martes, 26 de julio de 2005

Ficción estacional

Caminaba pensando en lo fantástico que había sido despedirse de ella diciendo: "Hasta pronto". Sus pasos eran tan seguros y regulares que hubieran oficiado de metrónomo para cualquiera. Sin embargo, él era el único que aprovechaba para canturrear acompasadamente esa milonga que tanto le gustaba: "Si zarpo esta madrugada / sin el recuerdo de tus besos...". O bien en la cuadra no había tantos músicos aprendices que disfrutaran las sesiones de madrugada como cabía esperar, o bien el ritmo de esas pisadas no se traducía en una tentación suficiente para abandonar el sueño nocturno y sacar la música a la calle. No se podía tratar de esta última. Al menos, no en esa fantástica noche.

"Si zarpo esta madrugada / con el calor de tus abrazos / las estrellas brillarán...". Se detuvo impactado por ese último verso inconcluso. No había sido la sutileza y la belleza de aquellas palabras; tal vez si tuviera más en común con los parroquianos del bar del que acababa de salir -fantásticamente, por cierto-. Pero no, recordó las estrellas. Miró hacia arriba y, paradójicamente, todo se vino abajo. No estaban allí. Siguió el recorrido pero no hubo forma de encontrarlas, no estaban ni más adelante ni más atrás. Unas nubes gordas y grises colgaban tan cerca de su cabeza que bastaba saltar y arañarlas para desatar lo inevitable. La desesperación, que suele apurar el paso desde atrás en estas ocasiones, saltó el cordón al terminar de cruzar la esquina y lo alcanzó. Fue en ese instante que sintió como se levantaba ese viento impertinente que anuncia las tormentas.


Será poco esclarecedor decir a esta altura que no le agradaba en lo más mínimo ser sorprendido por la lluvia. Le agradaban las sorpresas en general, la mayoría solían ser gratas, pero no cuando se trataba de caprichos meteorológicos ¡Esta noche era fantástica, no precisaba ninguna sorpresa! Apuró el paso resignado, sabía que estaba terriblemente lejos y el aguacero terriblemente cerca. Recordó que veinte minutos antes había salido triunfal por la puerta de aquel barcito lúgubre. Quiso recordar más y no pudo. Un paso y se olvidó del nombre de aquella chica. Otro y se desdibujó esa figura que ahora sólo archivaba bajo la amplia categoría de "esbelta". La tercer pisada cayó al tiempo que sentía la lluvia salir como de la nada y golpear de lleno sobre él; ya no recordó el rostro que sus dedos habían repasado con tanto esmero en una penumbra ya vieja y lejana.

Las cachetadas líquidas lo devolvieron al mundo de los sentidos en medio de aquel festival del intente y falle que tenía lugar en su cabeza. Los pies ya lo habían acercado casi ocho cuadras desde que el viento irrumpió en la ciudad. Estaba llegando a la plaza. Ya era cuestión de doblar una vez más y afrontar la cuesta final que lo depositaría en la entrada de su hogar. Los charcos abundaban en aquella calzada donde los chicos solían juntar piedritas del pavimento para practicar puntería con las palomas. Estaba frustrado, empapado y desmemoriado, pero estaba cerca. La cabeza gacha obedecía no tanto a la resignación como a proteger la vista de la molesta luz amarilla de los faroles, empecinados en vigilar a todos y cada uno de los que por allí quisieran transitar.

Automáticamente levantó la mirada al reconocer la distancia que lo separaba de la escalinata que lo depositaría en su cama a más tardar en 10 minutos. Nunca se alegró tanto de tener que subir 63 escalones en zig zag como esa madrugada.

Llegó a la esquina dispuesto a cruzar cuando notó que alguien emergía en la escena desde el flanco izquierdo. Una mujer se aproximaba al amparo de un paraguas viejo y negro (hecho de la noche misma, de acuerdo con un poeta frustrado). Tenía un andar seductor, quizás potenciado por su forma de desafiar a la lluvia al andar, sin más abrigo que un largo saco azul. Hasta parecía inmune al viento que debería haberla hecho estremecer como ocurría con él.

Se sentía inmune al viento y, a diferencia de lo que ocurría habitualmente, no se estremecía por las frías ráfagas. No le agradaba la lluvia, pero esa noche en particular fue una excepción. Era una noche fantástica, al punto de olvidarse de todo lo que sus sentidos le dictaban; sólo podía deambular insomne bajo los influjos de un recuerdo nítido y precioso. De pronto lo descubrió en la vereda que confluía con la suya a escasos metros. Caminaba cabizbajo, tiritando y quizás aletargado por el licor. En ese instante pareció reducir el paso y desapareció tras un viejo árbol.

Redujo el paso para escapar a su mirada y ocultarse detrás de un viejo árbol, ya que no era capaz de correr y cruzar buscando la protección de la primera curva ascendiente de la escalinata. No quería irse a dormir con el amargo trago que hubiera significado ser confundido con un ebrio desamparado ante una dama que, según su mojada, cansada y afligida cabeza, era todo lo que él podía desear para paliar el resabio de semejante periplo. No había forma, detenerse sólo hubiera sido más denigrante. Siguió caminando decidido a mantener toda la compostura posible, a esa hora y con esa temperatura. Exhaló y pareció una señal de rendición ante el incesante caer del agua. Su noche fantástica había sucumbido ante la lluvia.

Exhaló lo que pareció ser una señal de rendición ante el incesante caer del agua. Pasó por delante y se dejó bañar por la luz amarillenta, corriendo apenas el paraguas para verlo mejor. Él miró ya no hacia el piso sino hacia los confines inimaginables de la tierra. Frenó apenas para dejarla pasar, y sintió como el aire se depositaba donde ella había estado hace apenas un suspiro. Volvió a detenerse como al principio (en seco, opinó una vez más el poeta frustrado) ¡Un susurro! No se trataba de un suspiro. Fue velozmente hacia atrás en su memoria y encontró una frase ejecutada por una voz dulce y familiar. Sonrió como resucitado. Volvió la cabeza de inmediato en la dirección en que ella se alejaba.

No se había detenido ni había girado la cabeza, pero no lo necesitaba. Caminaba pensando en lo fantástico que había sido despedirse de él diciendo: "Hasta pronto".

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