sábado, 3 de septiembre de 2005

Antediluviano

Dicen que el sol había desaparecido y que no había nadie en las calles cuando empezó. Nadie salía de sus casas desde hacía varias semanas, cuando se supo la fecha exacta en que iba a suceder; es decir, el día en que se confirmó el Día. A nadie le importaban las causas ya que eran inmodificables, al igual que la única e inminente consecuencia. Esto no impidió que muchos gastaran lo que les quedaba de tiempo en indagar sobre el origen último de todo el asunto y de alguna forma sentirse más iluminados al respecto, pero no por eso iban a escapar a su destino. Todo se iría al diablo y no había nada que hacerle.

Dicen que ese día (el día en que se confirmó el Día) entre todos parieron el caos que precedería la calma última. Los gritos llenaron el aire hasta hacerlo denso y convertirlo en una marea invisible de desesperación, desasosiego y desamparo. Éstos abdicaron, aquéllos desvariaron, los de allá se regocijaron ante la inminente salvación, los de acá ahogaron el rostro entre sus manos; todos en un último acto de fe o de renuncia a ella, se había acabado el tiempo de las saludables dudas existenciales y pronto se acabaría todo el resto. Los que quisieron escapar fueron los primeros en morir, su sangre se derramó y dio paso a los ríos rojos de la purificación. Llegaba el fin, no había ejército que los protegiera ni dinero que pudieran pagar ni ley que los amparara en su poder caduco, los desposeídos y los postergados ahora también eran ellos. Los sometidos fueron al fin sometedores y se tomaron su justa revancha, aunque el sentido de justicia sólo perduraba único al interior de cada corazón agonizante, salvaje. La dama de la balanza y la venda yacía violada y degollada en el fondo de un abismo al que los ancianos se referían como la civilización.

Dicen que en ese afán purificador renació el fuego antiguo, brillante de poder, destruyendo todo lo que había corrompido esa tierra, alguna vez fértil y hermosa. Cayeron los palacios vanos, los templos sacros, los monumentos históricos, los edificios modernos, los museos solemnes, los castillos majestuosos, las construcciones maravillosas, los vestigios que no debían sobrevivir a sus hacedores. Saquearon hasta darse cuenta de que de poco valían los tesoros a esa hora y de esa manera, si bien el oro brillaba más entre sus manos que en una vitrina. Tras los gritos y la sangre, el parto concluyó y rompieron en llanto, como sucede en todo alumbramiento. El caos yacía apacible sobre todo lo que podían ver. La labor había sido furiosa y veloz.

Dicen que la ira se fue con la luz del último ocaso rojo y vino la noche de la angustia. Las lágrimas redentoras eran dulces en los labios de todos los que esperaban contemplando por última vez el cielo nocturno, que ofrecía una función digna de cierre de temporada. Los sollozos que llegaban invisibles de todas partes se conjugaban en un tristísimo arrullo, mientras que una brisa cálida circulaba incansablemente. La belleza de lo irreversible arremetió como una puñalada en el centro del pecho, estremeciéndolos hasta los últimos abrazos, las últimas caricias, los últimos estertores; el amor, lo único que valía la pena esperar y dar a esa hora, tanto como fuera posible. Irrumpió el amanecer y con él las nubes que preparaban las aguas de lo inevitable.
Dicen que el sol había desaparecido y que no había nadie en las calles cuando empezó. Dicen que nadie sobrevivió para contar la historia de los seres que habitaron ese planeta, que la era después del diluvio trajo nuevos seres, impolutos e inconscientes de la historia detrás de ellos, de su historia delante de ellos.

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