en el próximo número de la revistita, junto con el tomo 17 del Pequeño Huevón Ilustrado*

Pues sí, no es precisamente el más responsable ni constructivo de los análisis que pueden llegar a hacerse sobre el increíble desastre que hizo esa mina, digo... ese huracán. Ahora el lector inquisidor infla el pecho, arquea la ceja y se mira de costado en su espejo pensando: "¡Grande, pa!". El otro se cuelga recordando sus chistes favoritos de la familia más famosa y amarilla de los Estados Unidos. El que más o menos entendió por donde venía la mano ya cerró esta página y está dedicándose a algo que sí vale la pena. O sea que... ya se puede hablar con confianza. Sí, pero primero prendé las luces y apagá la música, degenerado. Perdón, es la costumbre.


La cuestión está lejos de poder ser utilizada para bromear, aunque en el sentido geográfico la expresión sea rotundamente cierta. En este mundo globalizado (que siempre tuvo forma de globo, pero ahora quien lo dice no sólo no es quemado en la hoguera sino que al decirlo es un analista político sociológico en potencia) todo es inmediato y cualquier cosa que pasa en una parte de él repercute de manera casi instantánea en el rincón más lejano. Entonces, todo el mundo es víctima de la Katrina en uno u otro sentido, aunque victimirijillas en comparación con los que han padecido los efectos físicamente comprobables de la mina, digo... del fenómeno.

Así, Katrina se convirtió en una heroína para los que odian a George Doblevé Bush y despotrican sin cesar contra los estadounidenses, el imperialismo, la american way y the sea in a car. La madre naturaleza envió a esta terrible niña a asestarle un nuevo golpe en el centro del orgullo a la mejor democracia del mundo. Claro, al fin les toca una con todo lo que han hecho en Irak, en Afganistán y en la Franja de Gaza. La cereza del postre es ver cómo las propias tropas norteamericanas regresan a su propio suelo a reprimir a sus compatriotas y devolver la paz a la tierra de los libres y el hogar de los valientes. Es un espectáculo grandioso. Sin miedo a exagerar, es casi tan entretenido como el show ese en el que tiraron las Torres Gemelas. Sobre todo porque acá nunca nos dan la oportunidad de ver cosa semejante ¿Que el río Salado qué?

En fin, el coeficiente de empatía tiende peligrosamente a cero. Más allá de los delirios de grandeza del tal Bush y todo lo tétrica que pueda parecer la idiosincracia de Estados Unidos en ciertos aspectos, hay un denominador común al que es difícil escapar, y es la gente. La Katrina nos ocupa más allá de las alteraciones en los índices macroeconómicos globales, la situación geopolítica y el constante show morbo que montan los medios; principalmente porque los afectados son humanos, sin importar las banderitas y los orgullos que porten. La devastación producida por el huracán (que encima tiene un nombre feo) dejó en claro que los hombres somos frágiles al lado del poder de la naturaleza. Olvidar eso y seguir jugando con el planeta como si fuera un globo es una alternativa peligrosa, a la que muchos aún no quieren renunciar. Tal vez por eso mamá le encargó a Ofelia que salga a echar un ojo.

Soslayar más de 700 muertes y decir que "se lo merecen" implica una escalofriante falta de sensibilidad, sobre todo aquí, en el país de Nomeacuerdo, donde, hace algún tiempo, un señor de bigote dijo que los argentinos éramos "derechos y humanos".

2 comentarios:

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

...en el pais donde casi todos dimos demasiados pasos y nadie tiene idea al final si está bien parado o no.
Me parece un tópico bastante difícil de abordar, uno siempre está indefiniendo en ciertos modos su propia postura ante el dolor ajeno, y, casualmente, se endozaron a mi cabeza todavía enredada entre Malvinas desde hace horas, Katrina, las bombas y Santa Fé en el 2003.
Me detengo un poco más en lo último, las historias que flotaron en el agua todavía las veo ahí, y acá.
Y en gran parte por esto me parece un tema tan camplicado para desarrollar, porque uno nunca sabe hacia dónde hay que llegar si no se sabe por qué caminos andan nuestras palabras.